26 agosto, 2006

De la noche del recuerdo de los muertos

etidos ya en la cama, algo abrigados y apagada la luz, noté Marcos daba una vuelta e luego otra. E luego, tomándome por los hombros, manifestó:

“Encended la luz, capitán, por caridad, que en la obscuridad no veo sino a aquellos cadáveres”.

“No temáis – le dije -, que no sé cadáver alguno que se levante y ande por ahí asustando a la gente. Procurad pensar en alguna cosa bella que os haga olvidar esa. En esta vida hay muchas cosas bellas como para olvidar en un momento las pocas feas que vemos”.

“¡Por caridad – repitió – dejadme encender la luz que otra cosa no se me presenta ante la vista! Yo no quiero verlos, sino olvidarlos, pero ya sabéis que basta querer olvidar algo para no poder borrarlo de la mente”.

Encendí la lamparilla, me volví hacia él, e tomándole la cabeza e acariciándole los cabellos, le dije:

“Lo que decís entiendo. Dejaremos la luz encendida e podéis leer si ello os sirve. E pensad en el baño de hoy, en cada momento feliz que hemos vivido juntos… ¿Recordáis el Puente de San Pablo de Cuenca e cómo se me aflojaron las piernas hasta caer al suelo? ¿Recordáis cómo le dije gilipollas al guardia de León? ¿Y las luces maravillosas que entraban por aquellas vidrieras? ¿Ya no recordáis la suite del Parador de San Marcos? ¿Habéis olvidado que tenéis ahí abajo a un ángel que os llama tío Marcos? ¿Cómo puede una cosa que tan poco ha durado ponerse delante de tantas bellas como hemos visto?”.

“Sabéis es así – dijo quedo – e no puedo remediarlo. Todo eso recuerdo e me siento muy feliz, mas la imagen que queda ahora cuando cierro los ojos… ¡ Oh, Dios!”.

“Sea como decís – le respondí –; no me importa dormir con la luz prendida e, si lo deseáis, con vos he restar despierto, podemos ver algún DVD si ello os distrae o recordar momentos vividos. No sufráis por lo visto hoy – e acariciando sus cortos cabellos, le dije –. Sabéis además que a vuestro lado me tenéis”.

En Grazalema y a veinte y seis de agosto del año de dos mil e seis.

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