25 julio, 2006

De la compra de la nueva casa

cudimos esta mañana a la misa matutina en la iglesia de San José pues celebrábase un acto por el apóstol Santiago y, tomado el desayuno, pasamos al jardín e allí jugamos una pieza con los niños; e poco después aparecieron Ildefonso y don Juan e hubo otra gran fiesta e alegría; e como la mañana parecía distinta a las otras vividas, apareció también Fermín e se sirvió otro desayuno e dél dimos todos buen cumplimiento. E como cuando aparece una visita, aparecen dos (o tres o cuatro), apareció Cayetano anunciando la visita de un hombre del pueblo al que llaman «lamparuche» e que tiene comercios en la villa.

Recibílo aparte, en el salón, e díjome estar interesado por la compra de las dos casas que tengo en la parte más baja y más cercana a la plaza. Así le dije, que la casa que en la parte frontal de la plaza se halla es de poca fachada y mucho fondo e que la casa que se halla en la Calle de las Piedras estaba siendo reconstruida con el material moderno e no sería habitable hasta mediados de agosto. También quise supiese no tenía pensamiento de venderlas, pero hizo aquel hombre una oferta, pues me cambiaba la casa que ocupábamos por las otras dos en el estado actual a cambio de abonarle una no muy grande diferencia, e viendo yo que esta casa es tan del agrado de Marcos e los niños (e bastante más grande), le dije cerrase el trato con Marcos.

Con esto, avisé a mi compañero e le presenté al tal «lamparuche» e le comenté lo hablado; e vi la alegría de Marcos asomarse a su rostro. Y en viendo esto, pasé otra vez al jardín, a la zona cubierta, donde el juego e las fiestas eran muchas e dije estas palabras:

“Sabiendo como sé que esta casa es del agrado de todos, he decido que he de quedármela para siempre e para disfrute de los aquí presentes”.

Hubo grande contento entre todos e vino a hablar primero Su Ilustrísima:

“Necesario será entonces traer los «trastos de matar» e dedicar esta casa a Dios Nuestro Señor, que la ha puesto en nuestro camino e nos ha dado grande disfrute della”.

“Unas calzonas – dijo Diego Jesús – debería traer Su Ilustrísima, sumergirse en las aguas e bendecirlas como los otros lugares”.

E acercábase el medio día cuando apareció otro más; Antonio había ya terminado su labor de reparto.

Con esto, hice algunos trazados para restar en Grazalema hasta el día quince de agosto, día de Nuestra Señora de la Asunción, si cosa alguna lo impidiere.

En Grazalema y a veinte y cinco de julio del año de dos mil e seis.

24 julio, 2006

Del curioso examen para la escuela

ino don Diego muy de mañana a recogernos e dije a Marcos cuidase de los otros dos pequeños hasta la vuelta, que no sería larga nuestra ausencia. Así, partimos entrambos con él y, sin entrar en la ciudad, pasamos una verja y esperándonos estaba ya el director, don Julio:

“Buenos días señores. Puntual es don Diego como siempre y breve será el examen”.

“Os presento al capitán Alacaída y a su hijo Marino (hicimos un gesto de saludo) y os prometo son, como ya os he comentado, personas de bien y de mi entera confianza”.

Con esto, pasamos a su despacho e nos invitó a sentarnos diciendo al pequeño:

“Con vuestra edad, espero sepáis bien la tabla de multiplicar y hacer bien los cálculos. E de letras haremos también examen fácil. Sólo algunas cosas más; algo de inglés”.

Intervine en ese punto e manifestéle que ni en letras ni en números tenía el pequeño problemas, y a esto, me respondió don Julio:

“Si no os estorba, capitán, tal cosa debo comprobarla por mí mesmo. A ver, Marino, ¿sabéis cuál es el número más difícil de memorizar?”.

“No, señor – respondió con dulzura -, que los que sé me parecen de facilidad. Podéis hacer la prueba si ello es menester”.

E mirándonos con extraño el director, preguntó al pequeño:

“¿Sabéis cuanto son 9 por 8?”
“Setenta y dos, sin duda, que fácil me lo ponéis, señor”.

“Si me lo permitís, señor director, quisiera aclararos que este niño tiene mucha facilidad para el cálculo e vos mesmo podréis comprobarlo. Haréle yo primero una pregunta e luego hacéis cuantas os parezcan necesarias, si ello os parece adecuado”.

Dio aquel hombre su consentimiento con un leve movimiento de la cabeza e pregunté a mi pequeño:

“Veamos… ¿cuánto son 1.235 por 498?”

La cara del director mostró un gran asombro y echó hacia atrás su cuerpo oyendo la respuesta:

“Seiscientos e quince mil e treinta”.

Tomó disimuladamente don Julio algo de su cajón e comprobó la respuesta era correcta. Con esto, preguntó al niño:

“A ver, pequeño, sabríais ahora decirme a mí cuántos son 34.214 por 974?”.

E sin esperar un segundo, respondió Marino:

“Eso da como resultado treinta y tres millones y trescientos veinte y cuatro mil y cuatrocientos treinta y seis”.

Hizo la comprobación el director y dio un salto de su asiento diciendo:

“¿Qué niño me traéis aquí, don Diego, que a todos nos va a volver torpes?”.

No hizo otro examen. Pasamos a tomar café a una estancia aledaña e pudo oír allí cómo Marino hablaba correctamente e, para terminar, firmamos unos papeles que reservaban una plaza para él y, al ver la claridad de su letra escribiendo su nombre completo y trazando su rúbrica, quedó admirado:

“¡No sé qué cosa vamos a enseñar a este niño!”.

Y remató Marino:

“Don’t worry, Sir. We all have to learn something sometime”.

En Grazalema y a veinte y cuatro de julio del año de dos mil e seis.

23 julio, 2006

De una conversación entre adultos

ras saludar al párroco, salimos de la iglesia de Santa María e dijo Marcos llevaría a Diego Jesús a comprar algunos dulces e que siguiésemos nosotros calle arriba hasta la casa. Era lo trazado; Marinín y yo nos quedamos solos, e así le dije:

“¿Habéis dicho a Fermín que vaya hoy a casa? Supongo os gustaría la chacina que compramos ayer a su madre. Quiero decírselo yo memo, que es gustosa y al estilo grazalemeño”.

“Es tímido, papá – contestó – y vendrá un rato a jugar con nosotros, mas cree que no debería abusar de nuestra amabilidad y debería ir a comer a su casa”.

“Si esto hace por no dejar a su madre sola – le dije – no me parece mal, mas, si piensa es estorbo para nosotros, decidle que no lo es… a no ser que a vos os estorbe”.

“No, papá – dijo con asombro - ¿Cómo podéis pensar que a mí me moleste? Su mamá siempre está con sus tías; nunca se queda sola. Es mi mejor amigo”.

Y aprovechando esta frase, entré de lleno en el tema que quería tratar:

“Sin duda me lo parece, que a no a todos los amigos se les besa como lo hicisteis ayer al atardecer en el jardín”.

E noté agachaba la cabeza como azorado y, tomándole por la barbilla e mirándole a los ojos, le dije con dulzura:

“¿Qué os pasa? ¿Pensáis acaso que esto me molesta o que voy a reprimiros? Escuchad con atención. Sois muy jóvenes, no sé si tenéis claras ciertas cosas. Cuando un hombre, mayor o pequeño, besa a otro hombre no lo hace por nada. Tal vez vos lo hacéis como un juego”.

