legaron dos jóvenes fuertes por la mañana e fueron pasando las cajas e maletas a un gran coche para carga. Dedicóse Marcos a decirles qué cosas poner para llevar mientras yo aseaba a los pequeños y estaban éstos un poco nerviosos por el traslado e no dejaban de reír e hacer bromas. Así, les dije mientras los enjabonaba:“Oídme bien e con atención que vamos a una casa un poco más vieja que esta y el baño también es más viejo; e las camas. Especial cuidado habréis de tener con el baño, que uno no puede moverse dentro sin haber gran cuidado, pues resbala; e no quiero caídas o brazos rotos. E habéis de saber también que, cuando ordené se arreglase un poco (hace unos treinta años), hubieron de quitar muchas paredes e poner otras nuevas, y son estas paredes finas como el papel e todo lo que se habla en la casa se oye. Así pues, no habréis de hacer ruido a las horas de descanso y estas risas que os traen agora debéis medirlas”.
E mirándome con cara de pícaro, preguntó el saltamontes:
“¿E otras todas las cosas se oyen?”.
E sin dar importancia a lo oído, le dije:
“Cerrad los ojos que os enjuagaré el pelo e poneos luego en pie para quitar el resto del jabón. Luego, ahí tenéis las toallas. Secaros vosotros mesmos que habréis de ir aprendiendo”.
Púseles luego las ropas (que en esto exigen como mayores) e bajamos a tomar el desayuno. Poco después, llegó don Juan de la misa y, entrando al comedor, dijo:
“La misa matutina de ocho se dice en la Iglesia de Santa María de la Encarnación, en la parte baja pueblo. Deberéis pues asistir a la de las ocho de la tarde, que se dice en la Iglesia de San José, que a media altura del pueblo queda. En llegando yo el viernes próximo, pediré al párroco me deje decir la matutina en la primera citada, que para subir tanta cuesta no están mis piernas ni con los remedios puestos; ¡e vive Dios que en ese pueblo todas las calles son cuesta arriba!”.
Sentóse con nosotros una pieza hasta la despedida e dio un consejo tras otro, de tal forma, que más parecía estar leyendo un libro de normas que otra cosa. E terminadas las instrucciones, dijo Marinín:
“¿Se puede en ese pueblo jugar en la plaza o hay que salirse al campo?”.


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