24 julio, 2006

Del curioso examen para la escuela

ino don Diego muy de mañana a recogernos e dije a Marcos cuidase de los otros dos pequeños hasta la vuelta, que no sería larga nuestra ausencia. Así, partimos entrambos con él y, sin entrar en la ciudad, pasamos una verja y esperándonos estaba ya el director, don Julio:

“Buenos días señores. Puntual es don Diego como siempre y breve será el examen”.

“Os presento al capitán Alacaída y a su hijo Marino (hicimos un gesto de saludo) y os prometo son, como ya os he comentado, personas de bien y de mi entera confianza”.

Con esto, pasamos a su despacho e nos invitó a sentarnos diciendo al pequeño:

“Con vuestra edad, espero sepáis bien la tabla de multiplicar y hacer bien los cálculos. E de letras haremos también examen fácil. Sólo algunas cosas más; algo de inglés”.

Intervine en ese punto e manifestéle que ni en letras ni en números tenía el pequeño problemas, y a esto, me respondió don Julio:

“Si no os estorba, capitán, tal cosa debo comprobarla por mí mesmo. A ver, Marino, ¿sabéis cuál es el número más difícil de memorizar?”.

“No, señor – respondió con dulzura -, que los que sé me parecen de facilidad. Podéis hacer la prueba si ello es menester”.

E mirándonos con extraño el director, preguntó al pequeño:

“¿Sabéis cuanto son 9 por 8?”
“Setenta y dos, sin duda, que fácil me lo ponéis, señor”.

“Si me lo permitís, señor director, quisiera aclararos que este niño tiene mucha facilidad para el cálculo e vos mesmo podréis comprobarlo. Haréle yo primero una pregunta e luego hacéis cuantas os parezcan necesarias, si ello os parece adecuado”.

Dio aquel hombre su consentimiento con un leve movimiento de la cabeza e pregunté a mi pequeño:

“Veamos… ¿cuánto son 1.235 por 498?”

La cara del director mostró un gran asombro y echó hacia atrás su cuerpo oyendo la respuesta:

“Seiscientos e quince mil e treinta”.

Tomó disimuladamente don Julio algo de su cajón e comprobó la respuesta era correcta. Con esto, preguntó al niño:

“A ver, pequeño, sabríais ahora decirme a mí cuántos son 34.214 por 974?”.

E sin esperar un segundo, respondió Marino:

“Eso da como resultado treinta y tres millones y trescientos veinte y cuatro mil y cuatrocientos treinta y seis”.

Hizo la comprobación el director y dio un salto de su asiento diciendo:

“¿Qué niño me traéis aquí, don Diego, que a todos nos va a volver torpes?”.

No hizo otro examen. Pasamos a tomar café a una estancia aledaña e pudo oír allí cómo Marino hablaba correctamente e, para terminar, firmamos unos papeles que reservaban una plaza para él y, al ver la claridad de su letra escribiendo su nombre completo y trazando su rúbrica, quedó admirado:

“¡No sé qué cosa vamos a enseñar a este niño!”.

Y remató Marino:

“Don’t worry, Sir. We all have to learn something sometime”.

En Grazalema y a veinte y cuatro de julio del año de dos mil e seis.

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