scribía yo las páginas anteriores, cuando acercóse Marcos a mí por la espalda, e viendo la velocidad con la que podía expresar mis ideas en tan poco tiempo, tomóme con sus brazos por en derredor del cuello, e muy quedo, me dijo:“A fe, capitán, que os admiro como a nadie otro, que muchas cosas lleváis e muchas resolvéis e todavía os da tiempo de escribir cada día vuestras vivencias. E no soy yo sino quien para vos trabaja e quien os acompaña, mas quisiera dar de mí tanto como dais vos”.
“Ya lo hacéis – contestéle –, que aún llevando con precisa perfección mis asuntos, tomáis a los que más quiero como vuestros queridos; e a tal cosa yo no os obligo. Con vos están los niños de gran contento e Su Ilustrísima os aprecia tanto como a mí. ¿A qué estas dudas ahora?”.
“Dudas no son – me dijo – sino que más quisiera dar e ya no sé, pues la vida pasa e no apreciamos el placer de cada día; mas estando a vuestro lado, cada cosa, por pequeña que sea, tiene gran valor”.
“Cuanto más deis – le advertí – más recibiréis, que no se llena el bolsillo con dinero sino con la satisfacción del deber cumplido; y ese deber nadie os lo impone. El tiempo se va; no perdáis un minuto en vuestra entrega ciega a cualquiera e veréis que conforme caen las hojas del árbol añejo el fruto madura; al final, hay un ciclo que se cierra”.
Años cadentes como los árboles
Hojas del tiempo
Con el otoño eterno
Se cierra el hemiciclo
En Ronda y a veinte y siete del año de dos mil e seis.


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