íamos el cantar de los pájaros y el murmullo de las aguas que caían a la alberca, cuando parecióme oír una voz que me llamaba como penando. Apareció entonces Cayetano con mi niño, que en «pijama» venía llorando:“Papá, papá – decía –, ¿dónde os metéis que no os encontraba?”.
“En la nueva casa de Grazalema estáis – le dije – e aquí estoy con vos, como siempre; e aquí está tío Marcos. Subiremos agora al baño e a vestiros para el desayuno y luego veremos dónde está cada cosa en esta casa”.
E mirando a los jardines con asombro, dijo asustado:
“¡Eso es una piscina! ¿Puede usarse?”.
“Esta casa - le dije – puedo usar durante un mes, que arrendada la tengo; y esta «piscina» es parte de la casa. Así podréis usarla cuanto os apetezca”.
“¿Puedo decir esto a Diego Jesús? – preguntó –. Cuando sepa que tenemos una para nosotros en casa, saltará de la cama”.
“Eso creo – apunté – mas no hemos de saltarnos las normas. Vayamos primero al baño, desayunemos luego e, pasadas dos horas de guardar la digestión, podréis nadar tanto como queráis. Desde el medio día hasta el almuerzo. E ya por la tarde haremos otros trazados, que a las ocho hay que ir a la misa en la iglesia de San José”.
E mirándome con grande ilusión, tomóme por el brazo e dióme un beso, e dando luego la vuelta a los asientos, besó a Marcos e dijo:
“Voy a decir a Diego Jesús que esta casa tiene sorpresas, que si le digo que habemos piscina sólo para ambos, saltará de cama en cama y de silla en silla. ¿Me dais ahora la venia para volver al dormitorio?”.
“Así sea, y esperad unos minutos que he de subir a asearos e vestiros, que vuestras ropas nuevas ya están aquí”.
“Jo, papá – concluyó antes de marchar –. Habéis cumplido vuestra promesa, e con creces”.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario