03 julio, 2006

Del mensaje e la huída

apá, me prometisteis que íbamos a estar en Grazalema todo el verano. Ahora no podremos explorar aquellos sitios, ni jugar con nuestros amigos, ni nadar en aquella «piscina». Hemos dejado la casa con todo dentro. ¿Qué ropa me pondré ahora y con qué máquina jugaré e haré mis estudios?”.

“Dad gracias a Dios – respondíle – que vivos seguimos e que a vuestro lado tenéis a vuestro mejor amigo. Quizá sea cosa de poco tiempo; no sabemos si será más de un mes, pero aquí estaremos hasta que todo pase. Podréis hablar también con tío Juan e son estos nuevos teléfonos que ha comprado tío Marcos como las «conferencias», que podéis hablar y ver al que os habla. Los libros se encuentran en todas partes; también aquí los hay y habremos de comprar los que sean menester. E pensad, además, que tendréis una máquina igual que aquella para jugar y leer e estudiar. Tal vez un día tengáis que decidir cuál de las dos usar. Haced lo que os he dicho; hacedlo los dos como si fuese la orden de un capitán, que lo es. Nunca, jamás, ocurra lo que ocurra, digáis a nadie dónde estamos o quienes somos. Y esto habréis de prometerlo entrambos cada día, si es necesario. Mi vida no me importa, pero tengo a mi lado otras tres que sí. Haced lo que os digo y pensad siempre que las mismas cosas que había allí hay aquí; o tal vez encontremos alguna cosa más nueva. Así pues, como Dios nos acompaña por do quiera que vayamos, ninguna otra cosa nos falta”.

“Mas, no entiendo por qué estos cambios – dijo casi en llantos - ¿Acaso hemos hecho algo malo?”.

“No, hijo – le dije tomándolo entre mis brazos –; esto sé que no os lo merecéis, mas si tengo que decidir entre daros lo prometido o teneros vivo e a mi lado, necesito deshacer lo prometido”.

“¡Pero es que no me decís por qué! – insistió -. Al menos lo que decís no entiendo”.

“Si se recibe un mensaje anónimo que dice «sabemos donde estás tú y tu niño», lo mejor es mudar a un lugar que nadie conozca”.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario