05 julio, 2006

De la visita inesperada

e columpiaban los niños junto al agua cuando me pareció oír llamaban a la casa. Al poco, abrióse la puerta de la terraza y por ella entraron tres personas de agrado: don Juan, don Diego e doña Montserrat:

“¡Santo Dios!, que visita como esta no esperaba. Pasad, sentáos. He de pedir se sirva alguna cosa para tomar”.

E viendo Diego Jesús a su abuelo, dio un salto del columpio e vino corriendo e gritando hasta abrazarle por las piernas: “¡Abuelo, abuelo!”. E desta mesma forma abrazóse luego a su abuela, mas con cuidado de no hacerle daño, e le dijo la abuela:

“No tengáis cuidado, mi cielo, que los remedios del capitán han actuado y es mañana el día en que he de quitarlos. Mas ya no me duele nada. Abrazadme”.

E tomando luego al saltamontes por la cintura, tiré dél hasta pegarlo a mi asiento e le dije:

“Cosa alguna conozco que no tenga remedio, ¿lo veis? E no me refiero sólo a las dolamas de vuestra abuela, sino también a esos malos momentos que juntos hemos vivido. Contad ahora a vuestros abuelos los buenos e ya les referiré yo los no tan buenos ¿Lo prometéis?”.

“Está claro que sí, capitán – dijo muy quedo – que desde que con vos e Marinín estoy siéntome como otro e me gustaría el tiempo no pasase”.

“Dejad que el tiempo pase – le dije – mas disfrutad de lo que hacéis aquí y en este momento”.

“E luego desto, volvieron los niños a sus juegos e nos dijo don Juan cómo nos había encontrado, pues ocurriósele llamar al móvil de Cayetano, e sabiendo éste Su Ilustrísima era de mi más completa confianza, díjole dónde estábamos”.

Momentos felices como estos pocos se viven (aunque sea en larga vida) e sentíme lleno de gozo e noté la mano de Marcos tomar mi brazo, e acercándome a él, me dijo:

“Prometedme no habréis de escribir en varios días”.

“Os lo prometo”.

En Grazalema y a cinco de julio del año de dos mil e seis.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario