17 junio, 2006

Del pájaro que huyó

omenzado ya el almuerzo, preguntó don Juan a Marino dónde había estado en la mañana, e le dijo éste que en la plaza hubo estado jugando con sus amigos; e así mesmo le dije yo que pedióme permiso para irse. E sin ningún enfado, mas gravemente, le dijo don Juan estas palabras:

“Pues larga ha sido la mañana e paréceme que con los pájaros que en el pequeño patio tengo habéis estado jugando también”.

“No tal, tío Juan – respondió el pequeño – que sólo juego con los que están en libertad e vienen a que yo les de de comer”.

“No me gusta, Marinín – insistió don Juan – que los niños mientan; e tampoco los mayores”.

“Os juro – respondió Marino al punto - que yo…”.

“¡No juréis! – fue severo don Juan –, que ya sabéis no debe hacerse; y aún menos en falso”.

“Os lo prometo entonces – respondió cabizbajo Marino –. E no sé por qué me decís esto”.

E soltando la servilleta en la mesa, miró Su Ilustrísima al pequeño e le dijo:

“Tal vez por ignorancia, y eso no lo dudo, pensasteis que podrías dejar libre a uno de mis mejores pájaros, mas no sabéis que esos no vuelven. Y mucho valor tiene un pájaro desos como para dejarlo en libertad”.

“Los que están en libertad – dijo el niño a media voz – vienen porque yo les doy de comer; los otros no necesitan venir; tienen su comida e su bebida”.

“Así es – respondió don Juan – e mucho dinero cuesta uno desos pájaros e también cuesta dinero darles de comer; que hasta treinta euros he pagado por uno dellos”.

E ante nuestro asombro, e sin que nadie dijese palabra alguna, levantóse Marino de la mesa sin abrir la boca e fuése, volviendo en una pieza por las escaleras, e acercóse a don Juan:

“Aquí tenéis, tío Juan, treinta euros, que aunque no he sido yo quien ha dejado escapar al pájaro que decís, quiero pagarlo, pues parece sólo os importa su valor en dinero e no su vida. Guardad esta moneda, e cuando descubráis que yo no he sido quien lo ha dejado escapar, entregadla a quien la necesite”.

Tanto Marcos como yo, observamos al pequeño sentado en la puerta del patinillo toda la tarde vigilando, e nos pareció ver en la mirada de don Juan una grande tristeza.

“Nunca miento – me dijo Marino al acostarse –, papá; y eso ya lo sabéis”.

En Ronda y a diez y siete de junio del año de dos mil e seis.

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