31 agosto, 2006

Del trazado para cambiar el autor destos escritos

ablando ya entrambos en la cama, Marino e yo, me dijo me estaba agradecido por haber incluido en mi diario las crónicas de lo sucedido. E así le dije:

“Pensé tal vez no fuese de vuestro agrado escribiese yo en vuestro diario, que es esto cosa muy personal e no debe hacerse”.

“Cierto es lo que decís – repuso – mas, no sois vos un cualquiera que escriba donde no deba, sino alguien que, con mi complacencia, ha plasmado en esta historia lo que yo no he podido. Así pues, agradecido os quedo, mas estando ya casi recuperado desto, mañana mesmo seguiré escribiendo yo mesmo si aquesto no os molesta”.

“No es molestia, capitán – le dije -, sino que mucho me alegro de que podáis escribir la historia vos mesmo e no tenga que hacerlo yo, que en esto de la escritura no todo se me da tan bien”.

“Si se os da, Marcos – me dijo quedo –, que he leído ya gran parte de lo que habéis narrado y es de mi gusto. Me alegro pues lo hayáis hecho e que de todo quede constancia. Volveremos mañana a la vida normal si Dios Nuestro Señor e su madre, la Santa Señora Virgen María, así lo deciden. Descansemos agora e iremos viendo cada cosa ocurrida, que nada quiero ocultaros. Apagad la luz”.

En Sevilla y a treinta de agosto del año de dos mil e seis.

De la lenta vuelta a la normalidad

iendo quedaba el capitán en profundo sueño recuperando su maltrecho pasado, pedí a Su Ilustrísima quedáse con él dentro de una hora por acercarme al hospital a quitar los puntos cosidos de Marinín; e hasta don Diego ofrecióse a cuidar dél e quiso el pequeño saltamontes venir con nosotros.

Tomamos el coche e salimos con rapidez hacia el Hospital General e no fue tan rápida la asistencia como yo había pensado, mas, entrados en la sala donde le harían la cura, encontramos a una joven mujer que habló a Marinín como si le conociera:

“No tengáis miedo pequeño Marino, que esto que voy a quitaros no duele. Echaos agora en esa pequeña camilla e levantad vuestra camisa. ¿Sabéis que destos quito muchos a niños como tú? Pues todos ellos son muy buenos e dicen esto no se nota”.

Así, echóse allí Marinín descubriendo su tripa e vino la mujer con unas pinzas e unas tijeras, e siendo yo no muy dado a ver tales cosas, quise hacer el esfuerzo por ver lo que le hacía, mas, antes de advertir cosa alguna, dijo la mujer al pequeño:

“¡Ea, Marinito! A casa podéis volver que esto ya está quitado. ¿Os ha dolido?”.

E viendo el niño que no había sentido cosa alguna, no sabía que decirle; e yo, que pensaba ver alguna cosa me hiciera caer al suelo, nada vi.

Paramos a la vuelta e le compré un mantecado fresco e seguimos luego hasta la casa e, al llegar al patio, encontramos al capitán sentado en una butaca e sonriente:

“¿Viene ya mi niño curado de sus males?”.

“Jo, papá – dijo el pequeño agarrándose con cuidado a su cuello – que cosa alguna he notado, sino que he estado una pieza corta echado en una cama”.

E le miraba Diego Jesús con asombro, pues no veía en él gesto de dolor ni cualquiera otra cosa.

Así, le dijo el capitán que debería cuidarse un poco e secar bien sus marcas e que él haría lo mesmo por estar todos sanos en poco tiempo.

Tomamos la cena en el comedor como era costumbre e parecía nada había pasado; con esto, dijo don Diego que, si la cosa iba mejorando, debería volver (al menos) unos días a Ronda e luego volvería a Sevilla para terminar los preparativos para la escuela. E oyendo esto, le dijo don Juan:

“Parece la cosa va muy bien; a Ronda iría yo unos días hasta que os fuese necesario volver, que he de restar yo en Sevilla por cuidarlos e por hacer algunas compras que ya me van siendo necesarias. No tengáis entonces cuidado, que del cuido puedo cuidarme yo mesmo. En cuanto a lo sucedido, dejemos unos días de descanso e solaz para todos e, volviendo don Diego, nos gustaría el capitán narrase la aventura vivida, que dello habremos de aprehender mucho”.

De la espera hasta el nuevo encuentro con Marinín

asó todo el día en la cama e allí se le sirvió el almuerzo e yo estuve vigilando tomase las medicinas que hubo dicho el doctor. Chuti acompañó a Su Ilustrísima y a don Diego en el gabinete entre pláticas sobre lo ocurrido e llamó don Diego a su esposa por decirle lo ocurrido e cómo se había solucionado todo. E viendo Su Ilustrísima la guardia no daba noticia alguna, avisó al cuartel e una voz seca le dijo: “No os preocupéis; ya recibiréis visita mañana, que sabemos dónde está”.

Los niños dejaron sus juegos y estuvieron sentados a la entrada del dormitorio con una de las jóvenes criadas e yo no aparté la vista de su pelo e de su rostro e de sus ojos y, en cualquier movimiento que hacía, me incorporaba del asiento por ver si algo necesitaba.

Pasada la hora de la siesta, le vi moverse, abrió los ojos e me miró sonriente diciendo:

“¡Ah, Marcos, aquí estáis! Soy yo agora el que os pido no me dejéis, mas sabed que mañana mesmo he de estar repuesto e preparado para mis labores, que destas tengo muchas. Seguiré descansando por recuperar las fuerzas, mas quisiera antes hablar con Marinín. ¿Os importa avisarle?”.

“¡Dios Santo, Marino! – le dije –, parece me pedís un favor imposible de realizar, que está vuestro niño ahí mesmo en la puerta esperando poder veros. Le haré pasar”.

Y levantándome e yendo hasta la puerta, me encontré con la triste mirada de Marinín e le dije:

“¡Vamos, chiquitín! ¡Vuestro papá quiere veros! Pasad”.

E levantóse con sumo cuidado, como no queriendo hacer ruido alguno e pasó a la estancia e se acercó a la cama: “¿Papá?”.

“¡Hijo! – espetó Marino –, sentaos aquí cerca de la cama. No he de entreteneos mucho, mas quisiera deciros que nunca os he dejado ni olvidado e que mañana mesmo estaré con vosotros ahí, en el patio, tomando el fresco. Necesito agora descansar algo más, mas esto no debe preocuparos, que tío Marcos está aquí pendiente de mí e nada me pasará. Quiero seáis buenos e os pido salgáis a la calle a jugar como siempre, que no debéis tener cuidado”.

“Aquesto que decís – respondió el niño – ya lo sabía, pues también sé de vuestra fuerza y en vos confío como en nadie más”.

E diciendo estas palabras, acercóse al lecho y, tomando la cara de su padre entre sus manos, le dijo:

“Un día fuisteis vos quien me encontró así; e me tomasteis e me disteis la vida. ¿Cómo voy a dudar podréis hacer lo mesmo con vos?”.

En Sevilla y a treinta de agosto del año de dos mil e seis.

Del retorno del capitán a la casa (2/2)

i aviso con el móvil a un taxi que dentro de los diez minutos en la puerta estaba. Había ya tomado Marino la primera pieza que dióle el doctor para los dolores e, con nuestro ayuda, púsose la poca ropa que yo le llevaba, que ya el calor comenzaba a hacerse poco soportable.

Llegados a la casa, dije al cochero pusiese el coche dentro del apeadero, donde nos esperaban con grande ilusión el servicio, don Diego e sus niños (así les dice él). Bajóse del coche sin dificultad e fuése como rayo hacia Marinín e, tomándole entre sus brazos, así estuvieron abrazados una pieza larga e muchas cosas se decían en baja voz. Saludó luego al pequeño Diego Jesús, que no había dejado de observarle desde que llegase y, en otro largo abrazo se fundieron. E fue dando cumplimiento a don Diego, a Chuti e a todo el servicio como si su familia verdadera fuese. Algunas cosas narró de lo sucedido, pero nada de importancia, sino hechos que tranquilizasen a los presentes y, excusándose luego, pidió la venia para retirarse a su dormitorio a descansar un buen rato.

”Quedaos en la cama, señor – dijo Catalina –, hasta la hora en que necesitéis incorporaros. Yo he de serviros allí mesmo el almuerzo e luego dormís una buena siesta, que os hará muy bien”.

“Así como lo decís – contestó – he de hacerlo, mas quiero se sepa que si alguno de los presentes quisiere pasar a verme, podrá hacerlo. Decidlo a don Marcos y él os dejará entrar”.

E luego, cuando entramos en la estancia, se dirigió primero a la ventana hasta ver que yo entraba e cerraba la puerta, e viendo estábamos ya entrambos solos, abrazóse a mí en llantos e fuíle llevando muy de espacio hacia la cama, le despojé de su ropa e lo acosté con sumo cuidado. “Os lo he de narrar todo, creedme. No os voy a ocultar cosa alguna, decía”.

“Desto no es momento de hablar – le dije con ternura –. Descansad bien agora e sabed que aquí, a vuestro lado, en este sillón, habréis de encontrarme para cualquier menester”.

“Cuando descanse otra pieza – dijo – llamaréis a mi hijo, que no quiero me vea tan maltrecho. Recordad vos de darme esas pastas de remedios para los dolores cuando sea su momento, pues tales nombres aún no sé”.

“De ninguna cosa destas habréis de preocuparos – le insistí – que siempre voy a estar aquí a vuestro lado. Llamadme para lo que necesitéis por poco importante que esto sea”.

Del retorno del capitán a la casa (1/2)

on gravedad e incluso levantando la voz, le dijo el «hermano Marino» al doctor le diese una desas pastas de medicina que le aliviasen el dolor, pues a su casa quería volver. El doctor, al oírle en tal tono, le pidió calma, le hizo unas pruebas e tocó su cuerpo en algunas partes. Parecióme no le vio tan maltrecho e así le dijo:

“Hermano, vuestra voluntad está por encima de la mía como la vuestra está bajo la de vuestros acogidos. Fe tengo en esto que decís que no notáis hueso quebrado en vuestro cuerpo. Piel rojiza ni inflamaciones veo, sino heridas que habrán de curarse. Prometedme os dejaréis vigile yo contusiones e incisiones cada dos días viniendo aquí e no habréis de ir al Hospital General, que sé allí las cosas las hacen más dificultosas. Os daré, pues así lo pedís, un remedio para que os sintáis mejor, mas, debo advertiros que debéis volver a vuestra casa en un coche, que vuestra salud es agora débil”.

“Así como decís lo haré, doctor – le dijo Marino –; tal cosa os prometo. Lo único que desearía es alivio al dolor”.

“Alivio os daré – dijo el médico - en unas pastas pequeñas que habréis de tragar con un poco de agua tras los alimentos, es decir, tras el desayuno, el almuerzo e la cena. E de una dellas podréis tomar alguna más si el dolor persiste. Mas no abuséis destos remedios que os pongo. Os daré unas pequeñas piezas para el dolor, otras para que os sintáis más relajado, e una especial que deberéis tomar por la noche antes de ir a la cama. Si me prometéis tomaréis esto tal como os digo, os aseguro notaréis gran mejoría. De cada pasta, como se colige, tomaréis una sola cada vez”.

“Así lo haré – contestó -, que en este hospital estáis por curar a quienes yo quiero sean cuidados e curados”.

“Mas he de insistiros, hermano – repuso el médico –, que en saliendo deste hospital, e si no volvéis, no puedo hacerme responsable de cualquiera mal que os aqueje”.

E aquí intervino otra vez Su Ilustrísima, que con los médicos no se aviene:

“¡Así pudiese yo hacer lo mesmo con los que a mí acuden por ayuda!, que volviendo al cabo de un tiempo empeorados, les enviara de buen grado a otra iglesia e a otro sacerdote”.

