30 junio, 2006

De los preparativos para el mes de descanso

e seguido leyendo las cartas hoy. No hay orden entre ellas, pues ni tienen número ni fecha, y esconden códigos que mejor entiendo e otros más dificultosos. Así, entre una dellas parecióme encontrar una donde parecía decir que la reja que cerraba la Fuentefría fue traída a Ronda. E mover una reja no es cosa que se haga por capricho; con esto, parecióme se trujo para cerrar la cripta donde mi hermano descansa. Tal cosa no podía comprobar.

Preguntóme Marcos si había progresos en mis estudios e no quise darle detalles, como tampoco puedo dárselos a vuesas mercedes, sino que le pedí me dejara a solas en la estancia unos momentos y esto fizo. Quité entonces el sello del Emperador que llevaba puesto en mi diestra, e tomándolo con cuidado, púseme aquel que se encontró del marquesado de Fuentefría.

Di la orden de que se preparase la casa de Grazalema, que en la Calle de las Piedras se encuentra, e así fue el servicio acomodándola, que aunque cerrada e limpia, necesitaba alguna cosa. E dije también a Marcos habría que llevar las cosas nuestras e de los niños e que se instalase una «conferencia», pues a las puertas del mes de julio, un mes sólo restaba para tener que incorporarme a mis tareas que son de obligación cumplir en Sevilla. E, oyendo esto, dijo mi pequeño:

“¿A Grazalema nos vamos? Quisiera yo viniese con nosotros Diego Jesús, que de quedarse en esta casa, pasaría el día con Su Ilustrísima e paréceme no sería mucho de su gusto”.

“Por esto que decís – le dije – no debéis preocuparos, que con don Diego he hablado para que pase el verano con nosotros, si ello os complace. Ya sabéis hay allí mucho campo e mucho monte donde jugar e también esa alberca de aguas celestes a la que llamáis «piscina». En unos días habré de volver por ver cómo van los dolores de doña Montserrat, pero este mes que viene, allí lo pasaremos”.

E oyendo esto Marcos, me dijo necesitaría hacer más de un viaje por llevar todo lo que nos iba a ser de menester e preguntéle si no habría alguna forma de llevarlo todo de una sola vez; e así, me dijo que buscaría otro coche más grande e con cochero que nos acompañase e llevase todos aquellos bultos.

“Pues id recogiendo las cosas – les dije – que mañana empieza para nosotros un mes de holganza”.

E dirigiéndome luego a Su Ilustrísima, le dije:

“Solo no restáis, aunque nos echéis de menos en algún momento, no sé si por quedaros más tranquilo o si por sentiros más solo. Ya que el padre Josu no está en el pueblo, hablad con el nuevo párroco e vendréis con nosotros los días que queráis y estableced con él las horas de las misas de esos días, que es aquel pueblo pequeño mas con muchas iglesias”.

“Así será – dijo – si Dios lo quiere, que tampoco puedo quedarme allí todo el tiempo, que sigo teniendo mis pequeñas obligaciones aquí. Al nuevo párroco conozco, y es hombre joven e muy bondadoso. Con él hablaré hoy mesmo, que ya sé cómo se administran allí las cosas de la Iglesia e de alguna ayuda he de servirle”.

En Ronda y a treinta de junio del año de dos mil e seis.

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