27 agosto, 2006

De la cena de la salchicha

sistimos a la misa en la iglesia de San José, que en el barrio alto se halla, e concelebró Su Ilustrísima con el padre Teodoro (que así llámase el joven párroco) e fue misa de grande devoción con homilía de don Juan que la gente comentaba al salir del templo.

Restó Marino con Fermín en casa e nos acompañó sólo Antonio (que ya tiene diez años e su primera comunión hecha). Al volver a casa noté un poco serio a mi niño mientras escribía, preguntéle si le ocurría algo e contestóme con un gesto de su cabeza negando lo preguntado.

Pidió don Juan la venia de que le concediese la merced de colocar un retrato del Santo Francisco de Javier, al que ha gran devoción como yo mesmo, sobre la chimenea. E ¿cómo iba a negarme? Puso luego unas pequeñas velas a los lados e las prendió: “Esto nos ayudará a todos a recibir las mercedes que esperamos”.

Levantóse Marino con presteza e entróse en su dormitorio saliendo al poco. Algo me parecía le pasaba e no quería decirlo; mas no le hice pregunta alguna.

E ya sentados todos a la mesa para la cena, se anunció cenaríamos unas sopas de gazpachuelo e dijo Marcos:

“¿Sería atinado, si ello fuese posible, tomase alguna salchicha de las sobrantes? Sé que es alimento fuerte e que no debe comerse de noche”.

“En el estómago – le dije – siempre está todo obscuro. No tomad más que alguna por salir del capricho e reposad un poco antes de ir al descanso. No veo esto sea malo”.

E acercándose Marinín a mi oído, me dijo en muy baja voz:

“Hablando de salchichas… ¿sería atinado pudiésemos hablar vos e yo un momento a solas?”.

“¿Qué os sucede agora? – pregunté – Decidme cualquier cosa aquí mesmo que he de excusar hablemos en voz baja”.

Y esto hice, que sabiendo que el niño quería hablar en confidencia, así lo comuniqué a la mesa.

“Mi «salchicha» me pica, papi; e no sé cómo quitar ese picor”.

E poniendo mi mano en su cuello vi tenía el mal de la orina e dije a Marcos si sería posible llamar al médico a tales horas porque visitase a Marinín.

“¿Se encuentra enfermo acaso? – preguntó asustado – Decidme, ¿qué cosa le sucede?”.

“Tiene, según veo – le dije –, lo que yo conozco por el mal de la orina. Remedio tengo para ello pero quisiera lo viese uno destos médicos por si acaso fuese cosa del mal que ha tenido”.

“Puedo deciros – comentó discreto – que estos médicos curan una cosa y empeoran otra. Si habláis de mal de la orina, paréceme infección y eso es normal cuando se sale de un hospital. No tengáis cuidado, que he de llamarlo agora, nos dirá el remedio e iré yo mesmo a pedirlo a la botica, que aunque esté cerrada, dispensan”.

“¿Cómo podría agradeceros esto?”.

En Grazalema y a veinte y siete de agosto del año de dos mil e seis.

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