alió don Diego a buscar a su esposa e dijo no tardaría más de quince minutos, mas sabiendo que las mujeres – aunque un poco entradas en años – son presumidas, fue la vuelta más tarde de lo calculado. E ya Su Ilustrísima se impacientaba, que en esto de las citas es como reloj, pues aunque no lo mire sabe el retraso e no le gusta:“El arroz se va a pasar – dijo – y ni el couscous ni el engrudo me agradan, mas todo sea por mejora de esta mujer, que cuando la veáis, veréis tiene algo que atrae”.
E llegóme esta curiosidad que de por mí tengo e preguntéle a don Juan en qué cosa atraía aquella señora. E así me dijo:
“Poco sale ahora y poco se la ve, que deben ser sus dolores fuertes, pues es esta mujer de sonrisa e de agrado aunque por dentro sienta el dolor, que así fue cuando murió su único hijo Diego; e dolor más grande no existe que este. Murió este joven al caer de un caballo e fue golpe duro para toda la familia, que aún quedándole una hija, más parece que no sea suya; e pienso yo la joven está trastornada, que no es de razón abandonar a los padres e dejarles luego la carga del pequeño. He aquí por qué don Diego no ha buenos pensamientos de su propia hija, que hasta a su nieto da malos tratos”.
E mientras nos hablaba destas e otras cosas, volvieron a llamar a la casa, e al poco entró don Diego por el postigo e ayudó a su esposa a pasar al patinillo e, llegando a los rosales que en el arriate se encuentran, dijo esta mujer:
“Estas rosas sí que no han de morir nunca, que tal belleza se merece vida eterna”.
E al decir esto, noté en su interior la fuerza que con uno nace. E mirándome al punto, me dijo sin conocerme:
“De saludaros me alegro, capitán, y en mí tenéis a una sierva vuestra más”.
E, acercándome, besé su mano e luego le dije:
“Lo que tenéis, señora, no es una sola cosa. Los dolores de los huesos vienen con la edad e dificultosos son de quitar (aunque puedan remediarse); el fluir de vuestra sangre es escaso e será remediable; el nieto que tenéis es un gran ayuda para vos”.
E riendo muy premosa, dijo:
“No pienso creáis que un niño saltando todo el día sobre mis piernas sea el remedio”.
Con esto, pasamos al salón cuando sonaba ya la campanilla que nos llamaba al refectorio, e así, llamó Marcos a los niños e bajaron éstos con premura e a la mujer se abrazaron e ambos la llamaron «abuela»”.
“¡Dios Santo! – dijo doña Montserrat tomando la cara de Marinín -, que niño como este no he visto nunca”.
En Ronda e a veinte y siete de junio del año de dos mil e seis.


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