asamos a las naves del templo, que siendo el tercero en tamaño en todo el Mundo el segundo es de estilo gótico e son sus pilares los más grandes existentes así como el retablo del Altar Mayor, repleto de primorosas obras de los mejores artistas.
Aún siendo de día, es su interior acogedor y de luz profunda e un paseo por sus enormes naves, el espíritu eleva. E sabía yo que Su Ilustrísima habría de cumplir con sus obligaciones e que deberíamos acompañarle, pues nos llevó a una pequeña capilla donde iba a comenzar una misa.Veíase desde allí el entramado de rejas del altar mayor e Marino no podía dejar de volver la cabeza a un lado e a otro e don Marcos tomaba recuerdos con su nuevo estuche de «cámara de fotos» e, acercándome un poco a su oído, le dije:
“No sé si deciros que comprar esa cámara ha sido buena o mala idea, pues por un lado guardará recuerdos destos sitios para vos y para el niño e por el otro guardará mi imagen, que me fatiga verme luego sobre un papel”.
Asistimos así a una corta Santa Misa y, esperando luego un poco a que hubiera don Juan unas pláticas con el sacerdote que oficióla, al crucero del templo nos acercamos, e mirando al techo, más se estremecía el cuerpo por su altura e su belleza que por el dolor que en el cuello aparecía. Durante un tiempo, no muy lejano, púsose en el suelo un espejo de gran tamaño, de tal manera y forma, que sin levantar la cabeza podía observarse.Más tarde, frente al Altar Mayor fuímos, que es donde encuéntrase el coro e que no tiene acceso para los visitantes, mas, llamando don Juan a un mozo (que algún sacristán sería), abriónos por un lado la reja y en él entramos.
Acabada esta vistita, no quise yo fuera fatiga para todos ver más cosas en la mañana, sino tomar algo en una taberna cercana que en la Calle de Mateos Gago se halla y tiene por nombre Bar Giralda e siempre acuden a él muchas gentes. Pidióse don Juan, como nosotros, algo fresco que beber mas añadió un bocado para aguantar hasta la hora del amuerzo; e llaman a estos bocados «tapas».
Y, pasada una pieza, levantó con esfuerzo Marino su brazo y puso junto a los vasos hasta cincuenta euros. Miróme Marcos con grande asombro e miréle yo a él e no miró don Juan porque con alguien hablaba cerca de la puerta. Viendo esto, preguntéle al pequeño:
“¿Queréis decirme de dónde habéis sacado tal cantidad de dinero o es que acaso ahora os dedicáis a la sisa?”.
“No es aqueso, papá – dijo un tanto asustado -, que ya a la sisa no me dedico, sino que traigo a provisión unos euros porque no seáis siempre vos quien pague todo lo que yo tomo e os suponga una carga”.
“¿Qué cosa decís? – repuse - ¿Sabéis que cincuenta son muchos y decís aún tenéis más provisión? Esto quiero me detalléis en llegando a la casa, que sobre las cosas del dinero debe quedar todo bien claro; e sabed que no sois ninguna carga – suavicé el tono -, sino que tengo la obligación de manteneros hasta que examinéis de carrera y os ganéis la vida por vos mesmo. Dejad pues el montante que tengáis a buen recaudo hasta entonces”.
“A buen recaudo está – contestó – y lo que decís he de hacer, mas dejadme ahora pague yo esto tomado”.
En Sevilla y cuatro de junio del año de dos mil e seis.


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