staba ya la luz apagada, y nos preparábamos para dormir, cuando oí a Marcos manifestar muy quedo:“¿Nada decís de lo que hemos visto esta tarde en el jardín? Ninguna cosa tengo ni debo sobre ello manifestar, pero vos, como padre, no me manifestáis lo que habéis sentido al ver a vuestro niño tan unido a Fermín”.
“¿Acaso os molesta que mi hijo tenga amigos a los que tanto quiere? – le dije - No es esta una cosa que me quite el sueño”.
“No digo que le deis más o menos importancia – contestó -. Hijo vuestro es, mas, si no os es estorbo, me gustaría saber qué pensáis sobre ello”.
“Nadie besa a nadie por nada. Pudiera ser un juego entre ellos, pero paréceme que el tiempo y ellos mismos deberán decidir”.
“Si me permitís un consejo – dijo con timidez – hablaría yo a solas con él y le dejaría ciertas cosas claras; tal vez ande confuso y le hagáis un gran favor”.
“No es así como uso hacer estas cosas - le dije -, mas he de tener en cuenta vuestro consejo por parecerme de razón. Mañana mesmo, tomáis a Diego Jesús y lo lleváis a comprar algunos dulces; en aquesos momentos aclararé con luz meridiana tanto sus dudas como las mías; y deste consejo os quedo eternamente (¡nunca mejor dicho!) agradecido. Y si como yo pensáis que un beso entre hombres es como cumplido en agradecimiento, dejad ahora os regale un ósculo”.
En Grazalema y a veinte y tres de julio del año de dos mil e seis.


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