olvíamos a estar todos yaciendo e mirando el firmamento por ver alguna estrella fugaz; e había gran silencio entre nosotros, que ni siquiera don Juan estaba en sus rezos. E dijo Diego Jesús que en sus campos de Ronda también veíanse multitud de estrellas; e contestó Fermín que, si seguían cayendo así todos los años quedaría el cielo todo azul obscuro; e vino Marinín a aclarar que no eran estrellas las que caían, sino grandes piedras que ardían al acercarse a la Tierra; e gustóle lo dicho a don Juan, que aclaró la diferencia entre las estrellas y aquellas que se veían caer. E no teniendo otro comentario, resté mudo observando algunas constelaciones. E pasó por la calle una destas que son llamadas «motos» e que, yendo cuesta arriba, rompió el silencio que manteníamos. Así, en oyendo tal ruido ensordecedor, manifestó Marinín:“Prohibido debería estar moverse con estas «motos» a estas horas, que la gente anda ya en descanso”.
E al oír tal afirmación, dije al pequeño (e también a los demás):
“Cosa nueva es esta, que no hace más de cuarenta años, era esta villa muy distinta, pues estaban sus calles más obscuras, e todas ellas estaban cubiertas de cantos para que las bestias no resbalasen y, en el centro de cada calle, había un a modo de canal por donde bajaban las aguas. En llegando los coches y las motos modernas, pusiéronse los suelos de piedras más planas e se colocaron grandes farolas en las paredes de las casas; e así quedó el pueblo más iluminado, mas menos pueblo”.
Y en oyendo esto Fermín, preguntó:
“¿Conocisteis vos esa Grazalema de la que habláis? Que bien ruidosa es esta tanto por arriba como por abajo”.
“Hace cuarenta y hace más años (no quise dar más detalles). Villa humilde e aislada era esta Grazalema tras la guerra, que dificultoso acceso tenía e, cuando venía alguna nevada grande en invierno, hasta más de un mes quedaban aislados, que ni entrar ni salir se podía della”.
Intrigado aún, siguió el pequeño preguntando:
“Y si no se podía ir ni venir de Ronda, ¿qué cosas hacían los grazalemeños?”.
“Casi las mesmas que agora hacen – contesté -, que siendo el lugar donde más agua cae en toda España y en menos tiempo, también las nevadas cortan las nuevas carreteras. Así pues, restan en sus casas meses enteros e, según he oído, mucha gente a la ciudad se muda, que clima tan crudo afecta a los huesos y a la mente, que no se acostumbra a estar encerrada en una casa tanto tiempo. Mas vienen agora otras gentes, sobre todo los sábados e los domingos, que dan al pueblo una vida que hace tan solo esos cuarenta años no tenía”.
“El de los cantos en el suelo y las bestias – respondió Fermín – preferiría, pero cierto es que viene mucha gente de visita, y eso, da de comer a nuestra familia”.
E por terminar aquella amena plática, aclaréle al pequeño:
“En Castilla hay pueblos de calma infinita, de cantos en los suelos, de gallos que nos despiertan al amanecer. Y éstos también viven de las gentes que los visitan e no conocen el estruendo de la moto”.
En Grazalema y a trece de agosto del año del dos mil e seis.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario