09 agosto, 2006

De la invitación inesperada

ras un día de campo e de mucho andar, en la casa estábamos descansando mientras atardecía. Quejábase don Juan de tanto movimiento sentado en el cómodo sillón y esperando la cena:

“A descansar vengo unos días a vuestra casa grazalemeña e más tiempo me tenéis por esos campos de Dios cabreando que de reposo en vuestro jardín. Acabaré conosciendo estas trochas tan bien como conozco los caminos del Señor”.

“No penéis, Ilustrísima – dijo Marcos -, que el descanso a veces es más trabajoso que las labores diarias. Disfrutad de nuestra compaña e pensad que tras la cena dormiréis en una de nuestras mejores habitaciones”.

Y en oyendo estas palabras habló Marinín:

“Todos hemos de descansar, que todos estamos cansados; y he invitado hoy a Fermín a compartir en esta nuestra casa su descanso”.

Y al oír estas palabras, le pregunté con asombro:

“¿Habéis invitado a Fermín a dormir en casa? Es de suponer que su madre sabe desto, que no quiero se asuste por no ver aparecer a su hijo en toda la noche”.

“Sin duda – respondió - ¿Es estorbo que se quede? Vos mesmo me dijisteis que es esta mi casa y que della puedo disponer”.

“Nadie os ha dicho que tal cosa no podáis hacer – respondí -, mas me preocupa que su madre quédese esperándole”.

“Su madre todo lo sabe – apuntó Marinín -, que yo mesmo le he dicho que pasaría aquí la noche, que oír vuestras historias es un gran placer”.

“Todo esto me place – respondí – mas, estaría yo más cómodo en hablando con ella por teléfono e confirmándole personalmente lo que habéis trazado”.

E, acercándose a mí con prudencia, dijo Fermín:

“Teléfono no tenemos, señor, que no dan los chorizos para tanto lujo”.

“A vuestra casa iremos – propuse -, que no estando lejos hará esa visita me sienta yo más cómodo; e vuestra madre quizá. ¡Vamos! Poneos algo de abrigo, que la noche refresca e subiremos hasta la calle Sevilla”.

Así, fuimos a la casa de Fermín e, llamando a la puerta, nos abrió Dolores, su madre:

“¿A qué se debe tan inesperada e agradable visita? Pasad, capitán, que en vuestra casa estáis”.

Y en ella entramos e nos inundó el olor a chacina y el frescor de los gruesos muros. E así le dije:

“Hame dicho mi hijo que el vuestro quiere quedarse a dormir en casa, e no sabiendo si esto es de vuestro agrado, a confirmarlo venimos”.

“¡Dios Santo! – dijo extrañada -, que habiéndomelo dicho Marinín me basta”.

“Sea pues – le dije – la confirmación de lo pactado entre ellos, e segura podéis estar de que vuestro hijo estará en casa a buen recaudo”.

“En ningún momento – contestó – me he sentido preocupada, que bien sé con quien anda este mocoso”.

Y ya en la despedida, le dije:

“La palabra de Marinín es como la mía, señora; nunca della dudéis”.

E bajamos las calles hasta encontrar a don Juan esperando a la puerta.

En Grazalema y a nueve de agosto del año de dos mil e seis.

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