ubrimos los cuerpos de los niños con sendas toallas e los nuestros con las batas, e nos llegamos a su dormitorio para el baño. Y tan divertido fue e tan fuerte reímos, que apareció por la puerta don Juan, e dijo:“¡Jesús!, que estas costumbres modernas las hagan los jóvenes… mas ¡un capitán con más de cuatrocientos años…!”.
“No preocupaos Ilustrísima – dijo Marcos – que el baño acabará pronto e todos estaremos prestos para ese desayuno”.
“Así lo espero – le contestó -, que ese Xoclatl he de catarlo hoy acompañado de unos exquisitos bizcochos; e otros muchos dulces que hay”.
E sin que nos diésemos cuenta, pusiéronse en pié los niños y extendieron sus brazos hacia Su Ilustrísima felicitándole por el día de su santo.
“¡Gracias, gracias, hijos! – respondió –. No esperaba esta felicitación tan… especial. Dadme un beso e, dentro de un rato, os quiero abajo bien vestidos e peinados para ese desayuno”.
E así, terminado el baño, pusimos a los dos niños las ropas, que a Diego Jesús hubo de buscársele alguna cosa de Marinín por estar sus ropas sucias de la noche pasada. Y en poco tiempo, nos vestimos los mayores, e allí estaban los chicos sentados en nuestra cama recordando lo pasado el día anterior e sin parar de reír.
“Bajemos – les dije – que ya estamos todos prestos. Algún mandilillo habré de ponerme por no llenar las ropas en la cocina, e mientras tanto, quedaos con don Juan e sed bien seriecitos, que a veces le salen las malas pulgas, aunque no creo las saque hoy de paseo”.
E tomando a parte a don Marcos en un momento, le dije:
“A fe, que esto vivido esta mañana no me será fácil de olvidar; y esperemos que Su Ilustrísima no nos venga luego con algún que otro sermón”.


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