ntramos en la casa cargados de bultos e subimos al dormitorio de los niños e nos pusimos a probar algunas cosas. Al poco, oímos que alguien llamaba a la casa e nos pareció don Diego, e viendo yo que los pequeños tenían entusiasmo en probar sus nuevas prendas, les dije que las dejasen luego ordenadas e bajamos al salón.Venía don Diego con el equipaje a mano, e dijo don Juan al servicio subiese las dos valijas, le invitó luego a refrescarse e luego nos sentamos todos en el salón; e no se oía ruido alguno de los niños en la parte de arriba. E así dijo don Diego:
“Cuanto he podido he traído, que ya la juventud no me sobra e mi esposa Montserrat anda fatigada con sus dolamas”.
“¿Qué cosa tiene su esposa – le dije – que nunca la vemos pasear con vos?”.
“Grandes dolores en las piernas – contestó – e no hacen otra cosa los médicos sino recetarle mucho medicamento e no vemos la mejoría”.
“Tal vez – le dije con prudencia –, si pudiera yo verla y ella quisiere, pudiera yo ver algún remedio para eso”.
E oyendo esto don Juan, e sabiendo la mejoría que hubo él mesmo, le dijo a don Diego:
“Sabed que mi sobrino tiene remedios que los médicos no tienen. Probarlos no es perder nada, pues nada ha de tomar según he visto, aunque, eso sí, algunos días ha de llevar esos tales remedios e no son tan cómodos como uno quisiera”.
“¿Esto que decís – comentó don Diego – es verdad o es cosa de brujerías?”.
“Ni aquí hay brujos – dijo don Juan – ni se suele mentir. ¿Acaso no habéis observado que mis piernas están ahora más ágiles? Dejad que el capitán ponga sus remedios, que lo único que habrá de perder vuestra esposa son los dolores”.
“Trajérala yo aquí – aconsejó -, que no quiero causar fatiga e algo puede andar. Luego veis el mal que la aqueja e decís si es remediable”.
“Bien me parece – respondióle don Juan – e ya que la traéis para esos menesteres, bien podría reposar aquí un poco almorzando con nosotros, que ha tiempo no compartimos esta mesa”.
E viendo que no negábase e mirando luego hacia el comedor, sabiendo que Cristina no le oiría, gritó: “¡Echadle más agua al arroz, que invitados tenemos!”.
En Ronda y a veinte y siete del año de dos mil e seis.


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