erminaron los niños sus tareas e salieron corriendo al jardín a sus juegos. Desta forma, quedamos Marcos e yo en el dormitorio dellos e, tras unos instantes de silencio, espetó Marcos:“Capitán, creo entender que hay cosas en este asunto que no encajan; vuestro propio hijo lo ha dicho”.
“Muchas hay – respondíle – eso es cierto. E todo este fideo me lleva a la preocupación de que, si alguna cosa ocurriéreme, me gustaría fueseis vos el tutor de Marino junto a don Juan, mientras su vida se lo permita”.
“La custodia del pequeño – dijo – puede firmarse en unos papeles como otros muchos hemos ya firmado, mas el secreto de «la fuente» sólo en vuestra cabeza está, que no queréis decir el método para obtener esa vida eterna e se descubre ahora una fuente escondida, que, según dice don Diego, en vez de curar para siempre, mata”.
“Los complicados métodos que me hicieron llegar a esta larga (aunque no eterna) vida – expliqué -, no pienso transmitirlos a nadie; ni a vos por el afeto que os tengo, pues puestos estos secretos en manos bondadosas, harían a un nuevo infeliz durante siglos o a un malintencionado hacerse rico en poco tiempo a costa de los demás. Sabed que he de llevarme mis conocimientos a la tumba el día en que llegue mi muerte”.
“Las razones que me dais parecen convincentes – apuntó con paciencia -, mas hay cosas que no entiendo en todo esto. Si me lo permitís, querido amigo, quisiera haceros algunas preguntas por aclarar dudas que empiezan a quitarme el sueño”.
E no teniendo cosa alguna que ocultar, le dije accedía a toda pregunta quisiese hacer siempre que no descubriese parte del secreto. Con esto, comenzó su interrogatorio de abogado:
“Cuando hay pleito, el beneficiado es el más sospechoso, aunque no siempre. Diríase que vos no os beneficiáis en nada en esta historia, mas dejadme hacer de abogado del diablo. Pensemos que ha llegado el momento en que queréis libraros de la tortura de una vida tan larga, sacar partido de ello e morir en paz”.
“¿En verdad tal cosa pensáis? – le pregunté - ¿Creéis que he dado mi vida entera por los demás para ahora sacar unos cuartos y, quién sabe cómo, morir en paz?”.
Quedose pensativo una pieza y entró luego por otro flanco de ataque:
“¿Quién ha puesto en nuestro coche el artilugio que parece haber llevado a esos pendencieros al lugar que creen esconde el secreto? ¿He sido yo?”.
“¿Nadie ha puesto en duda vuestra intención, vive Dios – dije con gran enfado –, que a Sevilla hemos ido e nadie nos ha seguido”.
“Erráis – dijo al punto –; que a Sevilla fuimos en el coche de Rafael e los que nos persiguen pensaron que nosotros no nos movimos de Grazalema”.
“En tal cosa no había pensado – le dije –; ya veis que nunca he trazado plan para beneficiarme en modo alguno. No os entiendo”.


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