asó todo el día en la cama e allí se le sirvió el almuerzo e yo estuve vigilando tomase las medicinas que hubo dicho el doctor. Chuti acompañó a Su Ilustrísima y a don Diego en el gabinete entre pláticas sobre lo ocurrido e llamó don Diego a su esposa por decirle lo ocurrido e cómo se había solucionado todo. E viendo Su Ilustrísima la guardia no daba noticia alguna, avisó al cuartel e una voz seca le dijo: “No os preocupéis; ya recibiréis visita mañana, que sabemos dónde está”.Los niños dejaron sus juegos y estuvieron sentados a la entrada del dormitorio con una de las jóvenes criadas e yo no aparté la vista de su pelo e de su rostro e de sus ojos y, en cualquier movimiento que hacía, me incorporaba del asiento por ver si algo necesitaba.
Pasada la hora de la siesta, le vi moverse, abrió los ojos e me miró sonriente diciendo:
“¡Ah, Marcos, aquí estáis! Soy yo agora el que os pido no me dejéis, mas sabed que mañana mesmo he de estar repuesto e preparado para mis labores, que destas tengo muchas. Seguiré descansando por recuperar las fuerzas, mas quisiera antes hablar con Marinín. ¿Os importa avisarle?”.
“¡Dios Santo, Marino! – le dije –, parece me pedís un favor imposible de realizar, que está vuestro niño ahí mesmo en la puerta esperando poder veros. Le haré pasar”.
Y levantándome e yendo hasta la puerta, me encontré con la triste mirada de Marinín e le dije:
“¡Vamos, chiquitín! ¡Vuestro papá quiere veros! Pasad”.
E levantóse con sumo cuidado, como no queriendo hacer ruido alguno e pasó a la estancia e se acercó a la cama: “¿Papá?”.
“¡Hijo! – espetó Marino –, sentaos aquí cerca de la cama. No he de entreteneos mucho, mas quisiera deciros que nunca os he dejado ni olvidado e que mañana mesmo estaré con vosotros ahí, en el patio, tomando el fresco. Necesito agora descansar algo más, mas esto no debe preocuparos, que tío Marcos está aquí pendiente de mí e nada me pasará. Quiero seáis buenos e os pido salgáis a la calle a jugar como siempre, que no debéis tener cuidado”.
“Aquesto que decís – respondió el niño – ya lo sabía, pues también sé de vuestra fuerza y en vos confío como en nadie más”.
E diciendo estas palabras, acercóse al lecho y, tomando la cara de su padre entre sus manos, le dijo:
“Un día fuisteis vos quien me encontró así; e me tomasteis e me disteis la vida. ¿Cómo voy a dudar podréis hacer lo mesmo con vos?”.
En Sevilla y a treinta de agosto del año de dos mil e seis.


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