n el patio nos sentamos una pieza por reposar la cena, que aunque sencilla, fue exquisita. E decía don Juan al pequeño que debería estar de contento con la cruz que a su cuello hubo puesto Su Eminencia; e no dejaba el niño de tocarla e la tomaba con fuerzas en su mano.Comencé pues a hacer los planes para la partida, que asomándose a las azoteas de la casa, podría verse si los curiosos merodeaban por aquellas calles, cuando recibió aviso don Juan a su móvil, e por la cara que puso, aviso importante parecía e restamos todos quedos. Mas, no dijo Su Ilustrísima palabras algunas, sino sí y no. E terminada la conversación alzó su cabeza e miró al cielo (que la vela en la noche se pliega).
“Decid, don Juan – pregunté –, que no sabemos si vuestra mirada al cielo es por aviso malo o bueno. Decidlo si podéis, que si es llamada privada no tenéis por qué revelar vuestros secretos”.
“Privada – contestó – no es la llamada; ni mala, que es de Su Eminencia el Cardenal, pues saliendo nosotros de Palacio, ha tenido una idea. Y tal idea me parece buena, que del niño me ha hablado e muy claro ha sido e parco; pues habiéndole conocido e habiéndole oído, es de su gusto esperemos en Sevilla unos días, que el día del Corpus Christi se acerca, e piensa Su Eminencia, que si yo viese al niño preparado, ese mismo día gustaría él de darle su primera comunión”.
E hubo tal silencio en la casa, que se oían las conversaciones de la calle de al lado. Y pasada una pieza, le dije:
“¿Habláis de la primera comunión de Marino, el mesmo día del Corpus y por el mismísimo Cardenal? Tal cosa cambia los planes, que ocasión como esta no se presenta cada día”.
“Sabe su Eminencia - dijo don Juan - que el niño puede estar preparado e sólo quiere yo hable con él, pues la decisión última es del pequeño, aunque edad aún no tiene para este rito”.
“Significaría esto – le dije -, según colijo, que no habría regreso a Ronda esta noche e que habría menester mucho preparativo para ocasión tan grande”.
“Así me parece, capitán – respondió don Juan - si tal cosa no veis es riesgo para nuestras vidas, que si lo fuere, el año que viene haría yo mesmo los preparativos”.
“Nadie va a evitar tal ocasión - respondí -. No tengáis cuidado, que tengo una espada que a la Fe defenderá como alguna otra hay en Sevilla”.
En Sevilla y a doce de junio del año de dos mil e seis.


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