18 junio, 2006

Del Corpus Christi en Ronda (1)

reparamos Marcos e yo a Marino con sus mejores galas por asistir a la Eucaristía e procesión del Corpus. Peinólo Marcos e le dijo:

“A fe, grandullón, que el mesmo lunes he de llevaros a que el peluquero os de un repaso, que aquí ando haciendo juegos malabares por disimularos el mal corte que ya tenéis”.

Y en oyendo estas palabras, dije:

“Peores cortes diéronme en Madrid e dijeron además que así habría de ir. No digáis esas cosas al niño. Poned sus pelos en orden porque el día lo merece y ya se verá qué le hacen. Puedo aseguraros, Marcos, que en saliendo de la casa del barbero peor que agora estará su cabellera”.
E así, bien vestidos e hasta perfumados con afeites, bajamos solemnemente las escaleras. E allí encontramos a don Juan en sus lecturas, que paréceme que libro no hay en biblioteca alguna por donde no hayan pasado sus ojos, e dijo al punto:

“Buenos días nos dé Dios, familia toda, que bien veo os habéis puesto ricas ropas e buenas galas por celebrar (otra vez) este día. E antes de salir, quisiera yo haber una corta plática con Marinín. Sólo un minuto, si no os es estorbo”.

E así, pasaron entrambos a su despacho e volvieron en poco tiempo e, yendo ya hacia la iglesia, preguntéle a mi pequeño si podría saber de qué cosa se había hablado, y esta fue su respuesta:

“A guardar los secretos estoy acostumbrado, papá, mas si por consideraros mi padre debo deciros lo hablado, he de hacerlo”.

“¡Ni se os ocurra! – contestéle – que un secreto es secreto para todos, hasta para vuestro padre, como lo es el de la confesión”.

Llevaba don Juan al niño de la mano e le preguntaba éste:

“¿En verdad soy tan pequeño para ayudaros a la misa?”.

Y así le dijo don Juan:

“Más grande de lo que parecéis sois, que hasta yo me siento inútil a vuestro lado”.

E ambos pusiéronse a reír. Y las gentes saludaban a Su Ilustrísima e se agachaban por conocer a quien a su lado iba.

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