29 junio, 2006

Del día de las Llaves del Cielo (y 2)

ubí tras el almuerzo al dormitorio de Marinín, e yaciendo en su cama, leía en voz alta una de aquellas cartas anónimas que en clave se hallaban escritas e que eran de mi tío don Álvar. Tan extraño era el texto y tan compleja la clave, que no recordaba haberla leído nunca, e me repetía a mí mesmo aquellas palabras por encontrarles un sentido:

“Así como a las cuatro menos veinte minutos de la tarde caerá el sello que abrirá las puertas, hasta las nueve menos cuatro minutos, mucho más tarde, no acabará vuestro ascenso”.

E oyendo esto el pequeño, dijo al punto:

“Deberíais, papá, calcular bien esas horas, que todo a números se convierte, hasta los colores. Convertid a números eso e tal vez tengáis esa clave que os atormenta”.

“No creo mucho que unas horas – le dije - puedan convertirse a números, pues números son. ¿Acaso se os ocurre convertir unos números en otros?”.

E volviéndose hacia mí, e con toda seguridad, me dijo:

“Estas máquinas que usamos ahora – contestó -, hasta el sonido convierten en números. Tal vez el secreto esté en esos números que vos no sabéis cómo leer”.

“La cuatro menos veinte de la tarde ¿son números?” – preguntéle - .

“Así lo creo – dijo seguro - que no tienen los mismos números las cuatro menos veinte de la mañana que las de la tarde, pues las de la mañana son las 3:40 e las de la tarde las 15:40”.

“Acláreme mi pequeño eso que dice, que habéis convertido mañana e tarde en números distintos”.

“Y así es – respondió –; que tiene el día veinte y cuatro horas e no las doce que en estos relojes vemos, e pasando el medio día se pasan las doce. Así, las 15 son las 3 de la tarde. No veo sea eso complejo para vos, papá”.

“A fe que no lo es, mas la clave sigo sin descubrir”.

E mirándome con extraño el niño, levantóse de su asiento e sentóse junto a mí en la cama e me hizo esta pregunta:

“¿Cómo decís vos en inglés el nombre del año 1540?”.

E dejóme pensativo un momento y empecé a ver alguna cosa más clara. E así le dije:

“Fifteen forty: ¡quince cuarenta!”.

E no quise decir nada más, pues una clave parecía esconderse allí, que si las cuatro menos veinte de la tarde eran las 15:40 y esto pudiere ser número de año, otro habría de descubrir. E mirando la hoja que tenía en la mano leí: “las nueve menos cuatro minutos de la tarde”. Convertí esto a números e dio como resultado las 20:56, que si lo interpretaba como número de año, hacía referencia al año de 2056. Con esto, releyendo el texto, incorporéme de espacio en la cama e noté me mudaba la color:

“Así como a las cuatro menos veinte minutos de la tarde caerá el sello que abrirá las puertas, hasta las nueve menos cuatro minutos, mucho más tarde, no acabará vuestro ascenso”.

En Ronda y a veinte y nueve de junio del año de dos mil e seis.

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