iraba Marcos por la ventana la lluvia muy tarde, que no ha venido este verano muy seco, cuando sonaron las chirimías de mi móvil, e volviéndose con presteza, miróme asustado e hizo gesto con las manos de no hacer nada. Vino hasta donde estaba yo sentado e miró alguna cosa, e luego desto, contestó al aviso con prudencia oyendo una voz que le era conocida:“¡Hola, don Marcos! Pensaba contestaría la llamada el capitán”.
“¡Inspector! – dijo Marcos - ¿Cómo habéis dado con este número?”.
“Aunque lo pongáis a nombre de otra persona con él daré – le dijo -, que métodos apropiados para ello tenemos; más precisos de lo que pensáis. E no es ese el problema, sino que los buitres también los tienen, pues entre nosotros andan entremezclados e también los usan”.
La cara de Marcos se trocó de alabastro, e luego, sin decir más palabras, dióme el móvil:
“¡Capitán, de saludaros me alegro! Esto es señal de que estáis con vida. Peligráis vos e compaña así os escondáis en una cueva”.
“A fe, inspector – le dije – que no sabía que estos artilugios a tanto llegaran, que más me parece esto cosa de brujería que cualquiera otra”.
“Pues agora – continuó –, si no es mucha fatiga, decidle a Marcos «active el altavoz del teléfono»”.
E no entendiendo qué cosa decía, con las mismas palabras se lo dije a Marcos. Y dándole éste a un botón, se oía la voz del inspector sin pegar el estuche a la oreja. Desta forma, podíamos hablar entrambos e oírle al mesmo tiempo.
“¡Ay, capitán, que os han engañado! E no es porque desconozcáis estos inventos diabólicos, sino porque hay gente muy lista. Y esa gente lista, los buitres, ponen cosas donde no se deben poner. Y esas cosas (y a don Marcos me dirijo) se llaman «GPS». Imaginad, capitán, que lleváis algo siempre encima y que va diciéndole a los buitres dónde os encontráis. El mesmo sistema he usado yo descubriendo que no se movía de la casa de Ronda hasta el primero de este mes, que se ha movido a Grazalema”.
“¡Por Dios, inspector – dijo Marcos muy enojado – no deis más rodeos e decid qué cosa pasa”.
“No se preocupen vuesas mercedes que todo hemos de aclarar. Quisiera saber agora, si ello es posible, de quién habéis recibido un regalo últimamente, de un año a esta parte, e que llevéis casi siempre encima”.
Restamos quedos entrambos pensando e no comprendíamos aquello, e dijo entonces el inspector:
“¿Os han regalado acaso algún artilugio que llevéis con vos a cualquier lado que valláis? Alguna cosa no muy pequeña… pensad”.
“¡El reloj! – dijo Marcos - ¿Adónde habéis dejado el reloj que os regaló… (no quiso decir el nombre) en casa de don Fernando?”
“Conmigo viene, que no es de razón dejar ciertas cosas olvidadas cuando son de importancia”.
“¿Un reloj? – preguntó el inspector - ¿Y es éste grande?”.
“No es un reloj que se lleve de pulsera, sino de torre, mas tiene una historia y una vida demasiado larga; de unos quinientos años”.
“Buen lugar para esconder lo que busco. ¡Haced de inmediato lo que os diga e no apagad el teléfono!”.
Respiramos con mucha profundidad e nos miramos asustados ¿El reloj de S.A.R. don Felipe?
“Poned agora ese reloj en una bolsa e llevadlo a buen recaudo – continuó el inspector – e haced lo que os diga”.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario