olvimos de la misa matutina, que acompañó Marinín, por primera vez como monaguillo. E iba Su Ilustrísima diciéndole con disimulo cuándo debería hacer cada cosa. E tomamos el desayuno hoy en la Taberna del Corregidor, como otras veces, e ya bien despiertos dijo Marcos:“Propondríaos hoy yo hacer un corto viaje de regreso a Fuentefría, pues algún descanso en la lectura habremos de tener y, cuando lleguen los libros, más lectura habrá, si cabe. Tomaríamos el coche e miraríamos con más detalle toda aquella parte de la ribera e, almorzando luego en Grazalema, volveríamos al atardecer, que el día de San Juan se acerca e las jornadas son asaz luengas”.
“A cosa tal no me opongo – respondí – que tampoco es de razón pasar todo el día encerrados en la casa o dando vueltas por la ciudad”.
“Si me permitís, papá – dijo mi niño -, querría yo dar mi opinión, pues mucho me gustaría volver a ver aquel bello lugar. Mas llevaría vinagre en un pequeño frasco, que esos coquitos son molestos”.
E rió don Juan sonoramente por lo oído al pequeño, e dijo luego:
“Paréceme nadie quiere invitarme a tal jornada; invitaréme yo solo si no he de ser de estorbo”.
E cambiando las ropas e tomando el coche, partimos hacia la ribera; y llegados allí probamos el agua fresca del manantial e volvió Su Ilustrísima a poner un poco de agua sobre la cabeza del pequeño diciendo:
“Aunque algunas nubes grises por el cielo andan dando vueltas, bueno será llevéis vuestra cabeza un poco fresca. Entregadme el frasco de vinagre que os ha dado Cristina e lo dejaremos en el agua; desta forma, cuando lo uséis, también estará fresco”.
“¿Lo dejaréis en la fuente? – preguntó Marino –. Tal vez alguien lo tome para sí e no pueda yo luego haber el remedio para los coquitos”.
“Cosa tal no ha de ocurrir – aclaramos don Juan e yo –, que no son estas tierras donde la gente tome lo que no es suyo”.
E volviéndose lentamente hacia el campo, dijo Marcos:
“¡Santo Dios! ¿Y quién ha de querer un frasco de vinagre en medio del campo?”.
E a esto le respondí:
“Alguien que sepa que con vinagre se alivian esos picores”.
Luego que miramos por los alrededores (sin llegar al nascimiento del Gaidóvar), comenzó a empeorar el día e púsose a caer una lluvia tal, que molestaban los golpes de las gotas de agua en la cabeza. Con esto, nos entramos en el coche e dijo Marcos:
“Dolorosos son esos golpes porque no son gotas de agua, sino granizos. Despacio iremos a Grazalema e a cubierto nos pondremos mientras llega la hora del almuerzo”.
E poniendo en marcha el coche, subimos la empinada cuesta que va hacia Puerto Chico; e la lluvia de granizos apretaba, cuando vi un rayo sobre unos riscos caer. E fue entonces cuando recordé algo que nunca había recordado:
“¡Parad! ¡Parad! – grité -.
“Sí – prosiguió Marinín -, que mi vinagre ha quedado en la fuente”.
En Grazalema y a veinte y uno del año de dos mil e seis.


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