“No es aqueso – respondió más tranquilo – Es para mí Fermín algo más que un amigo; e igual le pasa a él conmigo. ¿Es acaso pecado esto que hacemos?”.

Y para dejar todo bien claro, di estas explicaciones:

“Cristiano sois y dice la Iglesia que tal tipo de relaciones entre humanos sólo debe existir dentro del matrimonio, es decir, entre hombre e mujer casados. Mas paréceme que la naturaleza va a veces por otro lado. Si lo hacéis como un juego placentero, no veo mal, pues en agosto partiremos para Sevilla y en septiembre comenzaréis vuestros estudios. Si en verdad lo amáis, todo es algo más complicado, pues no vais a poder estar juntos mucho más tiempo y os echaréis de menos”.

“Tal como lo decís – apuntó – en pecado estamos según la Iglesia, mas veo lo tomáis como algo natural”.

“Natural es, hijo – le dije -, mas pienso yo que esas relaciones son íntimas y como tal, han de hacerse no estando a la vista de los demás, que cuanto mejor os conozcan, peores enemigos vuestros serán. En cuanto a la separación, Dios dirá si lo que decís es amor tan fuerte que aguante distancia. Sed feliz, mas no haced daño alguno a nadie sino en vuestra propia defensa”.

En Grazalema y a veinte y tres de julio del año de dos mil e seis.

De la preocupación de Marcos por Marino

staba ya la luz apagada, y nos preparábamos para dormir, cuando oí a Marcos manifestar muy quedo:

“¿Nada decís de lo que hemos visto esta tarde en el jardín? Ninguna cosa tengo ni debo sobre ello manifestar, pero vos, como padre, no me manifestáis lo que habéis sentido al ver a vuestro niño tan unido a Fermín”.

“¿Acaso os molesta que mi hijo tenga amigos a los que tanto quiere? – le dije - No es esta una cosa que me quite el sueño”.

“No digo que le deis más o menos importancia – contestó -. Hijo vuestro es, mas, si no os es estorbo, me gustaría saber qué pensáis sobre ello”.

“Nadie besa a nadie por nada. Pudiera ser un juego entre ellos, pero paréceme que el tiempo y ellos mismos deberán decidir”.

“Si me permitís un consejo – dijo con timidez – hablaría yo a solas con él y le dejaría ciertas cosas claras; tal vez ande confuso y le hagáis un gran favor”.

“No es así como uso hacer estas cosas - le dije -, mas he de tener en cuenta vuestro consejo por parecerme de razón. Mañana mesmo, tomáis a Diego Jesús y lo lleváis a comprar algunos dulces; en aquesos momentos aclararé con luz meridiana tanto sus dudas como las mías; y deste consejo os quedo eternamente (¡nunca mejor dicho!) agradecido. Y si como yo pensáis que un beso entre hombres es como cumplido en agradecimiento, dejad ahora os regale un ósculo”.

En Grazalema y a veinte y tres de julio del año de dos mil e seis.

22 julio, 2006

De la visita de los abuelos y don Juan (y 4)

entados ya al fresco en el cobertizo que da a los jardines, dirigió con prudencia unas palabras don Diego:

“Ya he concertado la visita a la escuela el mesmo lunes, esta es la noticia. Mas hay algo más que decir, pues siendo mi nieto alumno de otros años, hame asegurado el director que no habrá problema en que vuestro hijo estudie y examine allí. Sólo necesita saber si su nivel le permitirá compartir las enseñanzas con unos chicos o con otros; ya sabéis a qué cosa me refiero, mas habiéndole oído manifestar ciertas cosas, bien me parece que a muchos otros va a dejar por debajo”.

“¿Cómo puedo agradeceros esto? – le dije – Es mi deseo que mi hijo estudie en la mejor escuela que se encuentre en Sevilla, y si comparte su tiempo con Diego Jesús, será además de gran contento para él”.

Echóse a reír don Diego inclinándose hacia atrás y dijo luego:

“Pagado habéis con creces este favor, aunque los favores no se pagan, pues habéis quitado los dolores que otros no han sabido a mi esposa paliar”.

E luego seguimos en pláticas mientras los niños jugaban, e vino Marinín a pedirme la venia para volver al agua.
Hubo gran despedida e trazados para el viaje a Sevilla e intención de volver a vernos como familia, joponones o jopiches, pero como grazalemeños unidos.

Así, fue el sol bajando tras la sierra – que atardece pronto en este pueblo por ello – y asoméme al jardín con Marcos a respirar el aire limpio e fresco, mas quedamos entrambos asombrados, pues mientras Diego Jesús jugaba en un rincón con alguna cosa, Fermín y Marinín yacían juntos y se besaban. Con discreción por no ser vistos, pasamos al salón y nada comentamos, pues no era necesario.

En Grazalema y a veinte y dos de julio del año de dos mil e seis.

De la visita de los abuelos y don Juan (3)

entados a la mesa para el almuerzo, oí a Fermín hablar algo sobre los dos barrios o divisiones del pueblo. Los habitantes de la parte media baja eran llamados antigüamente «jopiches» y los más humildes de la parte alta, «jopones». Mi casa se encuentra en la Calle de las Piedras, cerca de la plaza, en el barrio jopiche, pero jamás llegó a mis oídos discriminación alguna hacia los jopones ni caso contrario. Fermín era un tímido y encantador niño jopón amigo fiel del hijo de un jopiche. Así, les expliqué el origen destos nombres, que aunque aún son de uso, no dividen a los grazalemeños; los unen.

El pequeño jopón Fermín, con su cabeza muy baja por su timidez, estaba sentado junto a Marinín, que quedaba entre ambos amigos. Viendo que no había costumbre de almorzar a nuestro estilo sevillano, le dije a mi niño que le fuese indicando cómo hacerlo, pero siempre dejándole comer a su estilo si ello prefería. Y habló don Juan:

“Empéñanse ahora estos politicastros en separar dos partes que siempre han estado unidas, pues jopones y jopiches eran y son parte de una misma familia; y donde un padre es jopón, la madre es jopiche. No dividamos lo que nunca estuvo dividido”.

“Clases siempre ha habido, Ilustrísima – apuntó don Diego –, pues somos nosotros mismos los que las creamos. Mas vivan las clases si llévanse entre ellas como hermanos y no como rivales. Aquí no hay más que grazalemeños buenos y malos; y destos podemos encontrarlos arriba o abajo. Un humilde carpintero jopón de hace unos 25 años, llegó a alcalde desta villa, y a base de quién sabe qué negocios, tiene ahora muchas propiedades y mira por encima del hombro al resto de sus paisanos; casi con desprecio. ¡Nadie me venga a contar cuentos que demasiado bien conozco! ¿De qué familia eres, hijo? – preguntó a Fermín – porque esta que está aquí, sea jopón o jopiche, es tuya y, con la venia del capitán, aquí tenéis vuestra casa, sea del barrio alto o del bajo, que a mitad del pueblo se halla”.

“Jopón soy – contestó muy quedo Fermín –. Humilde mi padre jopiche y humilde mi madre jopona. Tenía mi padre cabras y huerto pequeño e mi madre fabricaba chacina para vender a los forasteros. Muerto mi padre, las cosas empezaron a ser más difíciles, mas podemos vivir”.