E tal frase pareció no ser del agrado del doctor, que con gesto grave e mirando al suelo, abandonó la habitación.

30 agosto, 2006

Del encuentro con el capitán en el hospital (2/2)

e negaba el doctor a llevarlo cual estaba a su casa mientras él insistía en que no había motivo de preocupación. Desta forma, nos apartamos todos del lecho e acercóse Su Ilustrísima e tomóle la mano:

“Sobrino, qué susto nos habéis dado a todos. Mas veo que Dios os quiere con nosotros ¿Queréis confesión? Decidme qué necesitáis”.

E todos salimos de la habitación e restaron ellos solos hasta que saliendo don Juan nos dijo:

“Creo nada hay que temer. Mal lo ha pasado, pero todo se acabó. Cuando el doctor lo crea, o lo vea conveniente, debería ir a casa, que es lo que mejor podría curarle. No temáis; es el mismo que antes”.

No entendía muy bien el doctor la seguridad que había aquel extraño sacerdote en la palabra del enfermo, mas, dejó bien claro, que una vez saliese del hospital, él no se haría responsable de cualquier dolencia que hubiese.

“Así debería hacer yo con los que a mí acuden enfermos del alma – le dijo Su Ilustrísima -.

Vinieron muchos ancianos (algunos con grandes problemas para moverse) e todos ellos querían ver al hermano Marino.

“Apartaos, apartaos – les dijo el hermano Federico – que el hermano Marino ya ha vuelto y está repuesto. En pocos días vendrá a visitaros como siempre e os traerá una sorpresa, pues hame dicho un pajarito que tiene un hijo de siete años que ha de haceros felices un buen rato”.

En Sevilla y a treinta de agosto del año de dos mil e seis.

Del encuentro con el capitán en el hospital (1/2)

os llegamos por la calle que llaman Dos de Mayo hasta una pequeña que queda a la izquierda, la Calle Temprados, donde se encuentran la Capilla de San Jorge y el Hospital de la Caridad. Pasando por la Calle Dos de Mayo, nos indicó el hermano Federico que los edificios que allí se veían no eran sino las antiquísimas atarazanas que construyera don Alfonso X el Sabio e que utilizara más tarde don Miguel Mañara como naves para el hospital hasta su construcción más moderna.

“¡Dios Santo! – dije al ver la capilla –, que cosa así no esperaba en lugar tan escondido”.
“Sabed – dijo el hermano – que si el exterior os impresiona, ha de dejaros mudo lo que contiene, que no es sino la mejor muestra del arte barroco que se conserva en el mundo”.

Pasamos un tramo y cruzamos una antigüa puerta donde había un hombre guardia vigilante que saludó con respeto al hermano e nos dio paso franco. Del interior de aquel sitio aún no quiero hablar, sino que fuimos hasta una habitación como la de un hotel e, avisando a una criada, entramos en ella. En la cama se hallaba un hombre de espaldas. ¡Era el capitán! Volvióse al punto al oír el ruido e, mirándome, rompió en llantos: “¡Marcos, Marcos, sois vos! ¿Dónde está mi pequeño Marino?”.

“Tranquilizaos, capitán – le dije acercándome a él e tomándole la mano –. Aquí me tenéis a vuestro lado y no debéis haber cuidado por Marinín, que en la casa está como siempre ha estado”.

“¿No lo habéis traído? – dijo – ¡Quiero ver a mi niño!”.

La cara del hermano Federico iba cambiando en cada momento, mas, sacando fuerzas quizá de donde no las había, acercóse al lecho e le dijo:

“Hermano Marino, no es este lugar ni momento para traer a vuestro hijo. Esperad un poco, que pronto estaréis otra vez en casa y a salvo”.

El doctor que lleva el hospital, acercóse también a la cama e le dijo con mucha calma:

“Hermano, no excitaos. Habed calma, pues todo va bien. Me gustaría, si dais vuestro consentimiento, trasladaros al Hospital General sólo por saber si habéis daño interior; ya sabéis desto. No quiero huesos rotos”.

“Puedo aseguraros – contestó con gesto grave – que no hay hueso en mi cuerpo quebrado ni parte interna dañada. Dadme un remedio para el dolor e otro para las heridas e partiré para mi casa”.

De las pláticas camino al hospital (2/2)

interrumpiendo las pláticas de Su Ilustrísima, le dijo el hermano Federico:

“De tales cosas no me asusto, sino de la violencia, la vanidad y el odio, mas debo advertiros, eminencia, que nunca se ha llamado al capitán así en la hermandad, pues por propia decisión, y pensando ese título lo hacía superior a sus hermanos, siempre se le ha llamado «hermano Marino». ¿Acaso no es este su nombre?”.

E respondió a esto Su Ilustrísima antes de que comenzase a hablar yo:

“Marino sólo le llama don Marcos, que todos le decimos tío o capitán y, en raros casos, Capitán Alacaída, o sobrino, como le digo yo”.

“Algún nombre habrá puesto a su nuevo hijo – dijo el hermano -, he de suponer, que tal cosa no la esperaba”.

“Marino se llama también – respondíle yo en este turno – que siete años ha cumplido no muy recientemente”.

E fue la cara del hermano Federico de tal asombro, que se detuvo titubeante junto a una zanja e parecía iba a caer en ella. E mudado su color, dijo:

“¿Siete años? ¡Vive Dios que estas cosas nunca las he visto! Que cuando ya había asumido que su vida era de cinco siglos, se me dice que en un año su hijo ya ha cumplido los siete”.

“No es cosa de milagros, hermano – le dije al punto –, tranquilizaos, calmaos, que dase el caso de que este niño de nombre Marino es adoptado, aunque sí es coincidencia que ya tuviese ese nombre ¿No creéis? Y este niño fue nascido en Plasencia e de tan virtuosa mente, que junto al capitán - perdón, al hermano Marino – llegará a ser un grande hombre de provecho”.

E siguiendo su camino hacia el hospital, dijo confuso:

“¡No me hacen santo al venerable, e tengo que oír estas extrañas historias! Sí, he de necesitar mucha calma, que alguna otra sorpresa aún es seguro me aguarda”.

En Sevilla y a treinta de agosto del año de dos mil e seis.

De las pláticas camino al hospital (1/2)

l Hermano Federico nos pareció más callado al principio, mas, en todo el camino hasta el hospital (que cerca del Arenal e del río se halla), nos narró cosas increíbles del capitán, que aún no habiéndolas vivido él por su edad, era tan admirado como uno de los mejores hermanos e, siendo luenga su vida, por debajo del venerable don Miguel se le consideraba, aún no queriendo ser hermano mayor.

“Don Miguel – nos dijo – pasó de ser persona de mucha riqueza a ser un pobre por propia voluntad. Creyó que el amor grande que le tenía a su esposa, le había impedido conocer el amor a Nuestro Señor Jesucristo. Mucha historia falsa e mucho mito se narra dél, que volviendo a Sevilla tras la muerte de su esposa, quiso entrar en nuestra hermandad, mas nadie le quería allí. En poco tiempo, fue admitido, que tal cosa no sucede si no hay unanimidad en las votaciones. Poco tiempo después, había demostrado tanto su caridad hacia los necesitados, que fue hermano mayor, construyó la nueva capilla de San Jorge contratando a los mejores artistas de toda Sevilla en el barroco, recogía personalmente a los menesterosos de las calles e construyó un hospital para ellos. E pensó había sido hombre tan malo e tan impuro, que en sus propias voluntades, escribió se le enterrase a la entrada del templo, de tal forma, que todo el que entrase pisase su cuerpo. E murió en la miseria, que de tal cosa estaba ya rodeado. Mas no se halla ya allí en la puerta, sino que tiene una cripta bajo el altar, pues se le venera y esperamos se le considere santo en breve”.

Así, y en oyendo tales palabras, quise saber de la labor del capitán e le pregunté:

“Bien veo que sabéis mucho de la vida del venerable don Miguel, mas, ¿qué sabéis de la vida del capitán?”.

E respondió con algo reserva:

“Más de lo pensáis sé del hermano Marino, pero poco puedo contaros, sino que sé es hombre joven e de vida luenga como no conozco otra (no hablemos de Matusalén). Amigo íntimo fue del venerable y en muchas cosas le ayudó; e siguió luego su labor como nadie la seguía ni la sigue. Quizá por ello me extrañe se diga agora que tiene compañera e hijo en menos de un año”.

“Erráis – dijo Su Ilustrísima pasando ya el Postigo del Aceite –. Permitidme narraros en breve lo ocurrido en todo este tiempo de su ausencia de la hermandad, pues fui yo mesmo quien le requerí a Ronda para que solucionara ciertos menesteres e, desta forma, también se solucionaban algunos asuntos suyos. Mucho ha viajado el capitán en este tiempo e por muchos apuros ha pasado e su vida se ha jugado. En sus viajes, conoció al licenciado en abogacía don Marcos, que nos acompaña, e tanto le atrayeron a éste sus modos, que decidió trabajar para él; mas, aunque esto no os concuerde, el servicio de valido de don Marcos se fue convirtiendo en una grande e sincera amistad. Hoy en día, paréceme no conocer a un hombre que siga a otro con tal devoción como don Marcos sigue al capitán. Compañera no tiene éste como decís, sino «compañero»”.

Del encuentro de un secreto (4/4)

abía el hermano Federico que el capitán es persona de poco hablar de sus cosas, mas nos apuntó que, paseando por la mañana el hermano Ignacio por el Arenal, vio a un menesteroso yaciendo junto a la puerta de la capilla de El Baratillo.

“Tomó – continuó el hermano -, siguiendo el ejemplo del venerable, a este hombre en sus brazos e llevólo muy de temprano al hospital. Maltrecho parecía, mas no tanto, que lavando el médico sus heridas, pareció comenzar a reaccionar”.

“¿Siempre hacéis – preguntó don Juan – la Caridad desta forma?”.

“No tal – contestó –, que lo que os digo es dificultoso. Mas estando el Arenal muy cerca de nuestra sede, así quiso hacerlo el hermano; e allí se halla”.

“Entiendo ahora muchas de las palabras del capitán – dije pensando en voz alta -, que nadie se entrega como a él mismo le he visto entregarse”.

Mas advirtiendo las palabras que acababa de decir aquel hombre, le pregunté de inmediato:

“¿Decís que allí se halla? ¿Quién, dónde? Decidme de quién habláis”.

“A todos los hermanos – dijo – nos extraña lo que dice el menesteroso recogido e la ropa que usa. Diríase que parece ser el capitán, mas eran sus ropas modernas e ricas, aunque muy deterioradas; y habla de su compañero e de su hijo. ¡Y el capitán jamás ha usado sino sus ropas antiguas, no tiene compañero e mucho menos le conocemos un hijo!”.

“¡Es él! – le dije seguro –. Es él. Al capitán habéis encontrado sin duda. Las cuestiones sobre la ropa o su hijo podrían aclararse más tarde, pero ¡llevadnos a ver a ese hombre!”.

“Caminando iremos – dijo el hermano –, que andan las calles de Sevilla todas levantadas como si una bomba hubiese caído y es mejor no mover el coche”.

En Sevilla y a treinta de agosto del año de dos mil e seis.

Del encuentro de un secreto (3/4)

sustado don Diego, dejó a los niños una pieza con Catalina e presentóse en el gabinete. Así pues, le hice resumen de lo narrado por Chuti e pidió, si ello fuese posible, estar presente en la visita del hermano Federico. Dije se encargase el servicio de distraer a los pequeños, e yo mesmo, les pedí fuesen obedientes por tener que haber nosotros asuntos de importancia que sólo los mayores debemos resolver. E siendo, como son, de natural obedientes, en juegos se pusieron con Catalina e las otras criadas del servicio.

Oímos la campana de la cancela, que alguien agitó con fuerzas, e salió Chuti a ver quién venía, mas todos nos acercamos a las puertas de cristal por ver si ya llegaba el hermano; y allí vimos a un hombre canoso, de unos sesenta años, de no mucha altura e buen porte, que vestido con traje de colores obscuros, saludaba a Chuti: “Es él”, se oyó.

Volvimos a nuestros asientos y esperamos la entrada en la estancia. Chuti le abrió la puerta e lo hizo pasar con solemnidad: “El hermano Federico, del Hospital de la Santa Caridad de Sevilla”.

Así, nos fuímos acercando a él, saludándole con grande reverencia e presentándonos. E parecióme le sorprendió e le agradó ver allí a un sacerdote de los de sotana. Acabado tal protocolo, le pedimos tomase asiento e preguntó Su Ilustrísima (muy atinado) por el motivo de su visita. Así, este hombre habló parco:

“Sólo me han traído a esta casa malas noticias, pues aquí me acerco cuando uno de nuestros acogidos fallece porque el capitán asista a su humilde entierro. No es este el caso, que noticia ni buena ni mala traigo, sino cuestión que habría que aclarar”.

“Hermano – le dije –, exponed los hechos con calma e veremos qué es menester hacer”.

Hizo reverencia e comenzó su corta explicación:

“Háseme dicho, en la llamada, que el capitán aquí no se encuentra. Quisiera yo saber, viendo tanta persona reunida en su casa, por qué no está él aquí”.

“Mucho nos tememos – dijo don Juan – que alguien pretende hacer daño al capitán, e aún sabiendo es hombre fuerte e difícil de doblegar, ha desaparecido no ha mucho. Esperamos nos informe de su paradero la guardia, que seguros estamos seguirá salvo por muchos más años, si Dios Nuestro Señor así lo desea”.

Sonrió aquel hombre, que aunque de vestimenta seria, no era tan serio, pues agradóle lo dicho por nosotros. Con esto, dijo:

“Habréis de saber que cuando vinieron a España los momentos malos de guerra, vióse en la necesidad de disfrazarse de mendigo e menesteroso; y la Hermandad de la Santa Caridad le dio acogida unos años, que ha hecho este hombre tanto por nosotros como si hubiese continuado la labor de nuestro venerable don Miguel. Háseme dicho otrosí, que debería resolver algunos asuntos familiares, e desto quisiera yo tener alguna razón antes de dar las mías, si ello no os es estorbo”.

E sabiendo ya que la su voz era escuchada con mucho respeto, dijo Su Ilustrísima:

“Obispo de Ronda emérito soy, e yo mesmo he de daros aquestas explicaciones que pedís”.

“Monseñor – respondió el hermano –, permitidme os sea sincero, que viéndoos con esa sotana tan humilde nunca hubiese pensado sois obispo”.

“Por ostentar otros títulos – dijo don Juan con humildad – trátaseme como Ilustrísima, mas no digo esto por pediros así me tratéis, sino que quiero sepáis mi rama es de la nobleza e mis antepasados eran tíos del capitán; así pues, él me considera su tío como hermano de su padre”.

“¡Cosa tal no he oído jamás!”.

Del encuentro de un secreto (2/4)

olvimos al comedor e fuese Chuti hacia la cocina e, acercándome con disimulo a don Diego, le dije necesitaba entretuviese a los niños una pieza e luego le daría yo razones de las novedades que se nos iban a manifestar.

Sentados en el gabinete frente a Chuti e sin ningún preámbulo, comenzó éste a narrarnos una extraña historia que luego fue encajando:

“Es la Hermandad de la Santa Caridad de historia larga; de siglos. Dedicábase entonces a recoger a los muertos abandonados o ajusticiados e a darles cristiana sepultura. No, don Marcos, no penséis siendo hermandad sevillana se dedica a hacer sus estaciones de penitencia con sus imágenes y sus nazarenos, pues es esto algo muy distinto. Son todos los hermanos seglares insignes de Sevilla e siguen con grande devoción al… refundador de esta hermandad e creador de su hospital: don Miguel de Mañara e Vicentello de Leca”.

Interrumpí las palabras de Chuti:

“De tal personaje sí me ha hablado el capitán. Sé era hombre adinerado e muchos decían eran pendenciero e seductor e casóse luego e vivió aquel año de la peste que asoló a Sevilla e, temiendo le ocurriese algo a su esposa, pasaban todos los veranos en Montejaque por evitar los calores. E allí murió su señora e allí está enterrada según se dice. E algo más nos contó sobre sus estancias en Ronda e una rara historia sobre la visión de su propio entierro, e si me lo permitís, dícese que los rosales que hay sembrados en los arriates de la entrada de nuestra casa de Ronda, fueron sembrados por él mesmo e nunca mueren e siempre florecen. ¿Os referís a este tal Mañara?”.

“Os pediría yo, señor – respondió Chuti con prudencia –, no hagáis referencia alguna a este venerable hombre como pendenciero o seductor, que ya muchos se encargaron de intentar destruir la imagen de un hombre que ya debería ser santo. Nada desto comentéis ante su hermano. Escuchemos qué dice. Solamente quiero aclararos que, siendo el capitán hermano de la Santa Caridad, mucho me extraña esta misteriosa llamada. Esperad cualquier noticia, pues jamás la hermandad ha llamado ni al capitán ni a mí mesmo por darnos novedades, sino que hanse presentado siempre en esta casa personalmente. Habed en cuenta que desde la primera mitad del siglo XVII, cuando el venerable Mañara fundase el hospital, pertenece el capitán a la tal hermandad. Este es el motivo, y no otro, de que pidiendo permiso para atender algunos asuntos familiares, no haya acudido allí en más de un año; mas la llamada recién recebida me hace pensar algo sucede. Atended primero las palabras del hermano Federico e comentad sólo lo que os pida comentéis. Creo haberos sido de ayuda. Dios ayude agora a vuesas mercedes”.

E no hubo palabra entre los asistentes, sino un suave e casi inaudible «amén» de Su Ilustrísima, que me pareció se temía lo peor.

Del encuentro de un secreto (1/4)

use a los niños algunas ropas frescas tras el baño preparándolos así para ir al hospital a que le fuesen quitados los puntos cosidos a la tripa de Marinín. Al patio salimos al punto e por allí andaba Chuti ordenando muebles, preparando la vela e limpiando la fuente. Le dimos los buenos días e nos advirtió no tardásemos en volver, pues habría de ser día de mucho calor en Sevilla. En una pieza corta, hizo aparición también Su Ilustrísima e también a todos nos dio los buenos días e así, nos sentamos cerca de la puerta del comedor por esperar a don Diego, que partiría ya para Ronda.

Todos en el patio ya, pasamos al comedor a desayunar e vi jugar bajo el mantel de la mesa a Marinín con alguna cosa. Al instante, oímos sonar la música del móvil del capitán a lo lejos:

“¡Dios Santo! – espetó don Juan - ¿Qué es esto que hame puesto los vellos de punta?”.

“Lo siento, tío Juan – dijo el pequeño –, he dado aviso al teléfono de papá por saber si respondía, mas ya veo que su móvil en la casa está”.

“Raro es esto – le dije – que pensé lo llevaba consigo cuando fue a los almacenes”.

“Así lo creí yo – dijo don Diego – que aunque sé no lo usa a diario era ocasión para llevarlo”.

Desta forma, le dije a Marinín volviese a dar aviso e yo iría a encontrar su paradero; e así hizo el pequeño e, saliendo a priesa al patio, lo oí sonar en nuestra estancia; y en ella estaba sobre la pequeña mesilla de su despacho e junto al estuche portátil, mas no lo había visto allí antes.

Volví de espacio al comedor atravesando el patio e oí entonces sonar el móvil de Chuti, pensando Marinín hacía pruebas también con él. En el comedor me entré e fui a sentarme, cuando contestó Chuti al llamado que tenía con gesto de sorpresa por no saber, quizá, quién le daba aviso.

Estuvo oyendo a quien llamaba, mas no decía palabra alguna; sólo recuerdo un “no”. Despidiese y excusóse por haber una corta plática aparte conmigo; y esto fice e con mucho temor, que ya me esperaba malas noticias:

“Don Marcos, la llamada recebida no es corriente, pues era aviso del hermano don Federico, de la Hermandad de la Santa Caridad a la cual pertenece el capitán desde el siglo XVII. Hame pedido no hablase e preguntado si el hermano Marino aquí se halla e luego me ha dicho esperemos su visita a lo largo desta mañana, que el Hospital de la Caridad no está lejos”.

“De lo que habláis – le dije – vive Dios que no entiendo palabra, pues nada desta hermandad se me ha dicho”.

E pensando un poco sus palabras, dijo luego:

“Sólo se me ocurre una idea. Dejemos, si ello es posible, a los niños con don Diego e pasemos al gabinete donde os narraré algo desta historia antes de recebir tan importante visita”.

“Sea pues – le dije –. Hagamos esto presto, mas no demos señales de nerviosismo. Yo diré a don Diego entretenga a su nieto e a mi sobrino; él es hombre de razón e sabrá comprenderlo”.

29 agosto, 2006

De la historia del ratoncito Pérez

reparé a los niños para el descanso sin mucha ropa, pues en Sevilla aún hace mucho calor, e ya metidos en su cama les di las buenas noches e les dije hiciesen sus oraciones como era la voluntad de Marino e de Su Ilustrísima. Besélos a ambos e, cuando les decía iba a apagar la luz, me dijo Marinín:

“¡Tío Marcos! No os vayáis aún que una pregunta quiero haceros e sé a ella me daréis correcta respuesta”.

“Decidme, chiquitín – le dije - ¿qué queréis saber a estas horas? No quiero que nada os quite el sueño e de todo he de daros razón, mas, espero no haya de dar luengas explicaciones”.

“Os prometo – dijo con entusiasmo – que no he de preguntaros muchas cosas, sino que si la historia que cuenta tío Juan de ese ratón Pérez es tan cierta como dice”.

“¡Sin duda! – le contesté sentándome a su lado - ¿Vais a poner en solfa la palabra de un obispo que, además, es vuestro tío? Este curioso ratoncito Pérez, viene por las noches a retirar las piezas de los pequeños como vos que las vais cambiando; las colecciona en su casa, que es lujoso palacio en el hueco de un árbol e, a cambio, os deja un regalo. Tal cosa hará por cada pieza que se os caiga, pero, oídme con atención: vendrá a recoger cada pieza que se os caiga, no las que os arranquéis. Así pues, dejad que los dientes se caigan solos, los ponéis en la noche bajo vuestra almohada e le dejáis, si queréis, alguna cosita que comer, e os dormís como en los demás días. Al amanecer, mirad qué os ha dejado. E si quisiéredes alguna cosa que él pudiese traeros, a mí habréis de decírmelo, que con los niños prefiere no hablar”.

“¡Jo, tío Marcos! – dijo Diego Jesús - ¿Cuándo se me van a caer a mí los míos?”.

E dejándolos prestos para sus oraciones e sus sueños, retiréme con tristeza a mi estancia, pues, de momento, habría de dormir solo.

“Capitán Alacaída, ¿dónde estáis?”

En Sevilla y a veinte e nueve de agosto del año de dos mil e seis.

De la cena de los nuevos planes (y 2)

cabada la cena, restamos una pieza sentados a la mesa e manifestó entonces Su Ilustrísima:

“Propondría yo, aunque la ausencia de alguien que queremos nos inquiete, sigamos nuestras vidas de la mejor forma posible e con normalidad. Dejemos a la guardia hacer su labor y al capitán la suya, que tonto no es según me consta. No quiero sea estorbo para don Diego el quedarse en Sevilla e debería volver a Ronda con su señora, que más que nosotros le necesita. Diego Jesús quedará aquí con Marinín preparándose ya para sus estudios e, yo mesmo, les iría mostrando algunas cosas. El papel más complicado, sin duda, en esta obra, es el de don Marcos, que habrá de suplir algo más, pues la ausencia del padre parece poner nervioso a Marinín”.

“No tengáis cuidado – dijo el pequeño – que es para mí tío Marcos como mi padre en algunos menesteres”.

“Os aseguro – le dije – que a trataros voy como mejor sé y espero depositéis en mí vuestra confianza para cualquier cosa, que yo he de solucionar lo que necesitéis”.

Y en oyendo esto el pequeño, me dijo:

“Tío Marcos; ya que habláis de menesteres… bien sabéis sería menester ir mañana o pasado al hospital porque me quiten estos dos puntos de cosido que en la tripa tengo aún. Sé que no es cosa que mucho os plazca, pero si vos no podéis llevarme, podría hacerlo tío Juan”.

“No habréis de pensar en eso – le dije – que cosas peores he visto, os lo aseguro. No se trata más que de quitar don pequeños cosidos e yo os llevaré, que esa es mi obligación”.

“Pues hay algo más – prosiguió Marinín – pues noto se me mueve un diente e no me gustaría se cayese e tragarlo con la comida”.

Y echóse don Juan a reír en diciendo:

“La edad tenéis ya de cambiar vuestros dientes de leche por los de adulto. No temáis. Ellos solos irán cambiando e cuando caiga cada uno, lo pondremos bajo vuestra almohada, desta forma, acudirá en la noche el ratoncito Pérez, lo tomará para su colección y dejará en su lugar un bonito regalo”.

“¡Jo, tío Juan! ¿Es verdad eso que decís? ¿Y se le puede pedir que traiga algo?”.

En Sevilla y a veinte y nueve de agosto del año de dos mil e seis.

De la cena de los nuevos planes (1)

cercóse Chuti por comunicarme lo que habíase preparado para la cena e por saber si alguna nueva había, e le di primero las gracias e le dije luego no saber nada aún del capitán. Con esto, me hizo estas manifestaciones:

“No sé si el capitán os ha contado que en su larga vida ha pasado muchas veces por cosas como esta o peores. Sé que no es hombre de narrar sus aventuras si no se le preguntan o salen en la conversación. No me preocuparía yo más de lo necesario; sólo es menester esperar, e mirad que desto sé mucho. Tranquilizad a los niños e aseguradle volverá”.

E viendo yo que aquel hombre sabía lo que decía e quería estuviésemos tranquilos, le dije:

“Ha pasado España por épocas peores que esta y supongo en ellas ha tenido mucho problema que resolver e lo ha resuelto. Os agradezco la advertencia; esperemos hasta que todo pase”.

“No sabéis, señor, las aventuras que hubo de correr a principios del pasado siglo, pues, siendo monárquico e sintiéndose muy español, nadie le quería. Los republicanos le buscaban para darle muerte por una cosa e, más tarde, el General Franco le buscaba por otra. Hubo de vestirse de mendigo y esconderse en cierto lugar cerrando esta casa porque los militares no le capturasen. Aún así, se salvó de ser muerto por unos, pero fue encontrado por los otros, metido en cajón y llevado a algún sitio que él desconocía. Vivió los momentos más peligrosos de su vida entera; e ya veis que dellos salió salvo”.

Confuso por lo oído e llegando la hora de la cena, le dije que habría de contarme algo más desa historia, que parecía este hombre conocer al capitán, pues poco o casi nada cuenta de su historia pasada.

Sentados ya todos muy quedos a la mesa, presidió ésta Su Ilustrísima, hicimos unas oraciones e dimos buena cuenta de una cena fresca que había preparado Catalina.

De la conversación matutina con los niños

ingún sentido tenía esconder la verdad a los que ya la intuían; de alguna forma, ellos sabían que el capitán no había ido a resolver asuntos propios, sino que alguien se lo había llevado, mas cuando quisimos explicar algo sobre tal cuestión, dijo Marinín:

“A mi otro padre no conocí; a este bien le conozco. No tengáis cuidado por su vida, que no ha de perderla, según entiendo e sé por él mesmo. Dejad que resuelva este entuerto él mesmo e todo saldrá bien. Lo que me apena – dijo rompiendo en llantos – es no tenerle hoy a mi lado, que es día de muchas cosas nuevas. Cuando vuelva las verá”.

Emocionado don Diego por lo dicho por el pequeño, apuntó:

“Nadie os va a engañar sobre este asunto; vuestro padre ha sido llevado por dos hombres, mas él vale por cinco. La duda que nos quebranta es que no sabemos cuándo podrá liberarse; mas no es esto preocupación tampoco, que la guardia está haciendo todo lo que de su mano está por encontrarle. Así pues, sabiendo como sabemos que volverá un día antes u otro después, preparemos todo aquello que os ha de ser menester para la escuela”.

E parecióme ver caras de confianza en los niños; entrambos sabían que el capitán iba a volver. Así, Diego Jesús, sin alzar mucho la voz, le dijo de cerca a su abuelo:

“¿Puedo yo también llamar tío Marino al capitán? No siento sea mi jefe ni a ejército alguno pertenezco, sino que desta familia me siento e no de otra”.

E viendo Su Ilustrísima como entre todos se iba formando una familia verdadera, dijo porque todos lo supiéramos:

“Familia como esta nunca he conocido, vive Dios, que aunque no hay padre ni madre que haya engendrado, mucho sobrino voy viendo ya por aquí. E no me parece mal tome Diego Jesús al capitán, mi sobrino, como su propio tío. Y tal como dice don Diego, en sabiendo va a volver (e quizá antes de lo que esperamos), debemos seguir nuestras vidas adelante. Así pues, Marcos e yo mesmo hemos de probaros todo lo comprado e, si hubiere menester comprar alguna cosa más, yo mesmo lo haré, que me parece lo más importante es agora vuestra educación”.

En Sevilla e a veinte y nueve de agosto del año de dos mil e seis.

De cómo se nos vino el primer día

iendo que la desaparición del capitán no era baladí, hablé con don Juan e le dije que algo raro había ocurrido. No quise asustarlo, pues sabía el capitán resolvería aquel entuerto antes de que nosotros lo pensásemos; mas le noté un poco asustado e así le dije:

“Ilustrísima, no os preocupéis por lo ocurrido tanto como yo lo estoy, que ya sabéis el capitán resuelve estos entuertos en menos tiempo que nosotros los pensamos; mas debemos tener siempre en la mente a los niños. Heles dicho que ha tenido que partir él a unos asuntos y en la casa están esperándole. Don Diego sabe tal cosa e anda dándoles coba porque no se preocupen. Las ropas e libros comprados serán enviados allí. Partiré para Sevilla al punto e si conmigo quisiéredes venir, de algún ayuda serviríais para distraer a los pequeños”.

“No es cuestión esta – me dijo – de querer ir, sino que debo ir. Aprestemos pues lo imprescindible e partamos”.

Así se fizo, que en menos de media hora ya íbamos entrambos camino de Sevilla. Avisamos a Chuti de nuestra llegada e nos dijo dejaría el almuerzo para un poco más tarde, e cuando llegamos a la casa, las puertas del apeadero estaban abiertas y parte del servicio nos esperaba, mas cuando subía los escalones hacia la casa, vino Marinín hacia mí e abrazóme diciendo:

“Lo sé, tío Marcos, sé que alguna cosa le ha pasado a papá e no vais a engañarme; mas quiero sepáis también que teniéndoos a mi lado aliviáis esta pena. No digáis se ha ido a cumplir con alguno de sus deberes, que sé que tal cosa no es cierta, mas he de ayudaros en cualquiera cosa que os sea menester, pues seguro estoy que ha de volver”.

E tomando al pequeño entre mis brazos, sentí, por primera vez, lo que seguro sentía el capitán cuando lo tomaba entre los suyos. Diego Jesús, bastante asustado, al lado de su abuelo se encontraba e, desde allí, sin moverse, me dijo:

“Con mi ayuda podéis también contar, tío Marcos, que sé que el capitán ha de volver en poco tiempo”.

En Sevilla y a veinte e ocho de agosto del año de dos mil e seis.

PARTE CUARTA

Notas de don Marcos por la desaparición del capitán

28 agosto, 2006

Nota de don Marcos de Ruiz e Pareja

Atrévome a escribir en el diario del Capitán Alacaída, pues habiendo recebido llamada de don Diego casi a medio día, se me ha dado aviso que bien deberá de ser de interés para vuesas mercedes, pues terminadas las compras necesarias para los pequeños, e siempre según me manifestó don Diego, al cual espero ver en Sevilla, estando en las librerías de los almacenes, que son tan grandes como para perderse, observó no se hallaba a su lado. Así, buscó por aquellos pasillos llenos de libros más de media hora e, viendo no le hallaba, preguntó a una señora que allí trabaja e dijo haberlo visto partir a toda priesa con otros dos hombres, e dijo se avisara a la guardia. Conociendo al capitán, sé no corre el peligro correríamos cualesquiera de nosotros, mas es la primera vez que el capitán desaparece, según la guardia ha podido comprobar.

Roguemos al Señor le custodie donde se halle. Sé volverá salvo, mas en este tiempo, escribiré estas notas por mantener a vuesas mercedes en conocimiento de lo que ocurriere.

A Sevilla iré de inmediato e pidamos a Dios Nuestro Señor todo se resuelva en breve.

Don Juan cuidará de los pequeños (a Marino ya han de quitarle los puntos que cosen su vientre) e pronto serán enviados a la capital para prepararse para sus estudios.

Don Marcos de Ruiz, en Grazalema y a veinte y ocho de agosto del año de dos mil e seis.

27 agosto, 2006

De los últimos planes con don Juan

uéronse todos al descanso e quedamos en la noche calurosa don Juan e yo sentados en el jardín e tomando algún refresco. E así le dije:

“Atado e bien atado está todo, Ilustrísima, que compradas las cosas que el niño ha menester, volveremos a Sevilla en los primeros días del mes. Ha buscado ya don Marcos el coche y el cochero que llevará e recogerá así a mi niño como al saltamontes (que para ello ha de tener un permiso) e, aunque trabajoso ha sido, a don Diego he convencido de que ha de residir con nosotros su pequeño en todo el tiempo de estudios. Espero veros por allí a menudo, que sé alguna cosa buena enseñaréis a los críos. No me defraudéis”.

“Bien sabe Dios – respondió –, e bien deberíais saber vos, que un tiempo estaré en Ronda e otro en Sevilla, que estos críos son en realidad como míos y he de mostrarles el camino correcto. No tengáis cuidado por tal cosa, que cuando allí estéis yo iré e volveré tan pronto como me sea posible. Pensad también que habéis de compaña a un hombre que los quiere como suyos también e no dudará en darles todo aquello que necesiten tal como lo pensáis hacer vos. Ninguna duda me cabe de que ambos están hechos de buena masa, e moldeable. Mas habéis de saber que la escuela a la que asistirán es llevada con sumo rigor e respeto por Los Legionarios de Cristo; e tienen éstos cientos de escuelas e universidades de donde salen hombres hechos”.

“De la buena masa sale buen pan – le dije – mas he observado que Fermín es también de esa masa e no puede su madre darle la educación que yo voy a dar al mío”.

“¡En mal momento lo descubrís! – exclamó –. De haberse sabido esto antes, yo mesmo me haría cargo de su educación si vuesa merced le diese residencia en Sevilla. Tendrá que quedar este plan para el año venidero”.

“Así lo creo yo – le dije – que tiempo ya no hay; mas he de preparar todo para que este otro crío se haga un hombre hecho el año venidero, si ello es posible”.

