Marcos e don Juan convencí de quedarse con el pequeño, pues un paseo quería dar solo por las calles de Sevilla a la hora de la siesta. Fuéronse todos al gabinete por estar más frescos e yo a mi habitación por abrir una de aquellas bolsas sin aire donde se encontraban mis ropas, e poniéndomelas, salí con cautela de la casa de forma que nadie me viese. Conmigo venían mi espada, mi daga y mi puñal e, aunque ya no era dado por válido, el salvoconducto que el mesmo rey habíame concedido.Por hacer el paseo, la búsqueda o la persecución un poco más dificultosos, tomé hacia la parte de arriba e bajé luego por las solitarias calles Pajaritos, Francos, Chapineros… Desta forma, vine a salir a la Plaza de San Francisco, donde hállase el Ayuntamiento; e casi nadie caminaba por las calles. Mas, tomando luego hacia la izquierda, comencé a bajar de espacio por la calle de
Hernando Colón, que a la Puerta del Perdón de la Catedral da. Y allí noté, sin volver la mirada, que los extraños visitantes de monumentos tras de mí venían. Y tomando luego por una callejuela que queda a la izquierda, esperélos en guardia.Bajaban la calle con premura, pues creerían haberme perdido de vista, mas saliendo yo de la bocacalle, vilos correr hacia abajo e gritéles:
“¡Ehhhhhh! ¡Aquí estoy si me buscáis!”.
E volviéronse al punto entrambos e me miraron restando suspensos. Con esto, bajé la distancia que nos separaba sin priesa alguna e, ya frente a ellos, les dije:
“Mal trabajo os han encargado, que además de sufrir los calores de Sevilla, otros calores sufriréis si no hacéis lo que os digo. De nada me ha de servir mostraros este salvoconducto de Su Majestad, pues de nada para vosotros sirve éste ni importancia alguna tiene España, sino que… el Capitán Alacaída os estorba e ya os está fatigando”.
“Órdenes cumplimos, señor – dijo uno dellos – que no es otro nuestro trabajo”.
E oyendo esto, sorprendíme y enojéme y contestéle:
“Buscad pues otro trabajo más seguro si vivo queréis seguir, pues este momento ha de ser el último en el que nos veamos con vida; e vive Dios, que quitármela a mí no es tan fácil. Seguid pues cumpliendo esas órdenes e pronto dejaréis de hacerlo y de cobrar vuestra soldada”.
Quedaron mudos entonces e me volví calle arriba, mas dando sólo unos cuantos pasos, me detuve, me volví e rematé:
“¿Habéis mujer e familia? No me gustaría dejar viudas con niños que cuidar”.
En Sevilla y a once de junio del año de dos mil e seis.


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