01 julio, 2006

De la mudanza a Grazalema (y 2)

egado a la fachada de la casa púsose el coche con la carga, que de otra forma no pasaban otros carruajes, e así, fue Marcos diciendo a qué sitio iba cada cosa, que ya le dije yo antes dónde se hallaban las estancias del servicio, la cocina e los salones (en la planta baja) e los dormitorios e servicios (en la planta alta).

“Más arriba – le dije –, y subiendo por esa escalerilla, encontraréis una rústica puerta que da a la troje, que es el nombre que dásele aquí a la buhardilla, pues para el grano e otras sabrosas viandas se usaba: quesos, jamones... Es ahora dormitorio para invitados donde dormirá – el Señor me perdone – Su Ilustrísima”.

E luego desto, e viendo que los niños eran estorbo para poner cada cosa en su sitio, les di una bolsa e les dije:

“No es ésta bolsa de las que luego se tiran e no tienen valor, sino que úsase para recolectar plantas. Subid por la senda que a la espalda de la casa queda, atravesad con cuidado la carretera e subid al monte. Ya sabéis que hay plantas que son llamativas por sus flores e peligrosas por lo que hacen. Tomad cuantas plantas veáis pueden ser útiles e volved dentro de una hora. No nos hagáis esperar, que el almuerzo estará presto”.

Y esto hicieron los niños, trayendo consigo orégano, tomillo, poco romero, alguna lavanda (o alhucema), poleo, endrino e incluso juncia. Así les dije:

“Buena labor habéis hecho, que todas estas plantas son útiles. E ha sido diversión según creo ver en vuestras caras, mas también servirá todo para algún remedio. E así, aprenderéis lo que cada de una de ellas hace”.
Sirvióse el almuerzo en el pequeño comedor e fuimos todos a descansar una pieza, y estando en el dormitorio con Marcos, oí una conversación de los niños. Con esto, lleguéme hasta su alcoba e golpeé a la puerta, e oí decir a Marino que entrase. Y abriendo la puerta, les dije:

“Avisados estáis de que aquí se oye todo. Y ciertas cosas he oído. No me molesta lo dicho, sino que vengo a avisar que se os oye”.

E quedaron entrambos quedos e me miraban con temor. E así les dije:

“En la misma plaza hay otra casa que me pertenece. Allí hemos de mudarnos e pediré a Marcos arregle este problema, que ni yo quiero oír lo que decís, ni que oigáis lo que decimos. Mañana mesmo ha de solucionarse este problema”.

E a media voz, me preguntó Marino:

“¿Habéis oído lo que hemos hablado ahora?”.

“Tal cosa no tiene importancia – les dije –. Descansad un rato e luego hablaremos”.

E llegando la noche e la hora de dormir, hablaban los niños en voz muy baja y, entrándome en su dormitorio, les dije:

“¿Habéis ya las oraciones hecho? Bien me parece. E ahora he de deciros yo una cosa e luego dormiréis, que mañana ha de ser día de juego e holganza”.

Así, tapándolos bien con el embozo, les dije:

En el Cielo hay un castillo
Pintado con pinturita
Que lo pintó Dios del Cielo
Para la Virgen María.
En medio de aquel castillo
Hay una rosa florida
Con un niñito en los brazos
Que a ésta le decía
Madre ¿por qué llora usted?
Lloro por los pecadores
Que mueren todos los días
Porque el infierno está lleno
E la Gloria está vacía.

E me besaron ambos e, abrazados, se echaron a dormir.

En Grazalema y a uno de julio del año de dos mil e seis.

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