“Dios proveerá, capitán – concluyó –. Dios siempre da la respuesta”.

En Grazalema y a veinte y siete de agosto del año de dos mil e seis.

De la cena de la salchicha

sistimos a la misa en la iglesia de San José, que en el barrio alto se halla, e concelebró Su Ilustrísima con el padre Teodoro (que así llámase el joven párroco) e fue misa de grande devoción con homilía de don Juan que la gente comentaba al salir del templo.

Restó Marino con Fermín en casa e nos acompañó sólo Antonio (que ya tiene diez años e su primera comunión hecha). Al volver a casa noté un poco serio a mi niño mientras escribía, preguntéle si le ocurría algo e contestóme con un gesto de su cabeza negando lo preguntado.

Pidió don Juan la venia de que le concediese la merced de colocar un retrato del Santo Francisco de Javier, al que ha gran devoción como yo mesmo, sobre la chimenea. E ¿cómo iba a negarme? Puso luego unas pequeñas velas a los lados e las prendió: “Esto nos ayudará a todos a recibir las mercedes que esperamos”.

Levantóse Marino con presteza e entróse en su dormitorio saliendo al poco. Algo me parecía le pasaba e no quería decirlo; mas no le hice pregunta alguna.

E ya sentados todos a la mesa para la cena, se anunció cenaríamos unas sopas de gazpachuelo e dijo Marcos:

“¿Sería atinado, si ello fuese posible, tomase alguna salchicha de las sobrantes? Sé que es alimento fuerte e que no debe comerse de noche”.

“En el estómago – le dije – siempre está todo obscuro. No tomad más que alguna por salir del capricho e reposad un poco antes de ir al descanso. No veo esto sea malo”.

E acercándose Marinín a mi oído, me dijo en muy baja voz:

“Hablando de salchichas… ¿sería atinado pudiésemos hablar vos e yo un momento a solas?”.

“¿Qué os sucede agora? – pregunté – Decidme cualquier cosa aquí mesmo que he de excusar hablemos en voz baja”.

Y esto hice, que sabiendo que el niño quería hablar en confidencia, así lo comuniqué a la mesa.

“Mi «salchicha» me pica, papi; e no sé cómo quitar ese picor”.

E poniendo mi mano en su cuello vi tenía el mal de la orina e dije a Marcos si sería posible llamar al médico a tales horas porque visitase a Marinín.

“¿Se encuentra enfermo acaso? – preguntó asustado – Decidme, ¿qué cosa le sucede?”.

“Tiene, según veo – le dije –, lo que yo conozco por el mal de la orina. Remedio tengo para ello pero quisiera lo viese uno destos médicos por si acaso fuese cosa del mal que ha tenido”.

“Puedo deciros – comentó discreto – que estos médicos curan una cosa y empeoran otra. Si habláis de mal de la orina, paréceme infección y eso es normal cuando se sale de un hospital. No tengáis cuidado, que he de llamarlo agora, nos dirá el remedio e iré yo mesmo a pedirlo a la botica, que aunque esté cerrada, dispensan”.

“¿Cómo podría agradeceros esto?”.

En Grazalema y a veinte y siete de agosto del año de dos mil e seis.

De la siesta de las salchichas

ue el almuerzo como predijo don Juan, que repitió Marcos el plato, probó la «pirriñaca» e sentóse una pieza en el salón casi en penumbras; e viendo que le venía el sueño, pidió la venia para retirarse a descansar la siesta e, no sé por qué razón, me preguntó si quisiera dormir con él un rato, mas le dije que tras el reposo, seguiría preparando cosas. Insistió, más viendo que yo tenía menesteres pendientes, subió de espacio las escaleras hasta el dormitorio.

Descansaron los niños en el cuarto de Marinín e quedamos Su Ilustrísima e yo en el fresco salón. E así me dijo al quedar solos:

“Mal debió pasarlo ayer en el viaje que hicisteis, que pocas cosas quitan el sueño a un adulto, sino que parece niño al que le han contado cuento de terror antes de dormir”.

“No sabe vuesa merced – le contesté – que tan espantoso era lo que hubimos de ver, que también yo preferí pasar la noche en vela con él”.

“¡Cadáveres!” – dijo presto –. Nadie se acostumbra nunca a verlos, mas os aseguro que muchos he tenido que ver yo mesmo e no en muy buenas condiciones”.

“Os aseguro yo, Ilustrísima – respondíle – que si hubieseis visto los que hubimos de ver ayer nosotros, no diríais agora lo que decís; que era de espanto”.

E mirándome con asombro e perdiendo el gesto de sueño que ya le venía, preguntó:

“Sois capitán e de larga vida e sé habréis visto cosas peores que las que yo mesmo he visto ¿Cómo decís que los cadáveres eran tan espantosos?”.

“Describillos no quiero – le dije – que no quiero quitaros también el sueño, pues cosa tal jamás había visto”.

“Dejemos entonces esta conversación para otro momento – aconsejó – que no es la hora de la digestión apropiada para estas pláticas. Tal vez, no deberíamos hablar más desto”.

En Grazalema y a veinte e siete de agosto del año de dos mil e seis.

Del almuerzo de las salchichas

a todo preparado para el refectorio, nos llegó un olor penetrante e delicioso desde la cocina e se nos sirvieron las salchichas que prepara doña Dolores en una exquisita salsa con mucha cebolla e varias especias. No dijeron nada los niños, mas en sus ojos se veían las ansias por catar aquel plato, e así mesmo me pareció ver este gesto en la cara de Marcos, que en la de don Juan casi siempre se ve.

“En Ronda – dijo Diego Jesús – algunas veces las catamos. No son éstas como las que se compran en bolsas, sino que están deliciosas; mas nunca me las habían servido con estos aromas”.

“El apetito se me abre – dijo Marcos ya casi del todo despierto – que una vez las comí (con otra salsa) en Cuenca e hube de repetir e no comer el segundo plato”.

“Me agrada lo que decís, abogado – espetó Su Ilustrísima – señal es esta de que andáis ya mejor, e si las habéis comido en Cuenca con tanto gusto, mucho me temo habrá que decirle a María os prepare otro plato. ¡Destas me como yo varias ristras!”.

E mirando con timidez a Su Eminencia, dijo Fermín:

“Mi madre las hace e les da el aliño; espero sean de vuestro agrado, que pocos embutidos se hacen en casa tan deliciosos como este; e allí se comen a menudo, mas casi siempre las comemos fritas e con puré de patatas”.

“Sea de una forma – dije – o sea de otra, lo importante siempre es una buena salchicha y no lo que la rodea”.

E los niños rieron al oír esto e no supe por qué de aquel contento.

“Decíais verdad, Ilustrísima – manifestó Marcos –, que todo pasa; e no tengo agora ningún recuerdo sino las ganas de comer este plato e acompañarlo con esa especie de aliño que por ahí veo”.

“«Pirriñaca» – dijo don Juan – o algo así, le llaman a este aliño, que no lleva otra cosa sino tomate fresco de la huerta con pimiento verde e cebolla; e todo bien troceado e aderezado con sal, vinagre de la tierra e aceite de oliva. Cuando hayáis terminado del yantar, reposáis un poco la comida sentado e dormís una buena siesta”.

Y entre dientes, siguió farfullando:

“Esta familia me hace caer en la gula; el Señor no me lo tenga en cuenta”.

En Grazalema y a veinte y siete de agosto del año de dos mil e seis.

De los preparativos para las compras

abiendo pasado la noche en vela por retirar los pensamientos que le venían a Marcos (y a mí mesmo), fue dificultoso el levantarme. Muchas cosas quería dejar este domingo preparadas, de tal forma, que mi compañero e don Juan no hubiesen mucha fatiga con los niños e con el servicio.

No muy temprano, por no ser de molestia, avisé a don Diego para saber la hora de la partida a Sevilla e, diciéndome éste que el almacén inglés de corte (y confección, supongo) no abría hasta las diez de la mañana, decidí dormir algo de siesta, levantarme temprano e aprestar algunos otros detalles a primeras horas.

Dejé dormir a Marcos hasta que por sí se levantó, que temprano, casi al amanecer, cayó rendido (con o sin las imágenes que se le presentaban al cerrar los ojos). E notamos su falta durante el desayuno, que siempre ayudaba a mantener el orden entre los niños, que aún no siendo muy traviesos, siempre había que tener un ojo encima dellos.

Casi todo a punto, sentéme en el jardín con Su Ilustrísima hasta que le vimos aparecer con no muy buena cara e, acercándose a nosotros muy de espacio, puso sus manos sobre nuestros hombros para darnos los buenos días sin tener que hablar mucho e, sin esperarlo, noté se acercaba a mí e me besaba:

“Como niño pequeño me porté anoche e no os he dejado descansar”.

“No importa tal – le dije – temprano me he levantado y ya tengo mucho preparado para mañana. Lo que yo no pueda hacer tendréis que hacerlo vos, pero es poca cosa. Sentaos agora aquí una pieza con nosotros hasta que despertéis del todo. ¿Habéis desayunado algo?”.

“Tan dormido – dijo - me es de dificultad comer alguna cosa, mas no preocupaos que agora tomaré algo. Comenzaré por un zumo como hacéis vos, supongo”.

Y en viendo y en oyendo nuestras palabras, manifestó don Juan:

“Normal me parece que la noche no haya sido tan buena como hubieseis deseado, que algunos días quitan el sueño ¿Yerro? Mas todo pasa, la noche ha pasado y el día irá normalizando vuestro cuerpo. Esta tarde oiremos la misa a las ocho, por suerte para vos don Marcos, que se hará en honor de Santa Clara por quien tengo especial devoción. Tal vez así se os «aclaren» las cosas. Descansad agora una buena pieza, almorzad, dormid una siesta e mañana estaréis listo para ser el señor de la casa, que en toda la mañana no estará aquí el capitán”.

E sentándose junto a don Juan, le dijo casi dormido:

“Decid verdad, que todo pasa; que noche tan mala como esta no la recuerdo”.

“Pues cuando algo así ocurre – espetó Su Ilustrísima – no hay cosa mejor que rezar unos cuantos rosarios (si a más de tres llegáis) e con la luz apagada. No lo dudéis, que yo también he tenido noches destas. ¿Por qué no os dais un buen baño en el agua fresca e a buen seguro se os abren el apetito e la mente?”.

“¿Queréis por ventura que alguien tenga que arrojarse a socorrerme? – dijo con la vista perdida -. Aún ando en sueños; preferiría antes despertar un poco más”.

En Grazalema y a veinte y siete de agosto del año de dos mil e seis.

26 agosto, 2006

De la noche del recuerdo de los muertos

etidos ya en la cama, algo abrigados y apagada la luz, noté Marcos daba una vuelta e luego otra. E luego, tomándome por los hombros, manifestó:

“Encended la luz, capitán, por caridad, que en la obscuridad no veo sino a aquellos cadáveres”.

“No temáis – le dije -, que no sé cadáver alguno que se levante y ande por ahí asustando a la gente. Procurad pensar en alguna cosa bella que os haga olvidar esa. En esta vida hay muchas cosas bellas como para olvidar en un momento las pocas feas que vemos”.

“¡Por caridad – repitió – dejadme encender la luz que otra cosa no se me presenta ante la vista! Yo no quiero verlos, sino olvidarlos, pero ya sabéis que basta querer olvidar algo para no poder borrarlo de la mente”.

