25 junio, 2006

Del Día de San Juan (3)

n la cocina estuve una pieza, que no habría sólo de preparar la bebida, sino mostrarle a Cristina cómo hacerla. Llegado el momento, nos sentamos todos a la mesa, y estaba esta vez Diego Jesús junto a Marinín y entre ellos hablaban. Así los miró don Juan con grave gesto porque callaran. Vino Cristina de la cocina con un recipiente muy bello e allí lo colocó entre los grandes tazones de loza fina, bendijo don Juan la mesa e se fue sirviendo. Tomaron los pequeños algo del Xoclatl antes de pensar en los bizcochos, e luego desto, pasaron la lengua por el bigote e dijo Diego:

“¡Por ventura es esto como el chocolate que en casa se toma, pero mucha más espeso, más obscuro e delicioso! Allí se pone un vaso de leche e luego se pone cola-cao, mas ¡no sabe como esto!”.

“Pues paréceme que lo que tomáis en casa- le dije – es como esto mas no está bien hecho. A vuestra madre he de explicar cómo hacerlo”.

E quedó el pequeño mudo e miró a Marinín con tristeza, e dijo Su Ilustrísima:

“Sepa vuesa merced, capitán, que sus padres están separados, e prestando más atención a sus trabajos que a sus obligaciones de padres, está el niño casi siempre con su abuelo. Sería tal vez más atinado darle la receta al abuelo, que de seguro se lo preparará gustoso… ¿Es esto cierto, pequeño?”.

E contestó Diego Jesús a media voz: “Él me lo hará y como este espero sea”.

“¡Vamos! – dijo don Juan - ¿A qué esperáis para catar esos exquisitos bizcochos?”.

“A fe. Capitán – dijo don Marcos en baja voz e acercándose a mí – que estos bizcochos sé quién los ha preparado”.

“Comedlos – le respondí – que su sabor nada tiene que ver con quien los haya hecho”.

E fue largo e divertido el desayuno e aparecieron luego sobre la mesa muchas cajas (unas más grandes e otras más pequeñas). Allí estaban los regalos para los que cecebían homenaje.

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