Di los golpes concertados en la puerta cerrada e abrióse con lentitud el postiguillo e le dije a Chuti:
“Abrid, amigo, que quien conmigo viene bien merece se abran las puertas de par en par, que lleva sangre de león y además es leonés; e llamad presto a Marcos, que habrá buen contento de ver a este hombre”.
Mas estaba Marcos ya en el patio como percibiendo el aroma del romero e como en tránsito, y al volverse, se sorprendió e se acercó presto a saludar al señor inspector e a mostrarle muchos parabienes; e así le dijo éste:
“¡Cuánto placer, querido abogado, me da el volver a veros y en ciudad tan grande y en día tan señalado! Así veo que seguís con el capitán y esto me llena de gozo y veros a entrambos juntos agora es lo que esperaba y que había menester”.
Hice se preparase la mesa para un buen desayuno ( que ya era casi almuerzo y que ya sabía cómo gustaba este inspector de tales placeres). E con esto nos sentamos a la mesa e tomé yo la presidencia e la bendije (aunque parecióme que a esta usanza no acostumbraba este hombre).
Y ya empezada la comida, le dije con cierta güasa sevillana al inspector:
“En Sevilla nos habéis pillado, que en Ronda deberíamos estar e no sé si eso lo sabéis”.
“Todo eso sé – respondió -. Terminando el refectorio daré más detalles, que comer y hablar es trabajoso e sobre todo siendo estos manjares exquisitos. Dad mi enhorabuena a vuestro servicio, que desayuno como este quisiera yo en casa todos los días”.
E terminado de comer todo lo que le apetecía, nos dio estas razones sin otro preámbulo:
“Tal como sabía yo lo que se guisaba en León, sé lo que aquí se guisa, que aunque no me corresponde a mí dar solución a estos entuertos, si puedo aclararos algo, quedaré de gran contento, pues hay todavía hombres que os buscan por allí e por allá porque no les gusta que un capitán «añejo» descubra ciertas cosas. Quizá os asombre, pero sé que a dar de comer a ciertos bicharracos os dedicasteis el otro día, e como dicen que si no comen se extinguen (que así pasa con los humanos también), un favor les habéis hecho a entrambas partes. Los buitres tuvieron su alimento y otra parte de la carroña existente borrasteis del mapa. Y es esto llamado «tomarse la justicia por su propia mano»; e mucho me temo que cosa tal no debe hacerse; pero ¿quién sabe nada? No temáis por cosa alguna, que toda esta zona ya está vigilada e no tengáis cuidado por lo que os pudiera ocurrir, que tal vez esto os valga una medalla”.
E se dio en risas mientras limpiábase la boca con la servilleta.
En Sevilla y a quince de junio del año de dos mil e seis.
“Abrid, amigo, que quien conmigo viene bien merece se abran las puertas de par en par, que lleva sangre de león y además es leonés; e llamad presto a Marcos, que habrá buen contento de ver a este hombre”.
Mas estaba Marcos ya en el patio como percibiendo el aroma del romero e como en tránsito, y al volverse, se sorprendió e se acercó presto a saludar al señor inspector e a mostrarle muchos parabienes; e así le dijo éste:
“¡Cuánto placer, querido abogado, me da el volver a veros y en ciudad tan grande y en día tan señalado! Así veo que seguís con el capitán y esto me llena de gozo y veros a entrambos juntos agora es lo que esperaba y que había menester”.
Hice se preparase la mesa para un buen desayuno ( que ya era casi almuerzo y que ya sabía cómo gustaba este inspector de tales placeres). E con esto nos sentamos a la mesa e tomé yo la presidencia e la bendije (aunque parecióme que a esta usanza no acostumbraba este hombre).
Y ya empezada la comida, le dije con cierta güasa sevillana al inspector:
“En Sevilla nos habéis pillado, que en Ronda deberíamos estar e no sé si eso lo sabéis”.
“Todo eso sé – respondió -. Terminando el refectorio daré más detalles, que comer y hablar es trabajoso e sobre todo siendo estos manjares exquisitos. Dad mi enhorabuena a vuestro servicio, que desayuno como este quisiera yo en casa todos los días”.
E terminado de comer todo lo que le apetecía, nos dio estas razones sin otro preámbulo:
“Tal como sabía yo lo que se guisaba en León, sé lo que aquí se guisa, que aunque no me corresponde a mí dar solución a estos entuertos, si puedo aclararos algo, quedaré de gran contento, pues hay todavía hombres que os buscan por allí e por allá porque no les gusta que un capitán «añejo» descubra ciertas cosas. Quizá os asombre, pero sé que a dar de comer a ciertos bicharracos os dedicasteis el otro día, e como dicen que si no comen se extinguen (que así pasa con los humanos también), un favor les habéis hecho a entrambas partes. Los buitres tuvieron su alimento y otra parte de la carroña existente borrasteis del mapa. Y es esto llamado «tomarse la justicia por su propia mano»; e mucho me temo que cosa tal no debe hacerse; pero ¿quién sabe nada? No temáis por cosa alguna, que toda esta zona ya está vigilada e no tengáis cuidado por lo que os pudiera ocurrir, que tal vez esto os valga una medalla”.
E se dio en risas mientras limpiábase la boca con la servilleta.
En Sevilla y a quince de junio del año de dos mil e seis.


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