09 junio, 2006

Del anuncio que recebí como amenaza

omamos un «tentempié» – que dicen aquí al bocado que nos aguanta hasta el almuerzo – e volvimos de espacio por la calle de García de Vinuesa hasta la Catedral e subimos la cuesta hasta la casa. Y ya allí, e antes del almuerzo, vino Chuti a entregarme una carta que venía certificada e que él mesmo recibió para mí.

Mirando el sobre estaba – que parecía oficial – cuando díjome Marcos haber recebido llamada temprana de don Fernando avisándome de ciertos cambios. E abriendo la nema, encontré dentro un papel donde se me anunciaba la posible retirada de la tutela de Marino, e fue tal mi reacción, que tomóme Marcos entre sus brazos y a la estancia me llevó porque nadie imaginase cosas. Allí dentro, me dijo:

“Tal cual os han retirado vuestro título de capitán, quieren ahora retirar al pequeño de vos. No quiero pensar que hay alguien que muerto os querría”.

“Si tal cosa fuese cierta – le aseguré – habrían primero de pasar sobre mi cadáver e mi espada para llevarse a mi niño, e si esto consiguieren, hasta en forma de fantasma volvería e cercenaría sus cabezas sin piedad alguna, que a veces la Fe, la Esperanza y la Caridad, necesitan de alguna defensa”.

“A fe, capitán – contestó – que está vuestra vida en peligro. Esperemos ahora que don Juan termine en Sevilla sus asuntos e volvamos a Ronda, que ha de ser lugar más seguro para todos, que ya entiendo por qué decís ciertas cosas, que la historia, si se olvida, se repite; y esto es peligroso”.

“¡Nadie! – grité -, ¡Nadie en esta tierra bendita de España va a borrar las huellas de sus mejores servidores!”.

En Sevilla y a nueve de junio del año de dos mil e seis.

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