yendo Su Ilustrísima decía yo que a salvo estábamos del peligro, comenzó a orar en latines:Pater Noster, qui es in caelis,
sanctificétur nomen Tuum,
adveniat Regnum Tuum,
fiat volúntas tua, sicut in caelo et in terra.
Panem nostrum cotidiánum da nobis hódie,
et dimitte nobis débita nostra,
sicut et nos dimittímus debitóribus nostris;
et ne nos indúcas in tentationem,
sed libera nos a malo.
Así pasó primero una parte del viaje e quedóse dormido Marino con los rezos e fue descansando, mas llegando a Algodonales, despertóse en llantos e púsose a vomitar. Pedí entonces a Marcos parase en una venta por cambiar sus ropas, darle alguna cosa para aliviarlo e tomar nosotros algún bocado por aguantar hasta la llegada. Y este tiempo, sin yo pensarlo, dio ventaja a quien de lejos nos seguía.
Seguimos luego nuestro camino e iba yo mirando atrás por un espejo que tiene el coche en lugar oculto; e parecióme ver que otro coche seguía nuestros pasos. Así, acercándonos al cruce de Los Perales, que toma hacia la carretera de la Ribera del Gaidóvar, le dije a Marcos girase a la diestra con velocidad por no ser vistos.
Mas cuando subíamos por la retorcida carretera, aquel otro coche tras nosotros subía y, en llegando a un lugar donde se abre un camino a mano diestra, dije a Marcos pasase su entrada un poco e, dejando caer el coche, entrase en aquella vereda hacia atrás e diese la vuelta hacia Ronda. No entendía por qué decía yo tal cosa e hube de gritarle: “¡Haced lo que os digo, vive Dios!”.
Y bajando ya por la carretera, dije a Marcos que la tomase por el centro, que siendo tan estrecha, obligaría a cualquier coche que subiera a parar en su ascensión.
“¡Loco estáis – dijo - , que a esta velocidad, un golpe de frente puede costarnos la vida, e mirad bien que no somos dos!”.
“Esto sé y golpe no se dará – contesté – que en vos confío para poner freno al coche a un metro del que sube”.
Asustado, miraba cada recodo del camino por ver si aparecían los que nos perseguían y, casi sin esperarlo, vió enfrente al coche que intentaba subir a gran velocidad: “¡Hacia él, no paréis aún!”.
Y puso freno con tino tal, que a menos de un metro quedaron ambos coches, e saliendo yo con gran rapidez, casi no les dí tiempo a apearse e, sin otra pregunta, saqué el acero e a los dos que venían los crucé de lado a lado por donde cuerpo alguno tiene salvación, sino muerte segura. E gritó Marcos:
“¿Qué hacéis? ¿No os dais cuenta de que iréis a presidio por esto?”.
Mas un buen campesino, al llaman «el chusco», que pasaba caminando con una vara, pareció conocerme e dijo estas curiosas palabras:
“«A la pá e Dioooo» [A la Paz de Dios], capitán, que ya veo que a salvar la naturaleza venís, pues muchos destos han venido a buscaros e nadie les ha dicho dónde estábais. E otros vinieron porque no murieran los buitres de allá arriba e mataban bestias e al sol las dejaban, que las carroñeras bajan al punto e no dejan nada para las hormigas. Dejara yo esa carroña allá «alantota» y un poco más alto; fuera del camino. Cuidemos todos a las aves en extinción, que yo mesmo me haré luego cargo de que hasta los huesos desaparezcan . Ea, «queá con Dio e la compaña» [Quedad con Dios y compañía]”.
“Ningún pecado – dijo don Juan – queda sin el debido castigo de Dios”.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario