
Salimos a las compras llegadas las diez (que antes no hay negocio alguno abierto) e bajamos hasta la Plaza de San Francisco donde ya veíanse los preparativos para fiesta.
En cada rincón, en cada esquina, pueden encontrarse monumentos e altares preparados para el paso del Santísismo y, en la puerta trasera (que antes fuese la delantera) del Ayuntamiento, levantábase el altar que ya ha muchos años se viene poniendo, e viendo esto, preguntó Marino:
“¿Es esto ciudad o monumento?; pues no veo en ella cosas más que monumentos que quitan el habla”.
E así mesmo, dijo Marcos:
“¡Santo Dios Bendito!; que nunca imaginé que en la calle se pusiesen cosas de tal belleza e tal valor, mas, decídme: ¿también aquí, en las plazas, se colocan velas como la que en vuestro patio tenéis?
“Pensad – le dije – que aquí es siempre el sol muy fuerte, e las calles se cubren con estos toldos o velas por hacer más placentera la estancia”.
Con esto aclarado, tomamos luego la subida hasta la Cuesta del Rosario, donde hay tienda que está especializada en estos trajes de comunión. E ya doblando la esquina de la Plaza del Salvador, parecióme ver a tres hombres que tras nuestro rastro venían, e al mirarlos yo, en una esquina se escondieron. Seguimos hasta la tienda y, con ese ojo que todos tenemos que hacia atrás vé lo que no ven los otros hacia delante, parecióme aceleraban el paso por alcanzarnos. Llegando a la calle Francos, díjele a Marcos tomase al niño e corriese a toda priesa por ella e subiese luego por la primera calle que a la izquierda queda, que es la calle de San Isidoro e a esta iglesia da, e siguiesen luego hasta la casa.
Viendo estos hombres que me quedaba solo, intentaron pasar hacia la calle por dar alcance a los otros dos, mas puse mi puño en sus pechos con tal fuerza, que quedaron delante mía e con la mirada amenazante. Al poco desto, sacó uno dellos un pistolete e toda la gente que por allí había salió por las bocacalles corriendo. E así yo pasé de mi inmovilidad total a un salto que no podían esperar; e calló el pistolete al suelo junto con los tres hombres, e con un pié pisé la arma e con el otro el cuello del que la sacó. Agachándome luego de espacio, acerqué mi cara a la suya e le dije aquestas palabras:
“Advertidos estábais de que sería el último día que con vida nos viésemos”.
E incorporándome luego, desenvainé sin priesa mi blanca e puse su punta en su panza, a la altura del ombligo, luego corté en golpe seco los hilos del botón que allí había en la camisa. Subí hacia su cabezsa un poco hasta topar con el siguiente botón, e lo mesmo hice, que de un movimiento rápido e certero, le arranqué el otro. Y así seguí haciendo hasta llegar al del cuello, que veíase entre el nudo aflojado de su corbata. E los sudores le resbalaban por las sienes. Al cabo, e viendo no aparecía guardia alguna aún habiendo pasado una larga pieza, corté los hilos del botón del cuello e luego, tomándole con fuerzas por la corbata, levanté su seboso cuerpo del suelo e le dije:
“Tres sois contra uno, e uno que por cinco vale. Calle abajo correréis cuando yo os deje levantaros y espero no cortar otras cosas si hay otro encuentro más”.
E con la espada corté de un tajo rápido la corbata del follón e calló su cuerpo al suelo como saco lleno. Levantáronse e hicieron lo que les dije, e viendo que hacia la Plaza tomaban, corrí luego yo por Francos hasta mi casa.
En cada rincón, en cada esquina, pueden encontrarse monumentos e altares preparados para el paso del Santísismo y, en la puerta trasera (que antes fuese la delantera) del Ayuntamiento, levantábase el altar que ya ha muchos años se viene poniendo, e viendo esto, preguntó Marino:
“¿Es esto ciudad o monumento?; pues no veo en ella cosas más que monumentos que quitan el habla”.
E así mesmo, dijo Marcos:
“¡Santo Dios Bendito!; que nunca imaginé que en la calle se pusiesen cosas de tal belleza e tal valor, mas, decídme: ¿también aquí, en las plazas, se colocan velas como la que en vuestro patio tenéis?“Pensad – le dije – que aquí es siempre el sol muy fuerte, e las calles se cubren con estos toldos o velas por hacer más placentera la estancia”.
Con esto aclarado, tomamos luego la subida hasta la Cuesta del Rosario, donde hay tienda que está especializada en estos trajes de comunión. E ya doblando la esquina de la Plaza del Salvador, parecióme ver a tres hombres que tras nuestro rastro venían, e al mirarlos yo, en una esquina se escondieron. Seguimos hasta la tienda y, con ese ojo que todos tenemos que hacia atrás vé lo que no ven los otros hacia delante, parecióme aceleraban el paso por alcanzarnos. Llegando a la calle Francos, díjele a Marcos tomase al niño e corriese a toda priesa por ella e subiese luego por la primera calle que a la izquierda queda, que es la calle de San Isidoro e a esta iglesia da, e siguiesen luego hasta la casa.
Viendo estos hombres que me quedaba solo, intentaron pasar hacia la calle por dar alcance a los otros dos, mas puse mi puño en sus pechos con tal fuerza, que quedaron delante mía e con la mirada amenazante. Al poco desto, sacó uno dellos un pistolete e toda la gente que por allí había salió por las bocacalles corriendo. E así yo pasé de mi inmovilidad total a un salto que no podían esperar; e calló el pistolete al suelo junto con los tres hombres, e con un pié pisé la arma e con el otro el cuello del que la sacó. Agachándome luego de espacio, acerqué mi cara a la suya e le dije aquestas palabras:
“Advertidos estábais de que sería el último día que con vida nos viésemos”.
E incorporándome luego, desenvainé sin priesa mi blanca e puse su punta en su panza, a la altura del ombligo, luego corté en golpe seco los hilos del botón que allí había en la camisa. Subí hacia su cabezsa un poco hasta topar con el siguiente botón, e lo mesmo hice, que de un movimiento rápido e certero, le arranqué el otro. Y así seguí haciendo hasta llegar al del cuello, que veíase entre el nudo aflojado de su corbata. E los sudores le resbalaban por las sienes. Al cabo, e viendo no aparecía guardia alguna aún habiendo pasado una larga pieza, corté los hilos del botón del cuello e luego, tomándole con fuerzas por la corbata, levanté su seboso cuerpo del suelo e le dije:
“Tres sois contra uno, e uno que por cinco vale. Calle abajo correréis cuando yo os deje levantaros y espero no cortar otras cosas si hay otro encuentro más”.
E con la espada corté de un tajo rápido la corbata del follón e calló su cuerpo al suelo como saco lleno. Levantáronse e hicieron lo que les dije, e viendo que hacia la Plaza tomaban, corrí luego yo por Francos hasta mi casa.


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