16 agosto, 2006

De la lectura e la escritura

entados ya en el salón de nuestra casa de Grazalema, fui descubriendo que Marcos se había vuelto silencioso e serio. No leía, no daba juego a los niños. Había sido él, e no otro, quien llamó sin mi venia a mi sobrino, mas no era esto lo que me preocupaba, pues si bien había dicho que algo nuevo se sabía, nada de lo nuevo dijo. Por esto, e por quitar de su cabeza estos atormentadores pensamientos, le dije:

“Callado os veo e preocupado os imagino por algo que no debería quitaros el sueño. Nada habéis descubierto, sino que, qui lo sa, don Fernando pudiera tener algo que ver en estas últimas persecuciones. Erráis. Don Fernando ya sabía algo de mi pérdida de memoria, mas no sabía qué había olvidado. No convirtamos esto en el triste cuento de la gallina de los huevos de oro, pues si alguien quiere mis conocimientos, deberá matarme antes, e si me mata se perderá el secreto. Soy yo el que tengo la espada por el puño y el que intenta asir la hoja, acabará sin mano”.

“A fe – dijo gravemente -, que tal como lo manifestáis lo veo, mas temo publiquéis estas cosas en vuestro diario e nos veamos en sitio perdido con dos o tres niños por evitar más entuertos”.

“Acaso no sabéis que tal día como hoy, exactamente, comencé a escribir este diario. Todo en él lo he contado; en todo lo publicado me he expuesto, mas bien sé que don Fernando no será quien lea estas líneas, sino el interesado en saber el secreto que nunca sabrá; e a este hombre e a sus parciales les diría no osen acercarse al capitán, que ya saben cómo da de comer a los buitres”.

Y tras un momento de silencio, dijo don Juan levantando su vista del libro:

“¡Santo Dios! Un año escribiendo quién sabe qué cosas y un año llevo yo leyendo libros de los cuales apenas el título recuerdo”.

“Ni escribir – le dije – ni leer, es cosa que merme los pensamientos, que el escritor los desarrolla y el lector los recolecta como semillas maduras. Si habéis memorizado, aunque inconscientemente, todo aquello que hayáis leído, es patrimonio que nadie puede usurparos. De la misma forma, nadie puede robarme lo que en mi cabeza llevo aunque robe o copie lo que he escrito. A los buscadores de la Fuente de la Eterna Juventud, les diría que cesen en su búsqueda, que ésta no existe sino en sitio donde no pueden ni hallarla ni tomarla”.

“Amén – concluyó don Juan -, que desde hace una año que os mandé aviso para serme de ayuda hasta agora mucho ha llovido… Bueno, no tanto, que ha sido el año de sequía”.

En Grazalema y a diez y seis de agosto del año de dos mil e seis.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario