orrí al dormitorio y, entrando con sumo cuidado por no despertar a los niños, abrí el armario ropero e tomé la caja donde iba el reloj que me regalara Su Alteza e volví al salón, y oí al inspector entonces decir:“¡Ah, ya veo que algunos metros al sur se ha movido! Por buen camino me parece vamos. Agora, ponedlo como os he dicho en una bolsa e subid por la calle […] hasta donde se encuentra la iglesia. Seguiremos hablando por teléfono pero sin «altavoz»”.
E así nos movíamos por la calle iba el inspector diciéndonos qué hacíamos. E dijo nos detuviésemos, e no yendo cubiertos, el agua de la lluvia comenzaba a mojar nuestros pelos e nuestra ropa. Poco después, continuamos la marcha hasta la iglesia e bajo el arco nos guarnecimos. Y según las órdenes que le daba el inspector a Marcos, volvimos luego calle abajo e a más velocidad hasta la casa. Y ya estando en ella, volví a oír la voz del inspector:
“Bien me parece que está localizado el «chivato» que va por ahí diciendo dónde estáis”.
E Marcos e yo nos mirábamos perplejos.
“Como bien sé que don Marcos anda más bien puesto en estos menesteres, le pido abra la caja del tal reloj e busque dentro alguna parte que no parezca tener (precisamente) quinientos años”.
“¡Inspector! – dijo Marcos – ¡Me estáis pidiendo que abra una joya de valor incalculable!”.
“No tengáis cuidado – contestó este con calma – que ya ha sido abierta antes e no con muy buenas intenciones”.
Tomó Marcos el reloj en sus manos sobre la mesa e quitó los ajustes que a sus espaldas quedan. Luego, removiendo con cuidado la tapa, la puso sobre la mesa y, pegado a ésta, había una pequeña caja que no parecía tener quinientos años.
“¿Habéis abierto ya el reloj? – dijo el inspector -. ¡Vive Dios, que se nos va el tiempo!”.
“Inspector – dijo a media voz don Marcos -. El tal aparato «GPS» que decíais dentro del reloj se encuentra y pegado a su tapa trasera”.
“No toquéis cosa alguna. Dejad ahora la tapa exactamente en el mismo lugar donde estaba el reloj completo, despertad a los niños e salid en el coche hacia […], que allí nos encontraremos”.
“¿Qué cosa decís? – gritó Marcos – ¿Cómo vamos a despertar a los niños a las dos de la mañana y lloviendo y entrar en la carretera y dejar aquí la tapa de esta joya?”.
“Dos opciones tenéis, que bien merece (creo yo) despertar a dos niños a tan mala hora, mojarse, hacer un viaje e perder la tapa de una joya, que perder la vida de cuatro seres vivos”.
“Inspector – le dije – No tengáis cuidado, que lo que decís haremos. Dejaré la tapa donde estaba la caja del reloj e saldremos a priesa”.
“¡Huid! – gritó –, poco queda ya para el amanecer”.
E dejó de oírse su voz.


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