06 julio, 2006

De la nueva amistad que encontramos en el pueblo (1)

l lado de la puerta estaba cuando alguien llamó, e siendo temprano, me adelanté al servicio e abrí yo mesmo. Ante mis ojos apareció un joven de aspecto tímido e hízome una reverencia e dijo traía el pan para el día; y en oyendo estas palabras, le dije:

“Tal cosa no debéis hacer, que bien saben los criados dónde está la panadería y ellos mesmos irán a recoger el pan e a pagarlo”.

“No es eso, capitán – repuso –, sino que quería yo mesmo venir este primer día por conoceros, que háblase mucho de vuesa merced aquí e no os conocía”.

“¿E cómo sabéis soy yo el capitán e no otro huésped de esta casa?; mi uniforme no llevo puesto”.

“Tanto se os nombra, señor, que ya me parecía conoceros. No tengáis cuidado que no quiero causaros fatiga. Tomad el pan, que ha de pagarse el lunes el de toda la semana”.

E no creyendo lo que oía, le dije:

“¿Cuál es vuestro nombre, joven? No es molestia que traigáis el pan para mí, sino que bien puede hacerlo nuestro servicio e ahorraros el subir esta calle”.

“Antonio me llamo, señor – respondió con timidez – e habiéndoos conoscido, ya no me importa se recoja el pan en la tahona o subirlo. Perdonad mi intromisión e tened buen día”.

E pensando las palabras oídas, le dije:

“¿Acaso pensáis que me es molestia vuestra visita? Nada desto he de permitir, sino que he de invitaros a nuestra casa cuando podáis venir. Decidme, ¿qué os parece?”.

“El pan reparto en muchas casas desde muy temprano hasta las doce. Luego, tengo ya todo el día libre. Decidid vos cuándo puedo venir”.

“¡A las doce! – contestéle - ¿o es que es menester esperar a otro día para que vengáis? Así conoceréis a mi hijo Marino, que es algo menor que vos, e a su amigo Diego Jesús, que ha su misma edad e a mi compañero inseparable, don Marcos. E quedáis advertido de que en esta casa hay «piscina» e los niños estarán en el agua. Traed pues, si lo deseáis, vuestra ropa de baño (que más que ropa de baño parécenme calzones de colores) e avisad en casa que no iréis a comer, pues invitado estáis”.

“¿En serio decís esto? – preguntó – ¡No soy más que un repartidor de pan!”.

“E no soy yo más que un capitán – contesté –. Venid, que será gran contento para los niños jugar con vos”.

E así, se fue el chico mirando atrás de tanto en tanto, hasta que, al cabo, cerré la puerta.

Avisé a los pequeños de la visita que tendrían a medio día para jugar e fue muy de su agrado. E llegadas las once y media, quitó Marcos toda la ropa a los niños para el baño e las puso sobre una silla. Así, los pequeños comenzaron a dar saltos e a nadar. Poco después, llamaron a la casa y al punto apareció Antonio azorado e saludóme, e viendo los niños que ese sería su nuevo amigo, salieron del agua e vinieron a saludarle. Quedóse Antonio algo rezagado al ver que mis pequeños no llevaban ropa alguna, mas observando yo esto, le dije se quitase la ropa en el pequeño cuarto de aseo si traía su «bañador»; e quedó inmóvil e dijo:

“Sí, señor, bajo la ropa lo traigo. Decidme dónde está el aseo y me cambiaré”.

Volvió al cabo con estas calzonas de colores e acercóse a las aguas, e saliendo los niños déllas, tiraron de sus prendas hasta el suelo. El joven, sin saber qué cosa hacer, me miró quedo, e con un gesto de la mano le dije: “¡Adelante!”.

Eran tantas las risas e los gritos de los tres, que tuvo que ir Marcos a darles aviso de que respetasen el sosiego de los vecinos.

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