“Vaya un sirviente – dije en voz alta – a acompañar más tarde a este chico a su casa y compre un buen surtido de viandas, que habremos de probarlas todas; chorizos, morcillas, morcones, queso. Y regaremos esto con pirriaque”.

De la visita de los abuelos y don Juan (2)

asamos al jardín por el ancho pasillo e, viendo los niños a los visitantes, salieron del agua corriendo hacia ellos. Noté la mirada de extraño de doña Montserrat al verlos sin ropa y, acercándome a besar a Marinín, le dije que se pusieran sus calzonas. Se acercaron a la silla donde estaban las ropas e se las pusieron, pero enseguida acudieron a abrazarlos y besarlos y se dibujaba una tierna sonrisa en la cara de don Juan, que también hubo gran recepción. Luego, les dije se pusiesen las toallas por encima por cubrirse algo más, e así lo hicieron. E fuimos hasta la parte cubierta e allí nos sentamos todos en torno a la mesa: y no cesaban los besos y los abrazos, cuando dijo doña Montserrat:

“Como esta, no he visto cosa igual, capitán, que lo mismo curáis mis dolamas que hacéis felices a cuantos os rodean. Dispuesta estaría a pagar lo que no tengo por ver estas sonrisas y este entusiasmo por muchos años”.

“Nada tenéis que pagar – repuse - sino corresponder el cariño que os tienen. Disfrutad ahora el día junto a ellos; e muchos más vendrán como este”.

“A los dos los siento como míos e no sabéis lo henchido que se torna mi corazón de gozo cuando oigo a Marinín llamarnos abuelos, que así nos consideramos nosotros, sus abuelos”.

“E otras cosas nuevas que habremos de hablar – apuntó don Diego -. Reposemos una pieza y luego hablaremos”.

Así, pedí se sirviera algo fresco para tomar y alguna copa de vino del pueblo – al que llaman «pirriaque» - acompañada de algún bocado, que no es don Juan hombre de esperar hasta el almuerzo sin tomar alguna cosa; y es la chacina deste pueblo fresca e muy sabrosa. Pasada una pieza, di permiso a los niños para volver a sus juegos, mas parecióme oír llamaban a la puerta. Al poco, entró un niño de ropas modestas e tímida mirada e volvió Marinín su cabeza al verle:

“¡Es Fermín! – dijo con gran entusiasmo – Papá, este es nuestro nuevo amigo del pueblo y me he tomado la licencia de invitarle. Perdonad hállaseme olvidado decíroslo antes”.

“Licencia tenéis para invitar a vuestra casa a quien os plazca – repuse – mas no invitéis a todo el pueblo al mesmo tiempo, que estaréis más cómodos siendo pocos que siendo muchos. Invitad unos días a unos e otros días a otros, mas ninguna licencia tenéis que pedir, que es esta vuestra casa”.

“Así lo haré – contestó – mas no temáis, que muchos más amigos no tenemos y es este mi preferido tanto como Diego”.

Y volviéndome al pequeño visitante, que quedó cabizbajo, le dije:

“Espero traigáis «bañador» y os cambiéis de seguida en ese cuarto del baño y os vayáis a jugar con Diego e Marinín. Sentíos como en vuestra casa, que lo es”.

20 julio, 2006

De la visita de los abuelos y don Juan (1)

evantóse Marcos muy temprano, e sentado cerca de la ventana, observó muy quedo el amanecer, que puede verse mirando hacia la parte más baja del pueblo por donde entra la carretera que viene de Ronda y la Puerto Chico. Y me manifestó luego la belleza del paisaje y los colores rojos que del sol teñían toda la sierra.

Bajamos al salón y esperamos una pieza antes de preparar a los niños. Ya nos llegaba el aroma del desayuno que preparaba María, cuando sonaron las chirimías de su móvil; era un aviso de don Diego, que decía nos haría visita al acercarse el medio día y que con él vendrían su esposa y don Juan a pasar parte del día. Con esto, advertí a María preparase un almuerzo especial para todos y que se incluyeran, si ello fuese posible, costillitas de cordero de las que aquí se preparan.

Subimos al dormitorio de los pequeños, que de tanto juego y tanta fiesta, estaban sumidos en un profundo sueño y, acercándome al oído de Marino, le dije en susurros:

“Es de mañana, es hora de levantarse, tomaréis un baño, luego un exquisito desayuno y luego… vendrán los abuelos y don Juan a visitaros y a comer con nosotros”.

Incorporóse en la cama de repente y llamó a Diego Jesús repitiéndole lo que yo le había dicho, y dio un salto el otro pequeño:

“¿Los abuelos y don Juan?” ¡Levantémosnos!””.

Les ayudamos a quitarse los «pijamas», que en Grazalema hace tiempo fresco por la noche y están los días un poco lluviosos y frescos. Aseados los pequeños e con el nerviosismo presente en sus caras y en sus movimientos, bajamos al desayuno. Había ido María a comprar churros, que aún se mantenían muy calientes, y todos los comimos con grande placer. Luego desto quisieron ya ir a nadar a la «piscina», mas les dije aguardasen un poco, que fue copiosa la comida.

Sonó el timbre de la casa (que no puede oírse desde el jardín) e aparecieron los abuelos y Su Ilustrísima reflejando en sus rostros la sonrisa y la alegría de volver a vernos:

“Capitán -dijo don Diego-, que no me gustan estas visitas casi sin aviso, mas nos complace veros y traeros alguna noticia que pudiera complaceros. Alegraos, que las cosas van a ir a mejor…
"¿Dónde están nuestros niños?”.

18 julio, 2006

De cómo siguió la holganza de una parte del estío

i desoigo a Marcos ni nada nuevo he de contar, sino que pasamos unos días de solaz sin apenas cosas que contar, sino los largos paseos al amanecer por los montes (aunque ahora en este bello lugar hay partes que ya no pueden visitarse). Siguió viniendo a casa a medio día Antonio, el joven repartidor del pan, e fizo grande amistad con los niños e con ellos pasaba toda la tarde. Hablé con la señora alcaldesa (es agora mujer) e dióme permiso para visitar algunas partes cercanas de la sierra, así, llevé a los niños a ver la fuente Mahón, que al pié del Peñón Grande se encuentra, subimos hasta lo alto del monte donde se halla una imagen del Corazón de Jesús (que fue allí puesta en los años setenta del siglo pasado; visitamos, más arriba, la ermita del Calvario, que hállase casi en ruinas y, pasando a la parte trasera désta (la que no puede verse desde el pueblo) mostréles los agujeros que en su pared hay, pues fue allí donde se ficieron los fusilamientos durante nuestra última guerra civil. Pequeño quedó el pueblo y muy deshabitado desde la invasión y expolio francés y las grandes reyertas e crímenes de la llamada Segunda República de España; desta forma, la ciudad que ya llamárase Lacíbula en tiempos de la Hispania romana, Gran Zulema durante la ocupación del moro y Grazalema luego, pasó a ser en la Reconquista, por Ponce de León e luego su viuda, una esplendorosa ciudad industrial, donde se fabricaba el paño para gran parte de España. También visitamos los escasos talleres que aún persisten y donde aún se confeccionan los hábitos para las monjas de La Cruz, de Sor Ángela (ahora santa), en Sevilla; que era ésta nascida en esta ciudad.

Celebramos con los lugareños las fiestas de Nuestra Señora del Carmen, que no siendo Grazalema pueblo de mar, celebra sus fiestas, pues cuéntase, que ciertos marineros perdidos en el océano Atlántico, vieron a lo lejos un monte en el horizonte e pudieron llegar a Cádiz, y, preguntando por aquella sierra de altura, les fue dicho que tratábase del Monte Pinar o de San Cristóbal. Así pues, vinieron a Grazalema y regalaron grandes presentes entre los que se conserva un muy grande collar que lleva Nuestra Señora de los Ángeles, que siendo de talla pequeña, necesita se recoja la sarta en dobleces por su enorme tamaño. Así, se celebra una devota procesión por las calles del pueblo, siendo el lunes siguiente la gran fiesta que llaman del «toro de cuerda», pues recorre las calles un toro amarrado por sus astas a dos gruesas maromas que los mozos halan por llevar al animal hacia los lugares deseados. Antonio, que siendo muy joven siente el fervor de las fiestas grazalemeñas, quiso llevar a los niños a las calles para acercarse al toro e correr con él, mas a esto neguéme, que me parecía más seguro verlo pasar majestuoso desde dentro le los cierros de la casa.

Así, entre paseos por lo natural que nos rodeaba y la celebración de las fiestas, pasaron los días. Y unióse Antonio a las clases que mis niños daban a diario e la color de sus pieles se iba trocando morena, hasta el punto de que Marino comenzó a parecerme un niño sano grazalemeño:

- ¡Cuán bello os estáis volviendo! – le dije – Algún día, alguien pondrá sus ojos sobre vos y - ¡quién sabe! – compartiréis vuestra vida.

En Grazalema y a diez y ocho de julio del año de dos mil e seis.

06 julio, 2006

De la nueva amistad que encontramos en el pueblo (y 2)

legada la hora del final del baño, acercóse Marcos a ellos e les dijo saliesen del agua, y entrególe una toalla a Antonio porque se fuese secando e secó mientras tanto a los niños. E luego desto, les dijo pusiesen las toallas sobre la hierba e se untasen un ungüento para protegerse del sol. Así, le pidió a Antonio untase los cuerpos de los pequeños y luego se puso él la crema sobre el suyo, e tendidos sobre las toallas comentaban sus cosas.

“¿No os da envidia de ver cuán frescos deben estar? – preguntó Marino - ¡Os desafío a tomar un baño!”.

“¿Acaso creéis que no sé nadar? – le dije – Os aconsejo no me desafiéis a nada”.

E púsose Marcos a quitarse la camisa, y así, levantéme de mi asiento e me quité la mía. E habiéndonos quitado toda la ropa, corrimos hacia el agua e saltamos dentro della.

“No, no, no – dije al salir del baño -. No me obliguéis a usar esos ungüentos, que no he de tenderme al sol e la hora del almuerzo se acerca. Así pues, fuimos a tomar unas toallas para secarnos cuando sonó la campanilla para la comida, e levantáronse los niños a toda priesa para entrar a la casa, e les dije:

“¡Alto criaturas! ¿Dónde van vuesas mercedes? Que a ninguna mesa se sienta un hombre sin cubrir su pecho e sin ordenar su cabellera o cubierto”.

E llamando a Antonio, pedíle les acompañase al dormitorio e pusiese sus pelos en orden (aunque estas cabelleras de agora poco orden llevan), cubriesen sus pechos con las camisas e se pusieran los calzones. E a él mesmo le pedí hiciese tal cosa antes de sentarse a la mesa. Así hicimos Marcos e yo, que nos pusimos las camisas e los calzones e ordenamos nuestros pelos en el cuarto pequeño de aseo”.

Por primera vez, pedí a Marcos presidiese la mesa, e quedó el invitado a su diestra con los pequeños e yo frente a ellos.

Bendijo los alimentos como ya había costumbre e vi que el joven acostumbrado también estaba; e se sirvió lo que aquí llaman «cascote», que es mezcla exquisita de alubias, garbanzos, habichuelillas verdes, arroz, patata e todo el condimento que le da sabor. Mas vi yo que Antonio comía de espacio e mirábame a veces, e con esto, le dije:

“¿Acaso no os gusta este guiso? Pues cualquiera otra cosa que pidáis se os servirá”.

“No es aquesto, señor – dijo -, que no son sino las habichuelillas las que no me gustan. Si me dierais permiso para retirarlas…”.
“No ha de ser así – contestéle, e llamé a María-. Retirad del plato de Antonio las habichuelillas verdes, que no son de su agrado”.

“¿Qué cosa decís, capitán? – dijo el joven –. Yo mesmo puedo retirarlas”.

“Lo sé – respondíle –, que tonto no os creo; mas en esta casa se sirve el plato a gusto de quien lo va a comer, e así María, apartará esas habichuelillas para otros menesteres”.

E ningún otro comensal hizo gesto o dijo palabra alguna, respetando así el gusto del invitado.

En Ronda y a seis del julio del año de dos mil e seis.

De la nueva amistad que encontramos en el pueblo (1)

l lado de la puerta estaba cuando alguien llamó, e siendo temprano, me adelanté al servicio e abrí yo mesmo. Ante mis ojos apareció un joven de aspecto tímido e hízome una reverencia e dijo traía el pan para el día; y en oyendo estas palabras, le dije:

“Tal cosa no debéis hacer, que bien saben los criados dónde está la panadería y ellos mesmos irán a recoger el pan e a pagarlo”.

“No es eso, capitán – repuso –, sino que quería yo mesmo venir este primer día por conoceros, que háblase mucho de vuesa merced aquí e no os conocía”.

“¿E cómo sabéis soy yo el capitán e no otro huésped de esta casa?; mi uniforme no llevo puesto”.

“Tanto se os nombra, señor, que ya me parecía conoceros. No tengáis cuidado que no quiero causaros fatiga. Tomad el pan, que ha de pagarse el lunes el de toda la semana”.

E no creyendo lo que oía, le dije:

“¿Cuál es vuestro nombre, joven? No es molestia que traigáis el pan para mí, sino que bien puede hacerlo nuestro servicio e ahorraros el subir esta calle”.

“Antonio me llamo, señor – respondió con timidez – e habiéndoos conoscido, ya no me importa se recoja el pan en la tahona o subirlo. Perdonad mi intromisión e tened buen día”.

E pensando las palabras oídas, le dije:

“¿Acaso pensáis que me es molestia vuestra visita? Nada desto he de permitir, sino que he de invitaros a nuestra casa cuando podáis venir. Decidme, ¿qué os parece?”.

“El pan reparto en muchas casas desde muy temprano hasta las doce. Luego, tengo ya todo el día libre. Decidid vos cuándo puedo venir”.

“¡A las doce! – contestéle - ¿o es que es menester esperar a otro día para que vengáis? Así conoceréis a mi hijo Marino, que es algo menor que vos, e a su amigo Diego Jesús, que ha su misma edad e a mi compañero inseparable, don Marcos. E quedáis advertido de que en esta casa hay «piscina» e los niños estarán en el agua. Traed pues, si lo deseáis, vuestra ropa de baño (que más que ropa de baño parécenme calzones de colores) e avisad en casa que no iréis a comer, pues invitado estáis”.

“¿En serio decís esto? – preguntó – ¡No soy más que un repartidor de pan!”.

“E no soy yo más que un capitán – contesté –. Venid, que será gran contento para los niños jugar con vos”.

E así, se fue el chico mirando atrás de tanto en tanto, hasta que, al cabo, cerré la puerta.

Avisé a los pequeños de la visita que tendrían a medio día para jugar e fue muy de su agrado. E llegadas las once y media, quitó Marcos toda la ropa a los niños para el baño e las puso sobre una silla. Así, los pequeños comenzaron a dar saltos e a nadar. Poco después, llamaron a la casa y al punto apareció Antonio azorado e saludóme, e viendo los niños que ese sería su nuevo amigo, salieron del agua e vinieron a saludarle. Quedóse Antonio algo rezagado al ver que mis pequeños no llevaban ropa alguna, mas observando yo esto, le dije se quitase la ropa en el pequeño cuarto de aseo si traía su «bañador»; e quedó inmóvil e dijo:

“Sí, señor, bajo la ropa lo traigo. Decidme dónde está el aseo y me cambiaré”.

Volvió al cabo con estas calzonas de colores e acercóse a las aguas, e saliendo los niños déllas, tiraron de sus prendas hasta el suelo. El joven, sin saber qué cosa hacer, me miró quedo, e con un gesto de la mano le dije: “¡Adelante!”.

Eran tantas las risas e los gritos de los tres, que tuvo que ir Marcos a darles aviso de que respetasen el sosiego de los vecinos.

Nota del Autor

Habiendo prometido a Marcos no publicar mi diario durante varios días, escribí lo acontecido en el día de hoy, e leyendo éste lo allí manifestado, me dijo lo publicaría e dejaría de hacerlo hasta que fuese mi deseo.

05 julio, 2006

De la visita inesperada

e columpiaban los niños junto al agua cuando me pareció oír llamaban a la casa. Al poco, abrióse la puerta de la terraza y por ella entraron tres personas de agrado: don Juan, don Diego e doña Montserrat:

“¡Santo Dios!, que visita como esta no esperaba. Pasad, sentáos. He de pedir se sirva alguna cosa para tomar”.

E viendo Diego Jesús a su abuelo, dio un salto del columpio e vino corriendo e gritando hasta abrazarle por las piernas: “¡Abuelo, abuelo!”. E desta mesma forma abrazóse luego a su abuela, mas con cuidado de no hacerle daño, e le dijo la abuela:

“No tengáis cuidado, mi cielo, que los remedios del capitán han actuado y es mañana el día en que he de quitarlos. Mas ya no me duele nada. Abrazadme”.

E tomando luego al saltamontes por la cintura, tiré dél hasta pegarlo a mi asiento e le dije:

“Cosa alguna conozco que no tenga remedio, ¿lo veis? E no me refiero sólo a las dolamas de vuestra abuela, sino también a esos malos momentos que juntos hemos vivido. Contad ahora a vuestros abuelos los buenos e ya les referiré yo los no tan buenos ¿Lo prometéis?”.

“Está claro que sí, capitán – dijo muy quedo – que desde que con vos e Marinín estoy siéntome como otro e me gustaría el tiempo no pasase”.

“Dejad que el tiempo pase – le dije – mas disfrutad de lo que hacéis aquí y en este momento”.

“E luego desto, volvieron los niños a sus juegos e nos dijo don Juan cómo nos había encontrado, pues ocurriósele llamar al móvil de Cayetano, e sabiendo éste Su Ilustrísima era de mi más completa confianza, díjole dónde estábamos”.

Momentos felices como estos pocos se viven (aunque sea en larga vida) e sentíme lleno de gozo e noté la mano de Marcos tomar mi brazo, e acercándome a él, me dijo:

“Prometedme no habréis de escribir en varios días”.

“Os lo prometo”.

En Grazalema y a cinco de julio del año de dos mil e seis.

De la mañana en la nueva casa

íamos el cantar de los pájaros y el murmullo de las aguas que caían a la alberca, cuando parecióme oír una voz que me llamaba como penando. Apareció entonces Cayetano con mi niño, que en «pijama» venía llorando:

“Papá, papá – decía –, ¿dónde os metéis que no os encontraba?”.

“En la nueva casa de Grazalema estáis – le dije – e aquí estoy con vos, como siempre; e aquí está tío Marcos. Subiremos agora al baño e a vestiros para el desayuno y luego veremos dónde está cada cosa en esta casa”.

E mirando a los jardines con asombro, dijo asustado:

“¡Eso es una piscina! ¿Puede usarse?”.

“Esta casa - le dije – puedo usar durante un mes, que arrendada la tengo; y esta «piscina» es parte de la casa. Así podréis usarla cuanto os apetezca”.

“¿Puedo decir esto a Diego Jesús? – preguntó –. Cuando sepa que tenemos una para nosotros en casa, saltará de la cama”.

“Eso creo – apunté – mas no hemos de saltarnos las normas. Vayamos primero al baño, desayunemos luego e, pasadas dos horas de guardar la digestión, podréis nadar tanto como queráis. Desde el medio día hasta el almuerzo. E ya por la tarde haremos otros trazados, que a las ocho hay que ir a la misa en la iglesia de San José”.

E mirándome con grande ilusión, tomóme por el brazo e dióme un beso, e dando luego la vuelta a los asientos, besó a Marcos e dijo:

“Voy a decir a Diego Jesús que esta casa tiene sorpresas, que si le digo que habemos piscina sólo para ambos, saltará de cama en cama y de silla en silla. ¿Me dais ahora la venia para volver al dormitorio?”.

“Así sea, y esperad unos minutos que he de subir a asearos e vestiros, que vuestras ropas nuevas ya están aquí”.

“Jo, papá – concluyó antes de marchar –. Habéis cumplido vuestra promesa, e con creces”.

De las primeras horas en Grazalema

ue al amanecer cuando puede observar que la casa arrendada era espaciosa, cómoda e muy moderna, sin faltar en ella detalle alguno que fuere menester. Poco tiempo tardaron en aparecer unos mozos con un coche grande e todas las cosas que habían quedado abandonadas en mi casa, e les dije pusiesen todas cajas e maletas en un amplio rincón del salón (frente a la chimenea) e que ya el servicio se encargaría de poner cada cosa en su sitio. Al poco, apareció el servicio (que había estado casi toda la noche ocupado haciendo preparativos) e al otro poco, bajó Marcos, e mirando lo ya hecho, quedó asombrado, e le dije:

“No tendríais por qué haberos levantado tan temprano, han sido dos días demasiado movidos e agora deberíais descansar. Nuestros enseres ya están aquí e todo se colocará en su sitio”.

“Tomemos pues un desayuno – dijo – e visitemos luego la parte posterior de la casa, que según me han dicho, es maravilla de ver”.

Y esto hicimos, que sentados en una gran mesa que en el mismo salón se haya junto a una ventana, se nos sirvió un desayuno de la tierra. E después de una corta sobremesa, salimos por un amplio pasillo a otra sala y tenía ésta grandes ventanales que daban a una preciosa terraza que era como jardín; y en su centro, hallábase un estanque destos de aguas azules (los llamados «piscinas»). E todo esto me hizo gran contento, que prefería tener a los niños a la vista e no tener yo que estar sentado en una incómoda silla e vigilando. E al hablar de la comodidad de las sillas, me hizo pasar Marcos al jardín, e bajo una bonita cubierta había butacas muy simples de madera e loneta y eran éstas tan cómodas, que tanto servían para un pequeño descanso que para una larga siesta.

