25 junio, 2006

Del Día de San Juan (1)

ue el despertar muy agradable, pues oí la voz de Marcos llamarme con suavidad e puso su mano sobre mi hombro diciendo:

“¡Marino! ¡Marino! ¿Aún dormís? ¿No habéis notado que nadie nos ha llamado para la misa? Seguid durmiendo si os apetece, que deberéis estar cansado”.

“A fe que fatigado estoy – le dije volviéndome hacia él – que no paramos de rama en rama desde hace ya muchos días, e viene hoy otro de tampoco reposar. Lavantaos si queréis e dentro de otro poco me levantaré yo”.

E oí que se entraba al cuarto del baño e seguí reposando otro poco, hasta que recordé que teníamos un invitado. E me incorporé presto e fui a ver a los niños a su estancia, mas, llamaba a la puerta e no contestaban; así, abrí con cuidado e vilos a entrambos durmiendo profundamente; e volví a cerrar la puerta. Eran casi las nueve de la mañana.

Parecióme oír que alguien se acercaba por los pasillos y, aún estando con la camisa, esperé por ver quién era y, por la esquina de la escalera, apareció Servando, el sirviente, e preguntéle:

“¿Hase dado hoy orden de no llamar a nadie o es que alguien se ha quedado dormido?”.

“Las dos cosas me parece han sido, señor – respondió -, que siendo hoy la misa de San Juan a las doce, no era menester madrugar; mas aún sigue Su Ilustrísima recogido descansando”.

“Bien me parece - le dije – que de vez en cuando cambiar el horario no es malo. Nos iremos aprestando para el desayuno, que ya sabéis voy a preparar yo una bebida con Cristina”.

E cuando nos despedimos, entré en la estancia e pasé al baño directamente, pues debía despejar la cabeza pronto e ponerme manos a la obra. E allí estábamos, cuando se abrió la puerta y entró Marinín casi dormido e dándose con las manos en los ojos en diciendo:

“¿No hay hoy misa y ese desayuno con Xoclatl? ¿Por qué no nos habéis llamado?”.

E me quedé inmóvil primero e me cubrí luego con la toalla por secarme e le dije:

“¿Nadie os ha enseñado a que antes de entrar en sitio alguno debéis de pedir permiso?”.

Y estaba Marcos de espaldas e también cubrióse con la toalla, mas, acercándose al pequeño, le dijo:

“Cuando queráis entrar, podéis hacerlo, mas si antes llamáis por dar aviso será más atinado”.

“Pues no veo por qué – dijo el pequeño – que a mi habitación entráis y a mi baño e nunca avisáis; mas si he de hacerlo así, como dice mi padre, así lo haré”.

E no fue esta la única sorpresa, pues detrás de Marinín apareció Diego Jesús, e dije:

“¡Santo Dios!, ¿no podéis esperar a que terminemos nuestro aseo e ahora haremos el vuestro?”.

“Como digáis, papá – respondió – aquí mesmo nos sentaremos mientras a esperaros”.

E no sabiendo qué decir, allí los dejamos.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario