29 junio, 2006

Del día de las Llaves del Cielo (1)

ra ya media mañana, cuando leían los pequeños con los mayores en el salón, e uno dellos dijo: “Jo, esto no entiendo”. E levantando la vista al mesmo tiempo, Marcos, don Juan e yo, preguntamos: “¿Qué es lo que no entendéis?”.

E así, mirando en el libro, dijo Marinín:

“Dice aquí que San Pedro es el que tiene las llaves del Cielo, y ¿dónde están las puertas?”.

E miré a Su Ilustrísima por si quería él dar respuesta a esto, mas, por algún motivo, inclinó su cabeza como dándome la venia para que yo respondiese. E así les dije:

“Son símbolos. Mirad, que cosa más bonita que esta no oiréis. Ni el infierno está ahí debajo de la tierra con sus llamas eternas ni la Gloria está ahí arriba, donde se estampan las estrellas por la noche o luce el sol en el día. Aquí, en esta vida, están la Gloria y el Infierno. Y ese mensaje nos dejó Jesús, mas había una clave para obtener la Gloria; y esta clave se la dio a Pedro. Esas son las llaves. ¿Las puestas, decís? ¿Por dónde se entra para obtener la paz del alma, la Gran Felicidad, la Gloria? Por las puertas del Amor y la Verdad. Su Ilustrísima me corregirá si en algo yerro”.

Y entre dientes, acercando su cabeza a la mía, me dijo:

“Jamás he oído una explicación mejor para los niños”.

E siguiendo lo por mí manifestado, habló como siempre, con su gran sabiduría:

“Tal como os ha dicho el capitán, en esta vida habréis de encontrar la Gloria y esto no es difícil, mas muchos están ciegos y no lo ven. Daos, amaos y sentiréis luego eso que decimos «estar en la Gloria»”; quitad, odiad, e sentiréis luego un infierno que os atormenta. La clave me parece tenéis ya, mas siempre que os surja cualquier duda, preguntad. Cada escalón que subáis en la Escalera hacia el Cielo ha de estar firme”.

E oyendo esta frase, vino a mi mente otra nueva imagen. Era una escalera rústica e serpenteante que iba desde la casa de la Fuentefría hasta la misma fuente.

Pedro, ¿me amas?

En Ronda y a veinte y nueve de junio del año de dos mil e seis.

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