Encendí la lamparilla, me volví hacia él, e tomándole la cabeza e acariciándole los cabellos, le dije:

“Lo que decís entiendo. Dejaremos la luz encendida e podéis leer si ello os sirve. E pensad en el baño de hoy, en cada momento feliz que hemos vivido juntos… ¿Recordáis el Puente de San Pablo de Cuenca e cómo se me aflojaron las piernas hasta caer al suelo? ¿Recordáis cómo le dije gilipollas al guardia de León? ¿Y las luces maravillosas que entraban por aquellas vidrieras? ¿Ya no recordáis la suite del Parador de San Marcos? ¿Habéis olvidado que tenéis ahí abajo a un ángel que os llama tío Marcos? ¿Cómo puede una cosa que tan poco ha durado ponerse delante de tantas bellas como hemos visto?”.

“Sabéis es así – dijo quedo – e no puedo remediarlo. Todo eso recuerdo e me siento muy feliz, mas la imagen que queda ahora cuando cierro los ojos… ¡ Oh, Dios!”.

“Sea como decís – le respondí –; no me importa dormir con la luz prendida e, si lo deseáis, con vos he restar despierto, podemos ver algún DVD si ello os distrae o recordar momentos vividos. No sufráis por lo visto hoy – e acariciando sus cortos cabellos, le dije –. Sabéis además que a vuestro lado me tenéis”.

En Grazalema y a veinte y seis de agosto del año de dos mil e seis.

De la visita de Dolores a Marinín

entados en salón estaban los niños e les acompañaba Marcos mientras leían cuentos con preciosos dibujos en bellos colores. Toda la casa estaba cerrada, pues era el aire que corría de levante muy cálido. En esto, estábamos don Juan y yo comentando algo de lo que hubo pasado por la mañana sentados en la parte cerrada del jardín e parecióme llamaban a la puerta. Al poco, vino Cayetano a darme aviso de una visita e pasamos al salón ya casi entrada la noche y antes de la cena. En la puerta de la casa, vi parada, cabizbaja e mirando al interior algo asustada, a Dolores, la madre de Fermín. E hacia ella anduve de priesa por atenderla:

“Pasad, señora, no quedad ahí mirando, que en vuestra casa estáis como en ella está vuestro hijo”.

“Eso paréceme – contestó sonriendo – que para verle vengo, pues aquí pasa todo el día e le echo mucho de menos, e sabiendo ha estado enfermo Marinín, quería traerle alguna cosa”.

“¿Por qué os tomáis estas molestias? – preguntéle – Pasad, pasad e mirad dónde está vuestro hijo en leyendo con los otros sus amigos”.

Así, se levantó Fermín con gran contento e fue a besarla e abrazarla e le dijo pasase por ver lo que hacían, y ella le dijo:

“Ya veo que mejor que en casa estáis, que ya sé os gusta estar rodeado destos juguetes e destos amigos y en casa no los tenéis. Disfrutadlo todo”.

“Perdón habría de pediros, señora – le dije – que pareciera quisiera yo apropiarme de vuestro hijo”.

“En tal cosa no penséis – manifestó – que sabiendo yo es feliz aquí e con quién anda, no me importa no tenerle a mi lado, que es niño tímido y es esto lo que necesita, pues es listo e le gusta leer e jugar, mas pocos amigos tiene, e hame dicho el médico que quizá sea porque es más listo que los otros y eso le hace sentirse mal”.

“Sin duda – afirmé – me parece este niño listo, e si yo pudiese ayudaros de alguna forma, habríamos de educarlo para que llegue a ser hombre de buen provecho”.

E dirigiéndose luego a Marinín besólo con grande cariño e sonoros besos, e le dijo:

“Juguetes no puedo traeros, ¡mi arma! [mi alma] mas en esta bolsa vienen unas salchichas caseras, que preparadas por María (que es vecina mía) os chuparéis los dedos. Mas, decidme agora que os han hecho”.

“Una tripa mala me han quitado – explicó Marinín -, que dolía e me hacía poner enfermo. Mas ya estoy bien. Gracias”.

“A los cerdos – dijo la mujer – quitamos nosotros las tripas buenas, que con ellas se hacen deliciosas viandas. La que os han quitado mala ya no os producirá más dolor ni fatiga. Probad esto que os traigo e otro día me decís si es de vuestro gusto”.

E me pareció ver a Marcos ir presto al baño otra vez.

“Desto de la educación que necesita Fermín – le dije a la señora – hablaremos otro día, que sé la necesita e vos no podéis dársela. Agora, pasad a tomar alguna cosa antes de la cena”.

En Grazalema y a veinte y seis de agosto del año de dos mil e seis.

Nota de Marinín a este acontecimiento:

Grandemente he disfrutado deste día, pues aunque tío Marcos e papá han tenido que ir a Ronda muy de mañana, hase tomado con nosotros un baño el tío Juan. E así le mojé la cabeza como él lo fizo conmigo en la Fuentefría. E púsome tío Marcos dos parches pegados por encima de las costuras de la tripa, pues decía podía entrar por allí el agua.

En Grazalema y a veinte e seis de agosto del año de dos mil e seis.

Del primer baño de don Juan con nosotros

ablóse de salir al jardín, tomar un bocado (corrió otra vez Marcos), e darnos un baño, mas dijo don Juan al pequeño Marino, que no diese saltos e que no nadase con fuerzas con sus piernas, sino que se dejase flotar en las aguas e refrescase su cuerpo. Con esto, le dije a los presentes:

“Acaso don Juan, si usamos nosotros nuestras calzonas, tomase un baño con nosotros, que sé le hace grande ilusión”.

E no pensando mucho la respuesta, dijo éste:

“Bien me parece más lo de vuestras calzonas que lo del baño, pero he de dejar bien claro que me gustaría disfrutar de la compaña de los niños (e de los no tan niños) flotando en las aguas frescas”.

“¡Bien!”, se oyó entre los más pequeños, “Don Juan tomará un baño con nosotros”.

E apareciendo Marcos, no podía creer en lo que pasaba e fizo intención de quitar su ropa allí mesmo e le fice señas de que mudárase en la casa. Así mesmo se lo manifesté a los niños, que en el cuarto de Marino se cambiaron de ropas y en calzonas de colores salieron. Viendo don Juan aquello, pasó a su dormitorio e vino con sus calzonas de color azul obscuro en diciendo:

“Si me ve alguno que bien me sé, al hospital habría que llevarlo con un desmayo”.

E bajando a las aguas por la pequeña escalera de metal, púsose de tal forma, que asió a Marinín e dióle un paseo dejando su cuerpo flotar, y éste, metiendo las manos en el agua, mojó a don Juan la cabellera en diciendo:

“No es bautizo, mas os evitará se os caliente la sesera”.

De la vuelta de la visita a los finados

legados a la casa, acercándose ya el medio día, corrió Marinín (a pesar de sus pequeñas heridas) llorando hasta mí, e aferróse a mis piernas e decía sin cesar:

“A Ronda habéis ido tío Marcos e vos por algo malo”.

E viéndole en llantos e muy preocupado, agachéme ante él sonriente e le dije:

“Si bien es cierto que hemos tenido que partir muy de mañana para Ronda, puedo aseguraros que hemos ido a platicar, e había allí hasta ocho hombres e cinco dellos no hablaron nada. Si pensáis que hemos ido a ver cosas preciosas e que vos no las habéis visto, también puedo aseguraros, que nada hemos visto que de vuestro agrado fuese”.

E volvió Marcos a retirarse, esta vez al cuarto del baño, quizá porque no se le viese la color de su rostro.

“¿Lo juráis…? - miró a don Juan e siguió luego - ¿Lo prometéis? ¿Nada malo pasa agora?”.

“Prometido queda que nada bello hemos ido a ver e, porque mejor me creáis, sobre la mesma Biblia he de jurarlo, que sé que cosa tal no gusta a Su Ilustrísima. Así de cierto es lo que os digo”.

E sonriendo luego, fueron acercándose sus amigos e vino Diego Jesús a besarme e al oído me dijo:

“El médico ha llamado ya y permiso le ha dado para moverse e comer, mas hasta dentro de otros pocos días no le descoserán la tripa”.

Con esto, e con muy mal color en su faz, salió del cuarto del baño Marcos e se adentró en el salón, e así dije entonces:

“Olvidemos lo ocurrido esta mañana, que importancia no tiene alguna, e pensemos ya en las hinchonas que comeremos con Marinín en el almuerzo”.

E volvió Marcos al cuarto del baño a priesa.

En Grazalema y a veinte y seis de agosto del año de dos mil e seis.

Del aviso que cambió parte de nuestra incógnita (y 5)

cuando despertó Marcos casi del todo hizo este razonamiento:

“Veamos, capitán. Supongamos que no os confundís con otro hombre que no es doctor. ¡Éste, es forense! Debería saber (o haberse asegurado) de que las aguas no eran venenosas. Por otro lado, vuesa merced aún no conocía la existencia del tal lugar e dél no le hablasteis. ¿Quién le ha dicho entonces que viniese a Ronda, a ese lugar casi oculto, a beber esas aguas?”.

“Dos cajones quedan aún por ver, Marcos – le dije –. No preocupaos que yo los miraré con sumo cuidado e, si hubiese alguien más conocido, os lo haré saber”.

E con esto volvimos a la sala e vi el cadáver de la puerta 4 y el de la 5 (que, por cierto, aún estaba en peores condiciones), mas no pude reconocer a nadie más. Temiendo entonces que don Fernando hubiese hablado algo desto, pedí se me dejara hablar a solas con mi abogado, entramos en una sala e platicamos más de media hora.

Al salir de la sala, dirigíme al jefe de la guardia e hícele señas de querer hablar con él; e con esto, entró en la sala donde nos esperaba Marcos:

“Pongamos – dijo mi compañero – a estos muertos en pie. Los cinco querían encontrar esa Fuente de la Eterna Juventud que no es sino un mito. Esto lo sabemos por haber hecho muchos estudios intentando descubrir el motivo de la larga vida del capitán, mas ha descubierto el capitán mesmo, que ha vivido tantos años por haberse dado un cúmulo de extrañas circunstancias e no por beber agua alguna. Más tarde, supimos deste lugar curioso y escondido en la finca de don Diego, que prestóse a mostrárnoslo por ser maravilla de ver (asintió el jefe). Tiene este lugar mucha e muy curiosa similitud con una desas historias que hablan de fuentes con poderes, mas también tiene, según nos advirtió don Diego (y en sus precauciones lo comprobamos), el poder de hacer enfermar a la gente o matarla; a la vista… está el resultado. Sigamos los estudios por mí mesmo hechos. El capitán, e incluso los que le rodeamos, hemos sido motivo de amenazas de muerte; alguien, tal vez, quería saber el secreto. Descubrió un inspector leonés con el que nos une grande amistad (don Ernesto, dijo el jefe) una pequeña cajita escondida en un antigüo reloj del capitán; una desas cajitas GPS que iba diciendo constantemente dónde nos encontrábamos. Aquél entuerto fue deshecho. Pasado un tiempo, parecióme que allá a donde íbamos, se nos seguía. Desta forma e manera pensé habría otro GPS en nuestro coche propio, pues yendo a Sevilla en coche ajeno no se nos siguió, mas buscando en él, no lo hallé; alguien ya lo había retirado una vez visitado el lugar, o nunca lo había puesto. ¿Un delator entonces? ¿Sabéis que ni siquiera el servicio de don Diego vino con nosotros a aquel lugar e no lo conoce? ¿Creéis que alguno de los allí presentes, todos familia e niños, dijo dónde se encontraba el valle e la fuente? ¿A quién lo dijo?”.

Asustado por oír tanto dato, el jefe de la guardia, nos invitó a café, mas puso Marcos como condición no se hablase de «ciertas» cosas mientras tomábamos algún bocado.

“Muchos – dijo el guardia principal –; muchísimos son los enigmas por resolver”.

“¡Hace hoy un buen día! – comentó Marcos - ¿No lo pensáis así?”.

E luego de tomar el café le pedimos nos hubiese bien informados de cualquier novedad e mientras tanto, nosotros seguiríamos las investigaciones. Nos despedimos de don Diego e pensamos en ir a Sevilla el lunes por hacer las compras pendientes.

En Grazalema y a veinte y seis de agosto del año de dos mil e seis.

Del aviso que cambió parte de nuestra incógnita (4)

os dirigimos entonces a la tercera puerta o cajón e tiró el médico con fuerzas para sacarlo. Como en los casos anteriores, apareció la bolsa obscura en su interior e, sin esperar a ser abierta, cayó don Marcos al suelo. Fue retirado de allí por reanimarle, cuando se abrió la bolsa de repente y, esta vez, ante mí, parecióme ver un rostro que me era conocido: “Esperad, esperad, doctor – le dije – que a este le conozco; le conocía”.

“¿E le conocíais bien – preguntó el jefe – o acaso le visteis en alguna ocasión?”.

“En dos ocasiones le vi – contesté – y en las dos mostró mucho interés por mi persona e mi larga vida, pues no me parece este hombre sino el médico forense que me examinó en Madrid”.

“¿En Madrid, decís? – volvió a preguntar el jefe – ¿Acaso necesitasteis algún forense allí o sólo era amigo vuestro?”.

E pensando un poco mis palabras, contesté:

“Ni necesité forense en Madrid, ni le conocí en la calle, sino en el grande hospital que llaman de don Gregorio Marañón, pues fueme presentado por mi sobrino, don Fernando, que allí ejerce, e parecióme interesarse por mi longevidad. Al terminar el día, me llamó a casa, me hizo una visita e platicamos una pieza; mas no le conozco de otra cosa alguna”.

“Raro es esto – dijo el jefe –, que bien pudiendo ser una coincidencia más, me parece extraño ese interés por vuestra longevidad ¿No creéis?”.

“Extraña es la coincidencia sin duda – repuse – mas, ¿qué hacía este hombre aquí y bebiendo tales aguas ponzoñosas? Tal vez alguien le habló dellas”.

“¿Vuestro sobrino el doctor – preguntó el jefe – o vos mesmo?”.

Así pedí se le dijese a mi abogado (tras despertarlo) que uno de los aparecidos era el forense de Madrid e que diese su opinión.

“¿El forense que os hizo las pruebas? – preguntó casi en sueños – ¡Tal cosa no me parece de razón!”.

Del aviso que cambió parte de nuestra incógnita (3)

asamos a una gran sala, muy iluminada, de olor profundo e no muy agradable. Había en su centro una a modo de mesa de metal e otros artilugios y, en la pared frontera, veíanse bastantes puertas metálicas de no muy gran tamaño e forma cuadrada con extraños tiradores. Cinco de aquellas puertas, tenían pegados unos pequeños papeles numerados (del 1 al 5, como es natural). El médico tomó en sus manos unos papeles e dirigióse lentamente con el jefe hacia la puerta número 1, que quedaba a la altura de nuestro vientre. Ya junto a ella, haló bruscamente del tirador e abrióse como largo cajón, en cuyo interior nos pareció ver una bolsa cuyo contenido se adivinaba.

Miró Marcos con grande disimulo hacia otro lugar mientras el médico abría la bolsa obscura tirando desde su parte más baja (los pies de un cadáver) hasta la cabeza, que quedaba a nuestra altura. Abriendo la bolsa, apareció la parte superior de un hombre que estaba abierto e cosido luego en forma de V que partía desde sus hombros hasta el vientre.

“¿E decís no hay marcas de violencia? – pregunté –. Grandes y extraños cortes parécenme esos”.

“No son lo que creéis, capitán – dijo el jefe -, sino marcas de estudios que se han hecho. El doctor os lo explicará más tarde”.

E parecía aquel cuerpo casi descompuesto, más por haber tomado alguna ponzoña, que por llevar cadáver dos días; mas la desfigurada cara no me pareció conocida por más que la miraba. E mientras prestaba atención a esto, oyóse de nuevo un golpe; don Marcos volvía a estar en el suelo.

Hubo de esperar otra pieza, mas dentro de poco tiempo, volvió a entrar en la sala e parecióme le temblaban las piernas.

“Veamos el segundo – dijo el jefe –, que aunque desfigurado, podría daros alguna idea del sujeto en cuestión”.

E abriéndose el cajón con aquel sonido tan especial, apareció otro bulto envuelto en una bolsa. Abierta ésta casi de repente hacia la zona de la cabeza, pudimos observar otro cadáver aún más deteriorado e con la mesma marca en V. Un nuevo golpe, dióme la noción de una nueva caída de Marcos al suelo, mas por mucho que miraba aquellos desfigurados rasgos, no pude averiguar de quién se trataba.

Del aviso que cambió parte de nuestra incógnita (2)

n el coche de la guardia fuimos llevados con escolta hasta el hospital, entramos por una puerta trasera e, tras recorrer numerosos pasillos de olores fuertes e penetrantes, llegamos a una sala con la puerta de metal brillante. Paróse frente a ella el jefe, e nos dijo:

“Señores, este es el depósito de cadáveres. A las cinco víctimas se les ha practicado la «autopsia» (se me aclaró esto más tarde), e no hay señal en los cuerpos de violencia alguna, sino que parecen haber tomado las aguas por propia voluntad, pues tampoco hemos descubierto huellas que indiquen que alguien más hubiese allí e les obligase al suicidio. Comprendo, capitán, que aunque habréis visto cosas más desagradables que esta, lo que vais a ver no os guste mucho, pero nos sería imprescindible si pudiere averiguar quien es alguno dellos, o todos”.

E viendo yo la cara que se iba poniendo a Marcos, le pregunté al guardia jefe:

“¿Es también imprescindible entre mi abogado? No quisiera pediros le evitarais ver estas cosas, mas es posible que alguien tenga que sacarlo desta sala a orzas, que estas cosas le impresionan”.

E mirándonos a entrambos unos segundos, me dijo:

“Mucho me temo, capitán, que don Marcos debe entrar, pues si vos no reconocéis a alguno, tal vez él sí lo haga, e desto ha de dar fe”.

Y en diciendo esto, oímos un fuerte golpe e vimos el cuerpo desmayado de Marcos en el suelo.

Llevaron el cuerpo a alguna sala e, pasada una pieza, salió de allí por su propio pie (del color del mármol, mas andando). Habíanle puesto los médicos un remedio para calmar sus nervios e veíase dispuesto a colaborar en aquella desagradable labor.

Con esto, ordenó el jefe a un médico abriese la puerta, e recordé las palabras de Marinín: “Donde hay fantasmas hace mucho frío”.

Del aviso que cambió parte de nuestra incógnita (1)

uy de temprano, sonaron las chirimías del móvil de Marcos e pensó éste había puesto estas músicas a esas horas por despertarnos para algún asunto e, volviéndome hacia él, le dije:

“No es aviso para levantarnos, según recuerdo. Tomad el teléfono que alguien os llama”.

E casi en sueños, le oí hablar algunas cosas con cara de espanto, mas sólo le oía decir que si o que no, e aunque le preguntaba de qué asunto se trataba, hacíame señas con la mano por que esperase. Pasada una pieza – que se me hizo eterna - dejó el móvil en la mesa e dejó caer su cuerpo en la cama en diciendo:

“Corta e mala noticia de don Diego. A ronda debemos acudir agora mesmo, pues lo ocurrido explicación alguna tiene”.

“¡Decidme, por Dios! ¿De qué se trata? ¿Ha ocurrido algo de gravedad que allí nos requiera?”.

E quedose pensativo e miróme casi sin saber qué palabras decir:

“Han aparecido cadáveres en la mesma finca de don Diego e la guardia necesita de nuestra presencia, que levantados ya por el juez del lugar donde han sido encontrados, de algún ayuda podríamos ser; e también debéis saber, que hasta no sean aclaradas estas muertes, somos sospechosos (según la ley), mas esto no es de gran importancia”.

No pude contestar a aquellas palabras, sino que salté de la cama para prepararme e le dije se preparase con presteza mientras yo daba algunas órdenes al servicio.

Dentro de media hora, salíamos hacia Ronda sin saber qué cosa manifestar, pues ningún otro detalle teníamos sino la aparición de hasta cinco cadáveres.

Llegamos a la casa de don Diego e se nos dijo buscásemos la casa que como cuartel tiene la guardia que es llamada civil e que de los asuntos rurales se encarga desde hace ya muchos años. E yendo allí con presteza, vimos nos esperaba alguien a la entrada e, dejando el coche muy cerca, entramos allí preguntando qué cosa había acontecido.

El guardia que nos esperaba, nos llevó a un despacho e allí estaba don Diego con desconcierto hablando con un jefe; y éste mesmo, nos pidió tomásemos asiento e nos narró cómo habían aparecido hasta cinco cuerpos sin vida, muertos hacía ya hasta dos días, junto a la fuente de la alberca misteriosa que en la finca de don Diego se halla oculta:

“Alguien – dijo este hombre – hasta allí los ha llevado e, por lo que hemos averiguado, de esas aguas han bebido, pues en sus cuerpos no hemos encontrado señal alguna de tosigo, sino la que dicen los físicos tiene el agua; tampoco en ellos hay marcas de lucha ni de arma alguna. Muertes como estas no entendemos, e dice don Diego vuesas mercedes pudieran saber algo”.

“Si de algún modo podemos ayudar en aclarar este misterio – le dije – contad con nosotros. Creo sabréis ya que soy capitán de larga experiencia, mas en hablando todo lo tocante a esta fuente e a otros misterios que aclararemos, no sé si podríamos averiguar cómo hase llegado a estas muertes”.

“Vuestra vida de capitán conozco, sin duda – espetó - ; por ello quisiese yo me echaseis una mano en descubrir este caso, pues hay cosas que la guardia de agora no conoce; e también el ayuda de vuestro… abogado, don Marcos, puede sernos de utilidad”.

25 agosto, 2006

Del pudor e sus impedimentos

olvió Su Ilustrísima a entrar en el salón tras pasar discretamente por el cuarto del baño, secar su cuerpo e volver a vestir su sotana, como si la humedad de sus cabellos no le delatasen.

“Caluroso está hoy el día – espetó – mas no sé qué aires corren que ¡hasta me han abierto el apetito!”.

“Pues debéis saber, Ilustrísima – le dije al punto –, que habremos mañana judías hinchonas otra vez para el almuerzo, que Marinín quiere probarlas aunque sea pasadas en puré; e hoy habremos de almuerzo un fresco gazpacho y esas chuletillas de lechal que tanto os placen”.

“¡Dios Santo!, capitán – contestó mirando al techo –. A fe que uno destos días me haréis pecar de gula si no he pecado ya”.

E continuó luego balbuciendo: “Gazpacho, costillitas, hinchonas; Dios me perdone estos abusos”. E tomándome luego aparte, comentóme que el baño le había dado vida e apetito e que si fuese posible, todos los días se sumergiría en aquellas aguas.

“No lo dudéis – le dije – que yo he de encargarme de que podáis tomar vuestro baño, pues estando Marinín en la cama e sus amigos rodeándole os sentiréis más tranquilo”.

“Pues hasta en eso he estado meditando – contestó – que llevando esas calzonas, no me importaría compartir un baño con vuesas mercedes… aunque ya sabéis me desagrada vuestra completa desnudez”.

“Hagamos un trato pues – le propuse –. A la hora en que compartáis el baño con nosotros, todos usaremos las calzonas”.

“¡No, vive Dios!, que no quiero ser incordio a vuestra holganza”.

“¿Incordio decís? – le dije con extraño - ¿Sabéis la ilusión que esto hará a los pequeños? ¡Ay, Santo Dios, que a veces este pudor que no podemos quitar de encima, nos impide disfrutar de aquello que más nos complacería!”.

En Ronda y a veinte y cinco de agosto del año de dos mil e seis.

Del reparto de los juguetes

rometí a don Juan estar ausente durante su baño e avisar al servicio de que no saliesen al jardín; esto mesmo, aunque con otras palabras, le dije a Marcos e a los niños, e vi en los ojos de mi compañero una mirada de alegría.

Sentéme en una silla cerca de la cama (que la tenían los niños llena de juguetes de colores) e púseme a jugar con ellos. Así, les pregunté cuál era el juguete que más le gustaba a cada uno, e cada uno dellos fue eligiendo el suyo:

“Esta caja con juego de preguntas e respuestas – dijo Antonio -, aunque siempre que jugamos pierdo. Dícenle «Trivial Pursuit»”.

“No entiendo – le dije – que un juego de preguntas sea una «persecución sin importancia»; jugaremos luego e me explicaréis cómo se hace”.

“Este «robot» de colores que hace ruidos e habla – dijo Fermín – he de echar de menos cuando partáis para Sevilla, pues es mi juguete preferido”.

“Acaso haya otro igual por ahí escondido e os podáis llevar este que ya bien conocéis”.

“¿Eso creéis, capitán? – preguntó Fermín con extraño –. Nunca pude imaginar hubiese más de uno como este en esta casa”.

“E vos – me dirigí a Diego Jesús -, que muy quedo restáis, ¿no elegís ninguno?”.

“El juguete que yo quiero – dijo – paréceme nunca voy a poder tenerlo”.

“¿Qué cosa decís? – le pregunté intrigado - ¿Acaso vuestro abuelo os prohíbe tener alguna clase de juguete?”.

“No es aqueso, señor – respondió cabizbajo – sino que hay juguetes que no se pueden tener”.

“La razón que me dais – le dije gravemente – no la creo. Veamos pues. Venid conmigo al salón e me decís cuál es ese juguete si no queréis que nadie más lo sepa”.

“No, no, no – dijo a priesa –. No importa eso agora, que con esta caja de fichas de colores bien me conformaría”.

“Sea pues – comenté en alta voz – que cada uno va a quedarse con su juguete preferido desde este momento e ya le traeré yo otro a Marinín, que por tener estos e otros no habrá problemas. ¿Os parece bien lo que hago, pequeñín?”.

“Todo lo que hacéis me place, papá – contestó Marinín - ¿Por qué lo preguntáis? De otra forma debería ser, que tendría yo que pediros la venia para regalárselos a mis amigos, que tío Marcos e vos los habéis comprado, mas ya sabéis tengo un fondo a provisión”.

“Nunca más deso se hable – le dije al punto –. Dejad ese fondo para otros menesteres más importantes; nunca se sabe qué puede ocurrir ¿Lo haréis?”.

“Lo haré – respondió –. Daremos agora éstos a sus nuevos dueños, mas antes de llevárselos a sus casas, bien podríamos jugar un rato con ellos”.

“Así ha de ser – dije –; no tengáis cuidado, que hemos de disfrutarlos todos mientras estemos juntos”.

E luego, no estando los pequeños presentes, le dije a Marcos comprase uno de cada uno de los juguetes elegidos. E no supe cuál era el juguete presente que querría haber Diego Jesús.

En Grazalema y a veinte y cinco de agosto del año de dos mil e seis.

Del embeleso de Su Ilustrísima por las aguas

u Ilustrísima miraba la superficie apacible del agua de la piscina, pues estaban los chicos en la casa con Marinín, e a su lado me senté un rato e le dije:

“Raro me parece no veros en lecturas; alguna cosa habréis en la mente, e mirad que observar el agua tranquiliza”.

“Así parece – dijo – e creo que ya no pasan las golondrinas a beber en su vuelo raso. Aviso de que se nos va el estío. En esto pensaba; en que ya queda poco para que llegue septiembre e otro poco para que entremos en otoño. Mucha aventura (no muy agradable) hemos vivido en estos días, mas las que hemos gozado juntos e con los niños, me hacen olvidar los malos ratos”.

“Para el día uno – le dije - , y ya sin más dilación, quiero mudarme a Sevilla. No penéis por dejar de ver a vuestro niño, que bien sé lo echaréis en falta, pues vendremos por la sierra siempre que sus clases se lo permitan. E también estáis invitado a pasar en casa cuanto tiempo queráis, que sé tenéis mucho de sobra. Tomad un buen paquete con libros e veníos a veces por seguir educando al niño, que en eso me complazco”.

“Las obras que hacen en esta casa – comentó don Juan - no son molestas agora para Marinín ni para nosotros e no impedirán gozar del descanso destos pocos días que faltan. Luego, habrán de construir las ventanas nuevas, que según me han dicho, irán dobles por evitar tanto el calor como el frío. Cuando volváis algunos días seguidos, ya todo estará acabado. Veréis como la casa se hace confortable”.

“Creo miráis el agua añorándola – continué – e no porque nos vayamos, sino porque no os habéis sumergido en ella. Mirad que un baño es muy bueno para todo el cuerpo”.

“¿Qué decís? – preguntó casi asustado - ¿Acaso pensáis que desearía nadar en la piscina?”.

“Eso pienso, Ilustrísima – le afirmé – que no veo raro que un cura se sumerja en el agua; a diario os aseáis según me parece. Tal vez, agora que los críos rodean a Marinín en su lecho e juegan dentro, podríais aprovechar…”.

“No creo que nadie hubiese en esta casa unas calzonas de mi talla – contestó como excusa – e ¡no pensaréis voy a bañarme vergonzosamente como los hacéis todos!”.

“Erráis, mi ilustre tío; que tengo calzonas, e de colores discretos, para vos. ¡Bañaos!”.

En Grazalema y a veinte y cinco de agosto del año de dos mil e seis.

Del deseo de Marino por las hinchonas

emprano comenzó Marinín a buscar juego e temprano abriósele el apetito, que mandó llamar a María e preguntarle si algunas hinchonas habían quedado para tomarlas, pues no quería pasar este año sin catarlas. E no hacía caso a mis razones, pues decíale yo que aún debería ir tomando alimento blando. E tanto insistió, que vino María a verle en su dormitorio:

“¿Qué os pasa, chiquitín? Órdenes tengo de daros ciertas comidas mientras se os cura la enfermedad. Alguna cosa he de inventar que haga vuestras delicias”.

“No es aquesto lo que digo – contestóle – sino que se me ha advertido que las judías hinchonas no se comen sino agora e ya no se catan hasta el año venidero; e tal cosa no quiero dejar de probar”.

“Dos formas hay de remediar este entuerto que planteáis – le dijo María -. Bien pudiera yo cocinarlas, con el permiso de vuestro padre, e daros un puré hecho con ellas. Otra solución veo también, pues cocinándolas e guardándolas en el «congelador», dentro de unos días las cataríais como los demás las hemos catado”.

E oyendo estas razones tan apuntadas, le dije:

“No veo mal puedan hacerse ambas cosas, pues podría probarlas en puré mañana e congelar el resto, como decís, para que las cate enteras”.

E así preparóse, que probaría el sabor en puré e probaría días más tarde un buen plato, mas, ya que tuvo María esta idea, le dije podría cocinar más cantidad e así lo tomaríamos todos junto a él cuando eso fuese posible.

“Me habéis puesto todos la miel en los labios con estas hinchonas – dijo Marinín enfuscado - e luego esta enfermedad me la ha quitado. Espero entonces pueda solucionarse”.

“Sin duda se solucionará – dijo María -, mas tampoco temáis porque éstas se acaben, que siempre hay unos cuantos días en que se recogen e varias veces pueden comerse. Tomemos las precauciones trazadas e así estaréis más tranquilo”.

En Grazalema y a veinte y cinco de agosto del año de dos mil e seis.

24 agosto, 2006

De la tarde e los planes tras el «alta»

orrió el pequeño saltamontes a avisar a su amigo y, en poco tiempo, aparecieron ambos. Pasaron al dormitorio donde habíamos puesto a Marinín e se sentaron junto a él; e allí los dejamos a solas. E pasado un buen rato, le llevó María un zumo suave porque tomase algo y entramos Marcos, don Juan e yo. Sonreía el pequeño e se mostraba de gran contento por tener allí a sus amigos e también insistió en que no quería dormir solo, sino con Diego Jesús.

Ya en el salón, dijo don Juan apréciale mejor durmiese solo por estar aún muy reciente su operación; cosa parecida insinuó Marcos, mas, tan bien le veía yo, que no me parecía hubiese problema porque no durmiese solo, sino diciéndole a Digo Jesús hubiese cuidado de no tocarle el vientre hasta que estuviese sano.

Y con esto, dijo Su Ilustrísima lo que pensaba:

“Os precipitáis, capitán, que poca importancia tiene que duerma solo mientras se cura del todo su mal. Dejaría yo dormir al niño a solas, que yo he de acompañarle en un butacón por si necesitase alguna cosa. Dejad que su amigo duerma en el dormitorio de arriba que tampoco le va a pasar cosa alguna. Es sólo una cuestión de pocos días”.
“Mejor lo veo así – dijo Marcos – que no sabemos si en algún movimiento indeseado pudiera hacer daño el amigo a vuestro hijo. ¿A qué darle tanta importancia a esto?”.

“Mejor lo veo así – respondí – aunque sea cosa de pocos días. Quiero a Marinín sano en el plazo que se me ha dicho. En este tiempo, podría ir a Sevilla a comprar su uniforme”.

“¿A comprar su uniforme? – preguntó don Juan –. Debéis llevar al niño por que se haga las pruebas, que tal como habéis dicho es el precio, no gastaría yo un euro sin saber le quedan la ropa e los zapatos a su talle. Esperad a que se reponga. Priesa no hay”.

“Así lo creo yo – insistió Marcos – que para comprar esas ropas tan caras, mejor sería llevar al niño a Sevilla. Llamaría yo a don Diego por si esto no es problema y llevaríanse a los dos niños el mesmo día”.

En Ronda y a veinte y cuatro de agosto del año de dos mil e seis.

Del «alta» de Marinín el veinte y cuatro de agosto (y 3)

Fue preparado el dormitorio de abajo e ofrecióse don Juan a velar cada noche e a pedir en su misa diaria por su salud, mas veía yo que el pequeño no parecía enfermo, sino que teniendo algo de dolor en algún momento, tomaba una pasta pequeña e blanca con un sorbo de agua e así se le pasaba el dolor.

“¡Paracetamol! – dijo Marcos –. No es sino una medicina que le calma el dolor y es muy corriente. Vos mesmo podéis tomarla si os viene una jaqueca, que ni daña el estómago ni efecto alguno produce; sólo quita el dolor”.

Observé entonces a Diego Jesús sentado en el salón mirando al muñeco Agustín con seriedad e, sentándome a su lado, le dije:

“Sé que penáis, mas no sé el motivo, que aquí tenéis ya a vuestro amigo salvo”.

E contestó sin levantar la vista:

“Por dos cosas peno, mas no mucho, pues en durmiendo agora Marinín abajo he de dormir yo solo; e Fermín en su casa está e dice su madre que llora día e noche”.

A fe que no os entiendo – le dije – pues sabiendo está ya aquí a salvo vuestro amigo, deberíais haberle avisado. ¿No lo pensáis así?”.

“¿Me dais la venia para ir a su casa e darle la buena nueva?”.

“¡Pues claro está, criatura! – le dije - ¿Cómo os voy a prohibir tal cosa? Vuestro abuelo os hubiese dicho ya que deberíais haber ido antes a darle aviso. ¿No pensáis que debería Fermín saber esto ya? E desto de que durmáis separados, no habéis de tener cuidado. Ya veremos qué cosa podemos facer”.