legada la hora del final del baño, acercóse Marcos a ellos e les dijo saliesen del agua, y entrególe una toalla a Antonio porque se fuese secando e secó mientras tanto a los niños. E luego desto, les dijo pusiesen las toallas sobre la hierba e se untasen un ungüento para protegerse del sol. Así, le pidió a Antonio untase los cuerpos de los pequeños y luego se puso él la crema sobre el suyo, e tendidos sobre las toallas comentaban sus cosas.“¿No os da envidia de ver cuán frescos deben estar? – preguntó Marino - ¡Os desafío a tomar un baño!”.
“¿Acaso creéis que no sé nadar? – le dije – Os aconsejo no me desafiéis a nada”.
E púsose Marcos a quitarse la camisa, y así, levantéme de mi asiento e me quité la mía. E habiéndonos quitado toda la ropa, corrimos hacia el agua e saltamos dentro della.
“No, no, no – dije al salir del baño -. No me obliguéis a usar esos ungüentos, que no he de tenderme al sol e la hora del almuerzo se acerca. Así pues, fuimos a tomar unas toallas para secarnos cuando sonó la campanilla para la comida, e levantáronse los niños a toda priesa para entrar a la casa, e les dije:
“¡Alto criaturas! ¿Dónde van vuesas mercedes? Que a ninguna mesa se sienta un hombre sin cubrir su pecho e sin ordenar su cabellera o cubierto”.
E llamando a Antonio, pedíle les acompañase al dormitorio e pusiese sus pelos en orden (aunque estas cabelleras de agora poco orden llevan), cubriesen sus pechos con las camisas e se pusieran los calzones. E a él mesmo le pedí hiciese tal cosa antes de sentarse a la mesa. Así hicimos Marcos e yo, que nos pusimos las camisas e los calzones e ordenamos nuestros pelos en el cuarto pequeño de aseo”.
Por primera vez, pedí a Marcos presidiese la mesa, e quedó el invitado a su diestra con los pequeños e yo frente a ellos.
Bendijo los alimentos como ya había costumbre e vi que el joven acostumbrado también estaba; e se sirvió lo que aquí llaman «cascote», que es mezcla exquisita de alubias, garbanzos, habichuelillas verdes, arroz, patata e todo el condimento que le da sabor. Mas vi yo que Antonio comía de espacio e mirábame a veces, e con esto, le dije:
“¿Acaso no os gusta este guiso? Pues cualquiera otra cosa que pidáis se os servirá”.
“No es aquesto, señor – dijo -, que no son sino las habichuelillas las que no me gustan. Si me dierais permiso para retirarlas…”.
“No ha de ser así – contestéle, e llamé a María-. Retirad del plato de Antonio las habichuelillas verdes, que no son de su agrado”.
“¿Qué cosa decís, capitán? – dijo el joven –. Yo mesmo puedo retirarlas”.
“Lo sé – respondíle –, que tonto no os creo; mas en esta casa se sirve el plato a gusto de quien lo va a comer, e así María, apartará esas habichuelillas para otros menesteres”.
E ningún otro comensal hizo gesto o dijo palabra alguna, respetando así el gusto del invitado.
En Ronda y a seis del julio del año de dos mil e seis.


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