20 junio, 2006

De otros métodos para la Eterna Juventud (2)

rocóse el rostro de Marcos en algo parecido al alabastro e lenvantóse con disimulo por salir al patio o a tomar aire o a que no se le se notase su malestar. Al ver esto, dijo don Juan con calma:

“Tal historia ya conocía, e no es de razón narrar estas cosas ante el pequeño. Mas bien sabéis además, que no es el único caso de la historia que nos dice las barbaridades que se han hecho por conservar siempre la vida e no se ha conseguido sino la muerte; recordad a Ponce de León. E bien decís que la vida que debe conservarse siempre joven es la del alma (y no la del cuerpo) e que ésta se obtiene en bebiendo de la Fuente del Agua Viva. ¿A qué mantener joven siempre el cuerpo mortal? Más que vivir siempre no se conseguiría sino una muerte eterna; mejor lo sabéis vos que yo. Y como narrado habéis una historia ciertamente desagradable e veo caras que no me gustan, otra historia que explica esto que digo, he de narrar; la de Yehuda Halevi, pues se dice que anduvo buscando la tal fuente e con ella dio”.

La cara del pequeño cambió e se abrieron los sus ojos e prestó grande atención; y en oyendo esto, volvió Marcos a su asiento e puso el cuerpo inclinado hacia delante por oír mejor acaso. Con esto, dijo don Juan:

“Dijéronle a Yehuda Halevi que la tal fuente se hallaba oculta en el valle del Ambros, ni más ni menos que en Iberia; no muy lejos de aquí. Al saber desto se puso en marcha con una grande comitiva hasta que le fue mostrado el monte Pinajarro, donde se encontraba la entrada a una cueva. E con muchas antorchas, entraron todos allí con expectación, mas quedaron mudos al ver resplandecer todas las paredes, pues cubiertas estaban de piedras preciosas de gran valor; e detuviéronse allí e llenaron sus talegas de las tales piedras. E pensó Halevi que la única salvación era mirar a la luz que del exterior del otro lado de la cueva venía. E por el otro salió; y allí, en medio de una frondosa pradera, halló una fuente que vertía sus aguas en una alberca. Su comitiva, cegada por los resplandores de las piedras, perdiéronse e dieron la vuelta creyendo no existía la tal fuente; mas Halevi pudo ver sus transparentes aguas y encontró un cántaro a su lado. Con esto, se acercó con ansias a llenarlo de la fuente para beber, mas, cuando lo llevaba a su boca, una mano le detuvo e le dijo: «¡No bebas, Yehuda, no bebas!» Y éste, asustado, preguntó: «¿Por qué no he de beber, no es esta acaso el agua del nunca morir?». E insistía aquel hombre: «En verdad os digo que esta agua lo hace a uno inmortal, pero no deberías beberla». E insistió otra vez Yehuda: «Si es esta el agua que buscaba, ¿por qué no he beberla?» Y entonces le dijo aquel hombre: «En verdad os digo que el que la bebe tiene la vida eterna del cuerpo, pero también os digo en verdad que hubiese yo deseado no beberla». E quedando confuso Yehuda, siguió oyéndole, e dijo el hombre: «A todos los que he ido queriendo y me querían, he visto morir. Así, perdí a mis padres, a mis hermanos, a mis hijos, mis sobrinos, y mis nietos. Muchas son ya las muertes que he sufrido e mucho me pesan todas ellas e conmigo he de llevarlas ahora para siempre. ¿Para qué quiero entonces tanta eternidad si ya nadie me reconoce?» Y al oír esto, tiró turbado Halevi el cántaro. E se dice, que donde cayó aquel cántaro se esparció el agua e regó una semilla de donde nasció un hermoso árbol longevo (una encina, se dice) e bajo ella se cobijan los nietos e biznietos de Yehuda Halevi que aún escuchan la historia de la cueva, de las piedras y del cántaro”.

“Jo, tío Juan, – dijo el pequeño – ¡esa historia sí que es muy bella!”.

E así, continué yo diciendo:

“No tengo ya por qué narrar la mía, que ésta que habéis oído todo lo aclara. Por eso habréis de comprender agora mi celibato, mas, aún así, es triste la vida sin familia y mi impulso es siempre teneros a mi lado; mas sé que un día ya no os tendré. Quisiera entonces encontrar yo el remedio contrario, el que pusiese el reloj de mi vida en marcha otra vez e dejase envejecer mi cuerpo al tiempo que todos envejecen”.

E hízose un grande silencio en la sala.

En Ronda y a veinte de junio del año de dos mil e seis.

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