20 agosto, 2006

De la conversación que al final nos acercaba (y 2)

on mirada inquisitiva, como nunca antes la había visto, preguntó Marcos luego:

“Dice nuestro amigo, el inspector leonés, que de Madrid parece venir esta persecución. ¿Conocéis acaso en Madrid a alguien más que a vuestro sobrino?”.

“¿No pensaréis – le dije – que don Fernando está inmerso en este fango? Bien es verdad que él sabe científicamente que mi vida se paró en cierto momento, mas no es el único y, aunque a decir verdad, creedme, no fío en nadie, mal me parece mezclarle a él en este entuerto”.

Tras unos momentos de pensar e divagar por la habitación, siguieron sus preguntas:

“Supongamos que no hay artefacto en nuestro coche que conduzca a nadie a ningún lugar. Eliminemos entonces sospechosos delatores. ¿Fermín? Difícil me parece; ¿Su Ilustrísima? ¡Por Dios!; ¿Diego Jesús? Imposible; antes lo hubiera hecho conociendo ya aquel lugar. Queda el tercio; pensemos primero en los adultos. ¿Vos descubriendo vuestro propio secreto? Dificultoso lo veo; ¿Servidor de vuesa merced? No creo estuviese intentando ahora averiguar este caso, si no, hubiera callado. Nos queda… Marinín”.

“¿Qué decís? – pregunté acercándome agresivo a Marcos - ¿Pensáis que el niño haya podido dar aviso a alguien de dónde se encuentra el lugar secreto? Erráis; erráis como nunca habéis errado, pues poco a poco le estoy mostrando cómo usar los remedios que mi tío Álvar me enseñó e, cuando sea adulto, sabrá el secreto que yo sólo ahora sé y ya sabe que aquella fuente no es más que parte de una leyenda. No pongáis en duda el comportamiento de mi pequeño o saldréis por esa puerta para siempre por mucho que me pese”.

“¡Capitán! Amigo mío – respondió muy quedo –. Perdonad esta última frase mía, que jamás pondría en duda el comportamiento del niño, sino que no encuentro a alguien que pudiera delataros”.

“Delatores no busquéis – suavicé mi tono de voz -, que nadie puede delatar una idea que en una mente se encuentra escondida. Dejemos pasar unos días por ver qué acontece. Tal vez a parezca alguien cerca de aquella alberca. ¿No creéis?”.

En Grazalema y a veinte de agosto del año de dos mil e seis.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario