20 agosto, 2006

De la angustia de don Juan y el contento de Marino

arecía había templado la temperatura de la casa e fue el baño matutino de los niños una fiesta especial. Hubo Marcos de poner su voz e su gesto grave por terminarlo.

Bajando luego a la hora del desayuno, encontramos a don Juan ya sentado a la mesa del comedor e con su inseparable libro en la mano y, entre el tumulto de los niños (que tres saltamontes parecían ahora), dimos los buenos días e fuimos tomando nuestro sitio a la mesa.

Sentados ya todos, cada uno en su sitio, trajeron los alimentos del desayuno e bendijo don Juan la mesa como era costumbre, aunque en su rostro e sus palabras noté cierta gravedad:

“El Señor bendiga los alimentos que vamos a tomar… […] E que bien los bendiga – concluyó –, que será menester”.

Abrieron los niños los nudos de las varas de junco donde venían ensartados los llamados churros o tejeringos e fuimos luego cada uno tomando lo que nos apetecía, pero dentro de un ambiente especial e misterioso que (juegos de niños aparte), era silencioso e lento, de tal forma, que me parecía iban los niños muy de priesa e nosotros muy lentos en el yantar. Así, pensando en que algún problema habría Su Ilustrísima por no haber asistido a la misa del sábado, le dije:

“Fue un extraño día el de ayer, don Juan, e bien sé que os puede preocupar el no cumplir con vuestras obligaciones diarias, mas Dios todo esto perdonará por nuestro propio bien, que algunas cosas que no sabíamos, ya sabemos”.

“Nadie ha dicho que ande yo molesto por aquello que decís de la misa – respondió con amabilidad –. Por tal cosa no debéis preocuparos, que salvo la muerte todo tiene su solución. Mas hay algo que me angustia e no sé deciros qué es”.

“¿Algo que os angustia? - le dije –. A vuestra edad eso es raro e, si pudiese yo seros de ayuda…”.

“Ni el momento ni las circunstancias me parecen las apropiadas – contestó – mas no todos los días se ve un lugar que uno antes ha imaginado en su mente. ¿Cómo llamaríais a eso?”.

“¿Premonición? – preguntó Marcos –. No me parece lo sea, pues habría de haberse visto el lugar antes e predecir ciertos acontecimientos. ¿No es así?”.

“Así es – contestó sin dejar de comer don Juan -, que cuando os narraba yo aquella curiosa historia de Yehuda, así veía el lugar e así nos veía a nosotros viendo aquella escena”.

“Jo, tío Juan – dijo Marinín entonces –. Tal vez no hayáis leído la historia sino que la habéis vivido antes”.

E muy enfadado, respondió don Juan al niño:

“Mejor sería olvidaseis lo visto e lo oído, que en lo que os narré, las aguas eran las que daban la vida eterna al cuerpo y éstas que hemos visto, a la Vida Eterna pueden llevar a cualquiera de nosotros”.

“Sí, tío – respondió Marinín con timidez –. Algunas cosas no encuadran”.

E por restar yo plomo a tal conversación, dije espontáneamente:

“Estos churros de Gertrudis son mejores que los de «el naranjito». En los días que nos quedan han de comprarse aquí”.

“Sin duda, papá – respondió mi pequeño – que cortos van a quedar e bien haríais en pedir se vaya a comprar otra partida”.

“¡Ay, mi pillín! – dije al niño tomándole por la barbilla - ¿Qué cosa me pediréis algún día que negarme a hacerla quiera? ¡Tráiganse más churros de la Gertrudis, que hay muchas bocas aquí que los reclaman!”.

En Grazalema y a veinte de agosto del año de dos mil e seis.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario