22 julio, 2006

De la visita de los abuelos y don Juan (2)

asamos al jardín por el ancho pasillo e, viendo los niños a los visitantes, salieron del agua corriendo hacia ellos. Noté la mirada de extraño de doña Montserrat al verlos sin ropa y, acercándome a besar a Marinín, le dije que se pusieran sus calzonas. Se acercaron a la silla donde estaban las ropas e se las pusieron, pero enseguida acudieron a abrazarlos y besarlos y se dibujaba una tierna sonrisa en la cara de don Juan, que también hubo gran recepción. Luego, les dije se pusiesen las toallas por encima por cubrirse algo más, e así lo hicieron. E fuimos hasta la parte cubierta e allí nos sentamos todos en torno a la mesa: y no cesaban los besos y los abrazos, cuando dijo doña Montserrat:

“Como esta, no he visto cosa igual, capitán, que lo mismo curáis mis dolamas que hacéis felices a cuantos os rodean. Dispuesta estaría a pagar lo que no tengo por ver estas sonrisas y este entusiasmo por muchos años”.

“Nada tenéis que pagar – repuse - sino corresponder el cariño que os tienen. Disfrutad ahora el día junto a ellos; e muchos más vendrán como este”.

“A los dos los siento como míos e no sabéis lo henchido que se torna mi corazón de gozo cuando oigo a Marinín llamarnos abuelos, que así nos consideramos nosotros, sus abuelos”.

“E otras cosas nuevas que habremos de hablar – apuntó don Diego -. Reposemos una pieza y luego hablaremos”.

Así, pedí se sirviera algo fresco para tomar y alguna copa de vino del pueblo – al que llaman «pirriaque» - acompañada de algún bocado, que no es don Juan hombre de esperar hasta el almuerzo sin tomar alguna cosa; y es la chacina deste pueblo fresca e muy sabrosa. Pasada una pieza, di permiso a los niños para volver a sus juegos, mas parecióme oír llamaban a la puerta. Al poco, entró un niño de ropas modestas e tímida mirada e volvió Marinín su cabeza al verle:

“¡Es Fermín! – dijo con gran entusiasmo – Papá, este es nuestro nuevo amigo del pueblo y me he tomado la licencia de invitarle. Perdonad hállaseme olvidado decíroslo antes”.

“Licencia tenéis para invitar a vuestra casa a quien os plazca – repuse – mas no invitéis a todo el pueblo al mesmo tiempo, que estaréis más cómodos siendo pocos que siendo muchos. Invitad unos días a unos e otros días a otros, mas ninguna licencia tenéis que pedir, que es esta vuestra casa”.

“Así lo haré – contestó – mas no temáis, que muchos más amigos no tenemos y es este mi preferido tanto como Diego”.

Y volviéndome al pequeño visitante, que quedó cabizbajo, le dije:

“Espero traigáis «bañador» y os cambiéis de seguida en ese cuarto del baño y os vayáis a jugar con Diego e Marinín. Sentíos como en vuestra casa, que lo es”.

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