25 julio, 2006

De la compra de la nueva casa

cudimos esta mañana a la misa matutina en la iglesia de San José pues celebrábase un acto por el apóstol Santiago y, tomado el desayuno, pasamos al jardín e allí jugamos una pieza con los niños; e poco después aparecieron Ildefonso y don Juan e hubo otra gran fiesta e alegría; e como la mañana parecía distinta a las otras vividas, apareció también Fermín e se sirvió otro desayuno e dél dimos todos buen cumplimiento. E como cuando aparece una visita, aparecen dos (o tres o cuatro), apareció Cayetano anunciando la visita de un hombre del pueblo al que llaman «lamparuche» e que tiene comercios en la villa.

Recibílo aparte, en el salón, e díjome estar interesado por la compra de las dos casas que tengo en la parte más baja y más cercana a la plaza. Así le dije, que la casa que en la parte frontal de la plaza se halla es de poca fachada y mucho fondo e que la casa que se halla en la Calle de las Piedras estaba siendo reconstruida con el material moderno e no sería habitable hasta mediados de agosto. También quise supiese no tenía pensamiento de venderlas, pero hizo aquel hombre una oferta, pues me cambiaba la casa que ocupábamos por las otras dos en el estado actual a cambio de abonarle una no muy grande diferencia, e viendo yo que esta casa es tan del agrado de Marcos e los niños (e bastante más grande), le dije cerrase el trato con Marcos.

Con esto, avisé a mi compañero e le presenté al tal «lamparuche» e le comenté lo hablado; e vi la alegría de Marcos asomarse a su rostro. Y en viendo esto, pasé otra vez al jardín, a la zona cubierta, donde el juego e las fiestas eran muchas e dije estas palabras:

“Sabiendo como sé que esta casa es del agrado de todos, he decido que he de quedármela para siempre e para disfrute de los aquí presentes”.

Hubo grande contento entre todos e vino a hablar primero Su Ilustrísima:

“Necesario será entonces traer los «trastos de matar» e dedicar esta casa a Dios Nuestro Señor, que la ha puesto en nuestro camino e nos ha dado grande disfrute della”.

“Unas calzonas – dijo Diego Jesús – debería traer Su Ilustrísima, sumergirse en las aguas e bendecirlas como los otros lugares”.

E acercábase el medio día cuando apareció otro más; Antonio había ya terminado su labor de reparto.

Con esto, hice algunos trazados para restar en Grazalema hasta el día quince de agosto, día de Nuestra Señora de la Asunción, si cosa alguna lo impidiere.

En Grazalema y a veinte y cinco de julio del año de dos mil e seis.

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