26 junio, 2006

Del trato e los malos tratos

umplidas esta mañana las obligaciones del alma y las del cuerpo, restamos en casa Marcos e yo por seguir leyendo e buscando entre los documentos, e fuíme yo directamente a buscar las cartas que anónimas parecían, mas sabía ya que de mi tío don Álvar Núñez eran. Y escritas en clave, ni Marcos ni nadie podía saber su contenido; e fue en ellas donde leyó algo sobre la Fuente de la Eterna Juventud, que siendo una fuente, ni da agua ni es manantial.

E llevóse don Juan a los niños a dar un paseo e, pensé, muchas gentes iban a pararle e preguntarle por tales ángeles. E quedó la casa en silencio e dijo Marcos:

“A fe, capitán, que debiendo yo estar a vuestro servicio, más me parece estáis vos al mío, e sin obligación de la carga, habéis tomado como ahijado a Marino e de don Juan cuidáis. E cuando os veo ahora con entusiasmo cuidar también deste otro pequeño, ya no sé qué pensar”.

“¡No penséis! – le dije –. Aceptad las cosas como las vais viviendo si son de vuestro agrado”.

“Vive Dios que lo son – respondió –, que cuando tomé la decisión de dejar mi otra forma de vida, esto no podía imaginar iba a suceder”.

“Tomadlo así, pues – apunté -, e dejad pasar el tiempo”.

Y en las cartas fui leyendo e buscando aquella cosa que tanto tiempo me había tenido en intrigas, hasta que llegaron los paseantes. E luego que fueron a beber algo fresco, volvieron al salón, nos besaron e nos contaron todo lo que habían visto e nos narraron las historias que refiriérales Su Ilustrísima. E poco después, sentólos éste a la mesa e les puso por tarea el escribir lo vivido en aquella mañana.

Y en esto estábamos, cuando llamaron a la casa e, al poco, entró don Diego, que a por el pequeño venía:

“¡Vive Dios, que ha de ser hoy un día de calor! Fresca está esta casa e gusto da de entrase en ella”.

“Sentaos pues una pieza – dijo don Juan – que priesa no hay e los niños han de acabar su tarea”.

“¿Qué decís? – preguntó con gran asombro - ¿Haciendo tareas los tenéis? A fe que deberéis decirme el secreto para mantener a esa criatura más de dos minutos sentado y en silencio, que en casa no hay forma de verle sin movimiento”.

“No es menester – le dije – que estén siempre quedos, mas ya veis que vuestro pequeño saltamontes también sabe obedecer. E con placer lo hace”.

E haciéndonos unas señas, pidió don Diego le acompañásemos a otra parte de la casa por hacernos algún comentario, e con esto, fuimos don Juan e yo a oír sus cuitas:

“Poco o mal entiendo que esté el niño aquí tan a gusto si no es porque su madre no le habla: le grita e le azota. E paréceme que el niño se vuelve rebelde. Algún consejo os pediría”.

E al oír tales razones, le dije:

“Convenced a la madre de que lo enviáis a uno de esos que llaman «campamentos de verano» e dejadlo aquí. Veréis cómo cambia. Un favor os debo e no sé cómo pagároslo, que quiero la mejor escuela para mi ahijado e no habéis dudado en buscarla. Si se consigue, es otro asunto. Vuestra voluntad me basta”.

“Mas vos, capitán – ya habéis puesto el remedio, que nunca así he visto al niño”.

“Id pues a casa – dijo don Juan – e traed cualesquiera cosas que vaya a necesitar el niño. E dejad luego nosotros hagamos el resto”.

En Ronda y a veinte y seis del año de dos mil e seis.

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