27 junio, 2006

De los remedios para doña Montserrat

ue el almuerzo exquisito, tanto por las viandas como por la compaña; e pasamos luego al salón e, sin decir yo cosa alguna, llevóse Marcos a los niños a su estancia e quedamos allí el resto.

Pidiendo permiso primero a su esposo e luego a ella, puse mis manos sobre sus piernas por averiguar mejor qué la aquejaba e la fatigaba. Y al punto, le dije tomase unos polvos de calcio que en cualquier lugar de hierbas se compra e dile instrucciones de lo que debería ponerse e cómo hacerlo; y este remedio – un poco molesto – debería llevarlo hasta ocho días e quitarlo el noveno e que su esposo lavase sus piernas con agua muy fría e volviese a verme. E no hubo pregunta alguna, sino que a todo se me dio conformidad. Y con esto, dijo esta mujer:

“A fe, capitán, que sé vais a barrer mis dolamas; e no penséis esto es coba”.

E hubo otras muchas pláticas, e dijo don Diego haber hablado ya con el director de la escuela de Sevilla e que éste quería conocer al pequeño; aunque tal cosa no era de obligatoriedad. E le dije que así habría de ser e pidióme entonces le diese los números para darme aviso al teléfono, e no sabiendo (todavía) cómo hacer aquello, subí a preguntar a Marcos; e los tres morían de la risa revolcándose por la ancha cama e haciéndose cosquillas.

Bajé otra vez al salón y entreguéle los números a don Diego, e me dijo éste sería avisado al día siguiente e que si habría algún problema por llevarlo allí. E con esto, le aclaré no sabía yo dónde se encontraba esta escuela, mas, en diciéndoselo a Marcos, problema alguno habría.

Así pues, hubo acuerdo de esperar la llamada e que él mesmo nos acompañaría en el viaje, e de seguido espetó:

“Tenga mi señora en estos ocho o nueve días las sus piernas mejor, e os llevaré a tal rincón de mi finca que pensaréis es parte del Paraíso; y ella ha de venir entonces con nosotros”.

En Ronda y a veinte y siete del año de dos mil e seis.

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