25 junio, 2006

Del siguiente viaje a Fuentefría e lo que descubrí (y 3)

omprendí al poco de estar allí por qué habían de llamar al pequeño Diego Jesús con el nombre de “saltamontes”, pues de risco en risco iba cual cabra, mas viendo yo que lo ágil de Marinín no era tanto, hube de decirles que no saltasen:

“¡Oídme bien! ¡Saltamontes y Marino!, que no digo que la mesa está presta porque mesa no hay, mas sobre una manta en el suelo se extiende ya un mantel y está éste por encima lleno de ricas viandas. Dejad ahora los saltos y pasad pues al asalto”.

Con esto, nos sentamos todos en el suelo e puse a don Juan un pequeño catrecillo moderno que se pliega. E antes de poner allí los dedos, dije a los niños refrescasen sus manos; e luego su cara. E Marcos encargóse de que así lo hicieran. E a don Juan puse en su regazo una servilleta e allí le serví algunos trozos de aquellas preseas, e dijo éste:

“¿Es que por estar en el campo, en la naturaleza e más cerca de Dios que en otro sitio, no se va a bendecir la mesa?”

E mirándolo Marinín con asombro, le contestó:

“Tío Juan, supongo bendeciréis la manta e lo que la rodea e la cubre, que la mesa bien lejos ha quedado de aquí”.

“Sois un mal demonio – dijo don Juan entre risas – sea mesa o sea manta o sobremesa o mantel, lo que se bendicen son los alimentos, mas, si ello os satisface, bendeciré pues la manta también”.

E allí comimos e descansamos una pieza e fuimos luego a hacer exploraciones por entre las rocas e, tomando a Marinín de las sus manos, le subí a un alto risco e le puse en el centro e le dije mirase a la sierra e gritase su nombre. Y esto hizo e oímos todos el eco: “Marino, Marino, Marino, Marino…”.

“Jo, papá – dijo éste - ¡Los montes repiten mi nombre!”

Volvimos al atardecer a Ronda e metimos a los niños en el baño (pues sitio limpio por donde cogerlos no había) e les pusimos luego otras ropas más apropiadas. E insistían ambos en seguir jugando cuando dije de avisar al abuelo para que viniese a por Diego Jesús e ambos se negaron. E con esto les dije:

“¿Acaso no estáis, vive Dios, cansados de tanto trote? Tal vez el baño os ha despejado demasiado. Esperaremos una pieza hasta la cena. Quedaos aquí jugando con vuestras cosas e iremos tío Marcos e yo a refrescarnos, que también somos humanos e también sudamos e nos fatiga el monte”.

E mirándome Diego Jesús azorado pidióme (aquel saltamontes) le dijese a su abuelo le dejara allí un poco más. Y el abuelo, más tarde, a esto accedió.

En Ronda y a veinte y cinco del año de dos mil e seis.

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