l patio salí temprano y ya encontré allí a Su Ilustrísima leyendo, que el toldo estaba recogido y el día nublado e fresco:“Buenos días nos dé Dios, capitán – me dijo -.
“Buenos días nos dé Dios, Ilustrísima, que aunque es día de un grande santo, también es martes y trece”.
“¡No digáis ahora sois supersticioso! – levantó la mirada del libro –. Me parecía conoceros y aún veo he de descubrir muchas cosas vuestras; e algunas bien raras”.
“Supersticioso no soy, Ilustrísima, - dije entre risas – mas bien paréceme que viene un día de mucho tráfego, y es pasado mañana uno de esos jueves en que más luce el sol. Preparad vos vuestras cosas e repasad luego con Marino cuanto necesite saber, aunque paréceme que más aprenderéis vos dél. Iremos por la mañana a comprarle un traje para esta ocasión, que, según entiendo, de marino ha de ser pues para Marino es”.
“No, no, me equivocaba - apuntó –; el mesmo que siempre he conoscido seguís siendo. Haced pues eso que decís e yo prepararé las otras cosas”.
Salió entonces Marcos al patio teniendo cuidado de cerrar la puerta, pues al pequeño dejó durmiendo por ser temprano. Y por el otro lado del patio, saliendo del antecocina, vino Chuti a ofrecernos un café caliente por hacer el cuerpo. En una mesilla del patio lo tomamos luego e vi preocupado a don Juan en un momento.
“¿Qué pensáis, Ilustrísima?- apunté -; sólo un día habemos para tanto como hay de menester en preparativos de todas clases. Órdenes he dado ya de que se prepare desayuno, almuerzo e cena especial para mañana. Más me preocupa a mí encontrar en un solo día la ropa y el calzado adecuados para la ceremonia”.
“Más que la ropa – contestó a media voz - me preocupa a mí quien ha de llevarla e los que le rodeamos, que ¡los peligros acechan!”
“Cierto es esto que decís - le razoné - mas dejadme al menos pueda yo ser la guardia que ni un instante le pierda de vista, que sus espaldas e su pecho cubra e que auyente, si fuere necesario, a cuanto follón intentase acercarse”.
“Mejor que yo sabéis hasta do podéis llegar – remató -.


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