Así, nos sentamos en dos dellas e respiramos hondo, que el cansancio era grande. E puso Marcos su mano sobre la mía e luego me miró sonriente e dijo:

“Habéis cambiado de sello e nada habéis dicho. No es lugar tan pequeña presea para poner un «chivato» desos, pero deberíaseme haber comunicado tal cambio, que la ciencia es hoy muy complicada e hace cosas más que increíbles”.

“El problema, querido Marcos – le dije –, sólo está ahora en cuidar de cada aviso, por si hubiese alguna otra emergencia, pero seguro me siento”.

“Así paréceme – contestó – que os dije no publicarais ni cuándo ni dónde estábamos ni qué cosa hacíamos, pues eso que publicáis no sólo lo leen aquellos que tienen grande curiosidad por saber vuestra vida e vuestras aventuras, sino que cualquier persona del Orbe – buena o mala – sabe lo que hacéis. No vais a dejar de contar con mi ayuda para publicar esto correctamente, sino sólo os digo lo que pienso”.

“Publíquese pues lo que escribo – rematé – que si alguien apareciere no con muy buenas intenciones, cruzado será de lado a lado, junto con su compaña, por mi toledana, que agora sé que hay quien nos vigila día e noche por salvar nuestras vidas”.

En Grazalema y a cinco de julio del año de dos mil e seis.

04 julio, 2006

De la vuelta a la vida

n el lugar de hospedaje que teníamos, encontramos a los niños dormidos, mas, no habiendo comido nada, los despertamos e los llevamos a una calle cercana donde había mucho mesón donde elegir. E fueron ellos los que pidieron entrar en un lugar extraño al que llamaron «pizzería», e así comieron e bebieron e volvieron a sus caras las alegría y el contento:

“¿Y adónde vamos agora, papá? – preguntó Marinín –. Tanta sorpresa junta nos tiene con gran desconcierto”.

“A donde os prometí estaríamos en este mes, hemos de volver – le dije –, que el problema que allí teníamos ha desaparecido gracias a un gran amigo nuestro. Pensad en él como si pensarais en nuestro ángel de la guarda. Es tarde, ya lo sé, mas habiendo coches como estos, que más que rodar vuelan, esta mesma noche llegaremos a Grazalema. E alguna cosa más habréis de saber, pues ha encontrado Cayetano una casa que tomaré en arriendo y es tan grande e acogedora como la casa de Ronda. Ordenaré se lleven allí, mañana mesmo, todas vuestras cosas”.

E se abrazaron los niños e hubieron gran contento por lo oído, e al cabo, preguntó Diego Jesús:
“¿Sabe mi abuelo dónde estoy e lo que ocurre?”.

E viéndole con preocupación, le dije:

“Desde el primer momento está informado de lo sucedido e hame dado permiso para hacer cuanto crea menester. Así, que también sabe ya que volvemos al pueblo e me ha dicho que irán los abuelos a veros mañana o pasado mañana y os llevarán regalos”.

“Jo, papá – exclamó Marinín –. En todo estáis y nada se os va de la vista”.

“Alguna cosa se me escapa, hijo – le dije –, pero no dudad nunca de vuestro capitán”.

E luego desto preparamos el viaje para la vuelta.

De cómo se hizo un trazado para no ser perseguidos

l lugar del encuentro era conocido para Marcos, e lugar tranquilo e no lleno de gentes que pudieren oír alguna cosa. Sentados en mesa retirada, comenzó a hablar el inspector:

“No es mi misión, ya lo sabéis, guardar vuestras vidas, mas, es tal el favor que me habéis hecho, e tengo permiso de mis superiores para hacer lo que hago, que no he cesar en este empeño hasta que pueda deciros estáis a salvo”.

“Vienen los niños muy cansados de tanto movimiento en la noche – le dije – y ha buscado don Marcos lugar donde dejarlos a salvo e descansando, que no me gustaría oyesen cosas que pudieren asustarles”.

“Bien habéis hecho – respondió – que hemos de hacer algunos trazados e más apropiado es que ellos no lo sepan, pues aún siendo muy agudos, más agudos son estos malhechores”.

“El viaje ha sido difícil – dijo Marcos – que no es la carretera fácil ni tampoco el moverse de noche por el campo. Esperemos podamos tener alguna solución, pues descubierto el artilugio que quedóse en la casa, pienso que estos buitres, como decís, seguirán sin cejar en el empeño de dar con nosotros e no con muy buenas intenciones, a lo que veo”.

Y echóse a reír el inspector aún teniendo la boca llena. Hizo un gesto para que esperásemos tragase lo que comía e dijo:
“Éstos que os persiguen saben cómo hacerlo; mas sé yo también cómo he de actuar, que los años enseñan a uno más cosas que los libros. No tened cuidado, que se irá haciendo una limpieza y, hasta tal punto, que desistirán en la búsqueda”.

“Mas descubriendo ellos hemos hecho este truco de dejar el aparato abandonado – dijo don Marcos – ya buscarán otros medios para buscarnos”.

“He de aclararos primero, señores – contestó severo – que me parece saber quienes son e luego, deciros que en cuanto salisteis de la casa en ella entró uno de mis grupos. E no es este grupo de los que ponen grilletes y encarcelan a los asesinos que saldrán al poco a la calle en busca de sus víctimas hasta acabar con ellas”.

“¿Qué cosa hacen pues? – pregunté – que si no es en presidio ¿cómo se les mantendrá alejados de nosotros”.

E con grande misterio e hablando muy quedo, dijo el inspector:

“De una tumba no se sale”.

De cómo se descubrió la traición (y 2)

orrí al dormitorio y, entrando con sumo cuidado por no despertar a los niños, abrí el armario ropero e tomé la caja donde iba el reloj que me regalara Su Alteza e volví al salón, y oí al inspector entonces decir:

“¡Ah, ya veo que algunos metros al sur se ha movido! Por buen camino me parece vamos. Agora, ponedlo como os he dicho en una bolsa e subid por la calle […] hasta donde se encuentra la iglesia. Seguiremos hablando por teléfono pero sin «altavoz»”.

E así nos movíamos por la calle iba el inspector diciéndonos qué hacíamos. E dijo nos detuviésemos, e no yendo cubiertos, el agua de la lluvia comenzaba a mojar nuestros pelos e nuestra ropa. Poco después, continuamos la marcha hasta la iglesia e bajo el arco nos guarnecimos. Y según las órdenes que le daba el inspector a Marcos, volvimos luego calle abajo e a más velocidad hasta la casa. Y ya estando en ella, volví a oír la voz del inspector:

“Bien me parece que está localizado el «chivato» que va por ahí diciendo dónde estáis”.

E Marcos e yo nos mirábamos perplejos.

“Como bien sé que don Marcos anda más bien puesto en estos menesteres, le pido abra la caja del tal reloj e busque dentro alguna parte que no parezca tener (precisamente) quinientos años”.

“¡Inspector! – dijo Marcos – ¡Me estáis pidiendo que abra una joya de valor incalculable!”.

“No tengáis cuidado – contestó este con calma – que ya ha sido abierta antes e no con muy buenas intenciones”.

Tomó Marcos el reloj en sus manos sobre la mesa e quitó los ajustes que a sus espaldas quedan. Luego, removiendo con cuidado la tapa, la puso sobre la mesa y, pegado a ésta, había una pequeña caja que no parecía tener quinientos años.

“¿Habéis abierto ya el reloj? – dijo el inspector -. ¡Vive Dios, que se nos va el tiempo!”.

“Inspector – dijo a media voz don Marcos -. El tal aparato «GPS» que decíais dentro del reloj se encuentra y pegado a su tapa trasera”.

“No toquéis cosa alguna. Dejad ahora la tapa exactamente en el mismo lugar donde estaba el reloj completo, despertad a los niños e salid en el coche hacia […], que allí nos encontraremos”.

“¿Qué cosa decís? – gritó Marcos – ¿Cómo vamos a despertar a los niños a las dos de la mañana y lloviendo y entrar en la carretera y dejar aquí la tapa de esta joya?”.

“Dos opciones tenéis, que bien merece (creo yo) despertar a dos niños a tan mala hora, mojarse, hacer un viaje e perder la tapa de una joya, que perder la vida de cuatro seres vivos”.

“Inspector – le dije – No tengáis cuidado, que lo que decís haremos. Dejaré la tapa donde estaba la caja del reloj e saldremos a priesa”.

“¡Huid! – gritó –, poco queda ya para el amanecer”.

E dejó de oírse su voz.

De cómo se descubrió la traición (1)

iraba Marcos por la ventana la lluvia muy tarde, que no ha venido este verano muy seco, cuando sonaron las chirimías de mi móvil, e volviéndose con presteza, miróme asustado e hizo gesto con las manos de no hacer nada. Vino hasta donde estaba yo sentado e miró alguna cosa, e luego desto, contestó al aviso con prudencia oyendo una voz que le era conocida:

“¡Hola, don Marcos! Pensaba contestaría la llamada el capitán”.

“¡Inspector! – dijo Marcos - ¿Cómo habéis dado con este número?”.

“Aunque lo pongáis a nombre de otra persona con él daré – le dijo -, que métodos apropiados para ello tenemos; más precisos de lo que pensáis. E no es ese el problema, sino que los buitres también los tienen, pues entre nosotros andan entremezclados e también los usan”.

La cara de Marcos se trocó de alabastro, e luego, sin decir más palabras, dióme el móvil:

“¡Capitán, de saludaros me alegro! Esto es señal de que estáis con vida. Peligráis vos e compaña así os escondáis en una cueva”.

“A fe, inspector – le dije – que no sabía que estos artilugios a tanto llegaran, que más me parece esto cosa de brujería que cualquiera otra”.

“Pues agora – continuó –, si no es mucha fatiga, decidle a Marcos «active el altavoz del teléfono»”.

E no entendiendo qué cosa decía, con las mismas palabras se lo dije a Marcos. Y dándole éste a un botón, se oía la voz del inspector sin pegar el estuche a la oreja. Desta forma, podíamos hablar entrambos e oírle al mesmo tiempo.

“¡Ay, capitán, que os han engañado! E no es porque desconozcáis estos inventos diabólicos, sino porque hay gente muy lista. Y esa gente lista, los buitres, ponen cosas donde no se deben poner. Y esas cosas (y a don Marcos me dirijo) se llaman «GPS». Imaginad, capitán, que lleváis algo siempre encima y que va diciéndole a los buitres dónde os encontráis. El mesmo sistema he usado yo descubriendo que no se movía de la casa de Ronda hasta el primero de este mes, que se ha movido a Grazalema”.

“¡Por Dios, inspector – dijo Marcos muy enojado – no deis más rodeos e decid qué cosa pasa”.

“No se preocupen vuesas mercedes que todo hemos de aclarar. Quisiera saber agora, si ello es posible, de quién habéis recibido un regalo últimamente, de un año a esta parte, e que llevéis casi siempre encima”.

Restamos quedos entrambos pensando e no comprendíamos aquello, e dijo entonces el inspector:

“¿Os han regalado acaso algún artilugio que llevéis con vos a cualquier lado que valláis? Alguna cosa no muy pequeña… pensad”.

“¡El reloj! – dijo Marcos - ¿Adónde habéis dejado el reloj que os regaló… (no quiso decir el nombre) en casa de don Fernando?”

“Conmigo viene, que no es de razón dejar ciertas cosas olvidadas cuando son de importancia”.

“¿Un reloj? – preguntó el inspector - ¿Y es éste grande?”.

“No es un reloj que se lleve de pulsera, sino de torre, mas tiene una historia y una vida demasiado larga; de unos quinientos años”.

“Buen lugar para esconder lo que busco. ¡Haced de inmediato lo que os diga e no apagad el teléfono!”.

Respiramos con mucha profundidad e nos miramos asustados ¿El reloj de S.A.R. don Felipe?

“Poned agora ese reloj en una bolsa e llevadlo a buen recaudo – continuó el inspector – e haced lo que os diga”.

03 julio, 2006

Del mensaje e la huída

apá, me prometisteis que íbamos a estar en Grazalema todo el verano. Ahora no podremos explorar aquellos sitios, ni jugar con nuestros amigos, ni nadar en aquella «piscina». Hemos dejado la casa con todo dentro. ¿Qué ropa me pondré ahora y con qué máquina jugaré e haré mis estudios?”.

“Dad gracias a Dios – respondíle – que vivos seguimos e que a vuestro lado tenéis a vuestro mejor amigo. Quizá sea cosa de poco tiempo; no sabemos si será más de un mes, pero aquí estaremos hasta que todo pase. Podréis hablar también con tío Juan e son estos nuevos teléfonos que ha comprado tío Marcos como las «conferencias», que podéis hablar y ver al que os habla. Los libros se encuentran en todas partes; también aquí los hay y habremos de comprar los que sean menester. E pensad, además, que tendréis una máquina igual que aquella para jugar y leer e estudiar. Tal vez un día tengáis que decidir cuál de las dos usar. Haced lo que os he dicho; hacedlo los dos como si fuese la orden de un capitán, que lo es. Nunca, jamás, ocurra lo que ocurra, digáis a nadie dónde estamos o quienes somos. Y esto habréis de prometerlo entrambos cada día, si es necesario. Mi vida no me importa, pero tengo a mi lado otras tres que sí. Haced lo que os digo y pensad siempre que las mismas cosas que había allí hay aquí; o tal vez encontremos alguna cosa más nueva. Así pues, como Dios nos acompaña por do quiera que vayamos, ninguna otra cosa nos falta”.

“Mas, no entiendo por qué estos cambios – dijo casi en llantos - ¿Acaso hemos hecho algo malo?”.

“No, hijo – le dije tomándolo entre mis brazos –; esto sé que no os lo merecéis, mas si tengo que decidir entre daros lo prometido o teneros vivo e a mi lado, necesito deshacer lo prometido”.

“¡Pero es que no me decís por qué! – insistió -. Al menos lo que decís no entiendo”.

“Si se recibe un mensaje anónimo que dice «sabemos donde estás tú y tu niño», lo mejor es mudar a un lugar que nadie conozca”.

02 julio, 2006

De la mudanza en Grazalema

ino temprano Cayetano, el criado que para esta casa tengo, a decirme algunas cosas sobre el trazado que yo tenía pos haber problemas en esta casa, e dijo:

“Capitán, disculpadme si lo que os voy a decir os disgusta, mas en la pequeña casa que tenéis en la plaza no puede alojarse el servicio e tendríamos que restar en esta aún estando en obras o tener nuestros aposentos en casa distinta. Y he preguntado a los obreros que harían los cambios e no podrían comenzar su labor hasta el día diez deste mes (e haciéndonos un gran favor). Por tanto, no estarían las obras terminadas hasta dentro de un mes, o quizá más. Quisiera deciros, que esta casa, si habéis venido solo, es acogedora como ninguna otra, mas hízose mal la obra en su momento e no es agora la que necesitáis”.

“Algún remedio – le dije – ha de tener, que no es de razón vivir un mes en lugar donde todo se oye como si al lado estuviese”.

E partió luego e quedé meditando en la solución hasta que se llegó Marcos e le hice los comentarios que a este problema atañían, e así me dijo:

“Puede aumentar mucho los gastos, mas no veo otra solución que la de mudarnos al hostal. Ni veo conveniente que todo se oiga ni tampoco parécenme los baños adecuados, que estos niños andan jugando hasta cuando duermen”.

“¿Qué cosa haríais vos, entonces? – preguntéle – que eso del hostal tampoco me parece atinado”.

“Hay varios en Grazalema – dijo –; unos más lujosos e completos e otros más humildes. Podríais, en todo caso, mirar cómo están preparados”.

Quedé pensativo una pieza, que teniendo dos casas en el pueblo no era de mi agrado mudarnos a ninguna fonda, mas, no viendo luego otra solución, pedíle preguntase por los servicios e los veríamos entrambos antes de mover equipaje alguno.

En Ronda y a dos de julio del año de dos mil e seis.

01 julio, 2006

De la mudanza a Grazalema (y 2)

egado a la fachada de la casa púsose el coche con la carga, que de otra forma no pasaban otros carruajes, e así, fue Marcos diciendo a qué sitio iba cada cosa, que ya le dije yo antes dónde se hallaban las estancias del servicio, la cocina e los salones (en la planta baja) e los dormitorios e servicios (en la planta alta).

“Más arriba – le dije –, y subiendo por esa escalerilla, encontraréis una rústica puerta que da a la troje, que es el nombre que dásele aquí a la buhardilla, pues para el grano e otras sabrosas viandas se usaba: quesos, jamones... Es ahora dormitorio para invitados donde dormirá – el Señor me perdone – Su Ilustrísima”.

E luego desto, e viendo que los niños eran estorbo para poner cada cosa en su sitio, les di una bolsa e les dije:

“No es ésta bolsa de las que luego se tiran e no tienen valor, sino que úsase para recolectar plantas. Subid por la senda que a la espalda de la casa queda, atravesad con cuidado la carretera e subid al monte. Ya sabéis que hay plantas que son llamativas por sus flores e peligrosas por lo que hacen. Tomad cuantas plantas veáis pueden ser útiles e volved dentro de una hora. No nos hagáis esperar, que el almuerzo estará presto”.

Y esto hicieron los niños, trayendo consigo orégano, tomillo, poco romero, alguna lavanda (o alhucema), poleo, endrino e incluso juncia. Así les dije:

“Buena labor habéis hecho, que todas estas plantas son útiles. E ha sido diversión según creo ver en vuestras caras, mas también servirá todo para algún remedio. E así, aprenderéis lo que cada de una de ellas hace”.
Sirvióse el almuerzo en el pequeño comedor e fuimos todos a descansar una pieza, y estando en el dormitorio con Marcos, oí una conversación de los niños. Con esto, lleguéme hasta su alcoba e golpeé a la puerta, e oí decir a Marino que entrase. Y abriendo la puerta, les dije:

“Avisados estáis de que aquí se oye todo. Y ciertas cosas he oído. No me molesta lo dicho, sino que vengo a avisar que se os oye”.

E quedaron entrambos quedos e me miraban con temor. E así les dije:

“En la misma plaza hay otra casa que me pertenece. Allí hemos de mudarnos e pediré a Marcos arregle este problema, que ni yo quiero oír lo que decís, ni que oigáis lo que decimos. Mañana mesmo ha de solucionarse este problema”.

E a media voz, me preguntó Marino:

“¿Habéis oído lo que hemos hablado ahora?”.

“Tal cosa no tiene importancia – les dije –. Descansad un rato e luego hablaremos”.

E llegando la noche e la hora de dormir, hablaban los niños en voz muy baja y, entrándome en su dormitorio, les dije:

“¿Habéis ya las oraciones hecho? Bien me parece. E ahora he de deciros yo una cosa e luego dormiréis, que mañana ha de ser día de juego e holganza”.

Así, tapándolos bien con el embozo, les dije:

En el Cielo hay un castillo
Pintado con pinturita
Que lo pintó Dios del Cielo
Para la Virgen María.
En medio de aquel castillo
Hay una rosa florida
Con un niñito en los brazos
Que a ésta le decía
Madre ¿por qué llora usted?
Lloro por los pecadores
Que mueren todos los días
Porque el infierno está lleno
E la Gloria está vacía.

E me besaron ambos e, abrazados, se echaron a dormir.

En Grazalema y a uno de julio del año de dos mil e seis.

De la mudanza a Grazalema (1)

legaron dos jóvenes fuertes por la mañana e fueron pasando las cajas e maletas a un gran coche para carga. Dedicóse Marcos a decirles qué cosas poner para llevar mientras yo aseaba a los pequeños y estaban éstos un poco nerviosos por el traslado e no dejaban de reír e hacer bromas. Así, les dije mientras los enjabonaba:

“Oídme bien e con atención que vamos a una casa un poco más vieja que esta y el baño también es más viejo; e las camas. Especial cuidado habréis de tener con el baño, que uno no puede moverse dentro sin haber gran cuidado, pues resbala; e no quiero caídas o brazos rotos. E habéis de saber también que, cuando ordené se arreglase un poco (hace unos treinta años), hubieron de quitar muchas paredes e poner otras nuevas, y son estas paredes finas como el papel e todo lo que se habla en la casa se oye. Así pues, no habréis de hacer ruido a las horas de descanso y estas risas que os traen agora debéis medirlas”.

E mirándome con cara de pícaro, preguntó el saltamontes:

“¿E otras todas las cosas se oyen?”.

E sin dar importancia a lo oído, le dije:

“Cerrad los ojos que os enjuagaré el pelo e poneos luego en pie para quitar el resto del jabón. Luego, ahí tenéis las toallas. Secaros vosotros mesmos que habréis de ir aprendiendo”.

Púseles luego las ropas (que en esto exigen como mayores) e bajamos a tomar el desayuno. Poco después, llegó don Juan de la misa y, entrando al comedor, dijo:

“La misa matutina de ocho se dice en la Iglesia de Santa María de la Encarnación, en la parte baja pueblo. Deberéis pues asistir a la de las ocho de la tarde, que se dice en la Iglesia de San José, que a media altura del pueblo queda. En llegando yo el viernes próximo, pediré al párroco me deje decir la matutina en la primera citada, que para subir tanta cuesta no están mis piernas ni con los remedios puestos; ¡e vive Dios que en ese pueblo todas las calles son cuesta arriba!”.

Sentóse con nosotros una pieza hasta la despedida e dio un consejo tras otro, de tal forma, que más parecía estar leyendo un libro de normas que otra cosa. E terminadas las instrucciones, dijo Marinín:

“¿Se puede en ese pueblo jugar en la plaza o hay que salirse al campo?”.