entados ya al fresco en el cobertizo que da a los jardines, dirigió con prudencia unas palabras don Diego:“Ya he concertado la visita a la escuela el mesmo lunes, esta es la noticia. Mas hay algo más que decir, pues siendo mi nieto alumno de otros años, hame asegurado el director que no habrá problema en que vuestro hijo estudie y examine allí. Sólo necesita saber si su nivel le permitirá compartir las enseñanzas con unos chicos o con otros; ya sabéis a qué cosa me refiero, mas habiéndole oído manifestar ciertas cosas, bien me parece que a muchos otros va a dejar por debajo”.
“¿Cómo puedo agradeceros esto? – le dije – Es mi deseo que mi hijo estudie en la mejor escuela que se encuentre en Sevilla, y si comparte su tiempo con Diego Jesús, será además de gran contento para él”.
Echóse a reír don Diego inclinándose hacia atrás y dijo luego:
“Pagado habéis con creces este favor, aunque los favores no se pagan, pues habéis quitado los dolores que otros no han sabido a mi esposa paliar”.
E luego seguimos en pláticas mientras los niños jugaban, e vino Marinín a pedirme la venia para volver al agua.
Hubo gran despedida e trazados para el viaje a Sevilla e intención de volver a vernos como familia, joponones o jopiches, pero como grazalemeños unidos.
Así, fue el sol bajando tras la sierra – que atardece pronto en este pueblo por ello – y asoméme al jardín con Marcos a respirar el aire limpio e fresco, mas quedamos entrambos asombrados, pues mientras Diego Jesús jugaba en un rincón con alguna cosa, Fermín y Marinín yacían juntos y se besaban. Con discreción por no ser vistos, pasamos al salón y nada comentamos, pues no era necesario.
En Grazalema y a veinte y dos de julio del año de dos mil e seis.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario