10 junio, 2006

De los planes para salvar los entuertos

legada la noche y acostado ya el niño por el cansancio del día, restamos en el gabinete Su Ilustrísima, Marcos e yo. E viendo que Marcos se interesaba por lo que pudiese estar ocurriendo, esto le dije:

“Sabed, amigos míos, que aún habiendo decidido que nadie me va a quitar mi grado de capitán, hay gentes empeñadas en que este cargo no ostente. No habéis visto como yo a dos guardias con ropas modernas e haciéndose pasar por curiosos visitantes de Sevilla, que a do vamos nos persiguen, e vive Dios, que si no se retiran mañana para siempre, yo mesmo he de retirarlos. Un gran dolor me causa que Su Majestad en esto no haya puesto su mano, que tal cosa me indica que tampoco me quiere como defensor de su reino. Hagamos planes ahora para este sábado e domingo, que, en llegando el lunes e terminado el encuentro con Su Eminentísima, el Cardenal, ya habremos preparadas las maletas del equipaje para partir hacia Ronda. No es huída lo que propongo, sino puesta a salvo, que no sé si seré capaz de defenderos a todos”.

“Dudáis – manifestó con extraño don Juan – de vuestras propias capacidades. Nadie va a retiraros cargo alguno ni niño alguno, que antes estoy dispuesto a hacer cuanto viaje sea menester”.

E desta mesma forma dijo Marcos:

“Un abogado no tiene lo que tiene un capitán, e tampoco un sacerdote, e a la capa y a la sotana no me refiero; mas si de algún ayuda os pudiere ser, contad con ella, que también los papeles hacen mucha fuerza. Ni habrá cese de capitán ni niño muerto, que paréceme que alguien tiene una mano negra e quiere usarla por desprestigiaros e quitaros lo que es vuestro. E mi cadáver han de pasar por alto también si esto quieren conseguir”.

“Queda, por tanto – apunté – este plan trazado; que terminada la cita de la cena con el Cardenal, partiremos en la noche. E si apareciesen por allí estos que se hacen pasar por extranjeros que van viendo monumentos, el mesmo pago que a mi hermano le dieron he de darles, que he de atravesarlos primero como se atraviesan las carnes de los pinchos morunos e arrojarlos luego al vacío”.

E trocóse blanca la faz de Marcos e levantóse un tanto nervioso asomándose al fresco patio:

“Capitán – dijo – los años parecen no pasar por vos”.

En Sevilla y a diez de junio del año de dos mil e seis.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario